Pulse (Wildwater Falls 4) DIECISÉIS
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DIECISÉIS

Noah

S iete días desde que arranqué el coche y la dejé sola bajo la tormenta de nieve en el porche de su cabaña.

Me pasé una mano por la cara, frotándome los ojos con fuerza hasta ver estrellas. El cansancio se me había incrustado en los huesos. Estábamos a mitad de nuestro turno en la base de rescate, y el temporal que azotaba Wildwater Falls no nos había dado tregua.

Llevaba una semana nevando sin piedad. Las temperaturas bajo cero habían convertido las carreteras de montaña, especialmente el paso de Granite Pass y la Riverbend Road, en auténticas pistas de patinaje de hielo negro.

Eso se tradujo en accidentes múltiples, coches despeñados, senderistas con hipotermia y el equipo Alfa pasando más horas en el aire que pisando tierra firme.

Había sido una semana brutal, pero, irónicamente, el agotamiento físico era lo único que me mantenía cuerdo.

El problema llegaba cuando los rotores del Alfa Uno se apagaban y la adrenalina desaparecía del torrente sanguíneo.

Porque entonces, mi cerebro, en lugar de apagarse para dejarme dormir, reproducía nuestra ruptura en bucle.

Rebobinaba una y otra vez la conversación en la nieve, escudriñando sus palabras, intentando encontrar alguna señal, algún resquicio al que aferrarme para justificar que podíamos seguir juntos.

Pero la cruda realidad me aplastaba siempre de la misma forma.

Sloane estaba anclada en el pasado. Era prisionera de un gilipollas sin escrúpulos que ni siquiera había pisado el pueblo todavía, un hombre al que ella le había otorgado el poder absoluto de dictar cómo debía vivir.

Y yo no podía librar una batalla contra un fantasma si ella no confiaba en mí para luchar a su lado.

Entendía sus muros. Sabía perfectamente que los había levantado piedra a piedra para proteger a Jonah, y respetaba ese instinto maternal por encima de cualquier cosa.

Pero yo no quería derribar su fortaleza; solo quería que me dejara entrar tras ella.

Quería ayudarla a apuntalar esas paredes, a hacerlas más fuertes. Quería protegerlos a los dos.

Pero ella había decidido que mi lugar estaba fuera. Y eso ya no tenía solución.

Ayer mismo tuvimos que hacer un traslado múltiple al hospital tras un choque en cadena provocado por la ventisca.

Cuando las puertas de Urgencias se abrieron de par en par y entramos empujando las camillas, ella estaba allí.

Sloane había bajado de su despacho para coordinar personalmente a los equipos de Hannah y Georgia.

Iba enfundada en su impecable bata blanca, dando órdenes con esa autoridad gélida y perfecta que la caracterizaba.

Apenas cruzamos dos miradas entre el caos de médicos y enfermeras.

Pero esos microsegundos fueron suficientes para destrozarme.

Sloane parecía un fantasma. Tenía unas ojeras violáceas marcando el contraste con la palidez de su piel, y el vacío absoluto que vi en sus ojos castaños me estrujó el corazón de una forma tan violenta que casi pierdo el ritmo de la ventilación del paciente que llevaba a mi cargo.

—Estás en las nubes, Grant.

La voz grave de Ian me arrancó de golpe de mis pensamientos.

Parpadeé, enfocando la vista. Estábamos en la sala común de la base.

Ian estaba apoyado contra las taquillas metálicas, secándose el pelo oscuro con una toalla tras haber pasado por las duchas, mientras Caleb revisaba los registros de vuelo en la mesa central, con un café humeante en la mano izquierda.

—Solo estoy cansado —mentí, estirando las piernas desde el sofá de polipiel y cruzando los brazos sobre mi pecho.

—Claro. Cansado —repitió Ian, arqueando una ceja con escepticismo, tirando la toalla húmeda sobre un banco—.

Lo que estás es esquivándonos. Esta noche es viernes, Noah.

Tenemos nuestra sagrada tradición de hamburguesas y cervezas en The Switchback , y te has saltado las últimas tres semanas con excusas. Hoy no te libras.

Dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá, soltando un bufido. No tenía ganas de ver a nadie, ni mucho menos de aguantar el ruido del bar. Estaba hecho polvo y la simple idea de fingir normalidad me daba náuseas.

—Paso, Ian. De verdad, no estoy de humor. Id vosotros.

Caleb dejó el portapapeles sobre la mesa con un golpe seco que resonó en la sala. Levantó la vista y me clavó esos ojos Donovan que parecían capaces de leerte el código genético.

—Ya basta de esconderse en la cueva, hermano —sentenció Caleb—. Llevas una semana con cara de ir a un funeral. Los dos sabemos que no es por los accidentes de tráfico.

El silencio cayó sobre nosotros.

Ian cruzó los brazos sobre el pecho y rompió el hielo con la sutileza de un martillo neumático.

—¿Todo esto tiene que ver con Sloane?

Me tensé de inmediato. Se me cortó la respiración. Recordé la charla que Ian y yo habíamos tenido tiempo atrás, cuando él, con su instinto sobreprotector, ya me había advertido sobre meterme en terrenos complicados.

Antes de que pudiera negarlo, Caleb intervino, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome fijamente.

—Es mi prima, Noah. Y no soy ciego —dijo con un tono tranquilo —.

Llevo semanas captando miradas entre vosotros cuando coincidimos en el hospital que no dejan mucho a la imaginación.

Y ahora, de repente, tú pareces un alma en pena y ella parece a punto de desmoronarse.

Así que suéltalo. Ven al bar y distráete, o cuéntanos qué demonios pasa, pero no te tragues esto solo.

Miré a los dos hombres que tenía delante. A mis compañeros. A la familia que había elegido. Estaba tan jodidamente agotado de guardar secretos que, simplemente, me rendí. Me levanté y me acerqué a la mesa en la que estaba Caleb, tomando una silla frente a él.

—Sí. Es por Sloane —confesé. Mi propia voz me sonó rasposa —. Hemos tenido una... relación breve. En secreto.

Ambos se quedaron petrificados. Incluso Ian, que rara vez mostraba sorpresa, abrió un poco los ojos.

—¿Una relación? ¿en pasado? —Caleb asimiló la información, asintiendo lentamente, procesando el riesgo que aquello suponía—. ¿Y qué ha pasado?

Me tragué el nudo que me ahogaba y los miré directamente a los ojos.

—He roto con ella. Yo no quería seguir en secreto y para ella esa es la única opción. Lo mejor para ambos es alejarnos. Antes de hacernos más daño.

La sala se quedó en un silencio sepulcral.

Esperaba reproches, preguntas o advertencias. Pero, en lugar de eso, Ian asintió con una lentitud solemne.

Se acercó, se sentó frente a mí y me miró con un respeto profesional y humano que me conmovió profundamente.

—Sabiendo las dinámicas de poder que hay de por medio y lo hermética que es tu chica... —murmuró Ian, midiendo sus palabras—. Estoy orgulloso de ti, Noah. Poner límites sanos y saber cuándo retirarse de un lugar donde no te valoran es lo más valiente que puedes hacer, por doloroso que sea.

Miré a Caleb. El piloto se encogió de hombros, con una sonrisa triste.

—Es de mi sangre y la quiero, Grant. Pero tú eres mi hermano —me aseguró Caleb, dándome un golpecito en la rodilla con los nudillos—. Tienes mi apoyo, aunque te confieso que, sabiendo cómo sois los dos, me hubiera gustado mucho que las cosas salieran bien entre vosotros.

Bajé la mirada hacia mis manos ásperas y vacías, sintiendo cómo la herida en mi pecho se abría un poco más ante la sinceridad de mi amigo.

—Créeme, Caleb —susurré, con la voz rota—. Yo también lo habría preferido.

✽✽✽

Sloane

El reloj de cuarzo de mi mesa marcaba la una y cuarto del mediodía. Llevaba más de cuatro horas esperándolo.

El plan, comunicado por la junta con toda pompa y circunstancia, establecía que el gran Richard Hawthorne llegaría a mi despacho a las nueve en punto de la mañana para su incorporación.

Había pasado toda la madrugada en vela, repasando mentalmente mis escudos, aterrorizada por el reencuentro, solo para acabar consumiéndome en una espera agónica que no era más que su primera táctica de poder: hacerme esperar para recordarme quién mandaba.

El intercomunicador de mi escritorio parpadeó.

— Directora Parker —la voz de Carol sonó tensa—. El doctor Hawthorne acaba de llegar.

Me tragué el ácido que me quemaba la garganta y me puse en pie, alisando mi falda lápiz.

—Que pase, Carol.

La pesada puerta de caoba se abrió y el oxígeno pareció evaporarse del despacho.

Richard Hawthorne, a sus cincuenta y cinco años, seguía siendo exactamente igual a como lo recordaba.

Alto, de hombros anchos envueltos en un traje a medida gris marengo, con el pelo oscuro plateado en las sienes y esa sonrisa deslumbrante y encantadora y absolutamente falsa que utilizaba para embaucar a todo bicho viviente.

Era un cirujano estrella, un sociópata carismático que llevaba décadas perfeccionando el arte del grooming y la manipulación.

Me sonrió como si no hubiera pasado ni un solo día desde que destrozó mi vida.

Ni una disculpa por el retraso. Ni una mención al niño de doce años que compartía su sangre y por el que sentía el mismo interés que por una mancha en la pared.

—Sloane, querida. Estás radiante —saludó, cerrando la puerta y avanzando por el despacho con una familiaridad asfixiante, abriendo los brazos como si esperara que corriera hacia él.

Me quedé clavada tras mi escritorio, aferrándome a la frialdad profesional.

—Doctor Hawthorne. Bienvenido al Wildwater Regional. La junta nos ha proporcionado su itinerario formativo. Siéntese, por favor —indiqué, señalando la silla frente a mí con una mano que me esforcé por mantener firme.

Richard soltó una carcajada baja y aterciopelada, ignorando mi gesto. Se apoyó con ambas manos sobre el borde de mi escritorio, invadiendo mi espacio personal.

—Vamos, Sloane. No seas tan rígida —ronroneó, con la mirada evaluándome de arriba abajo—.

Pensaba que durante mi residencia formativa de seis meses aquí, podríamos acercar posturas, recuperar parte del tiempo perdido.

Podría instalarme contigo y con el chico.

Somos una familia, al fin y al cabo, ¿no?