QUINCE #3
—Sloane, Dios mío, estás helada —murmuró, cerrando la puerta y arrastrándome hacia el sofá del salón, envolviéndome inmediatamente con una manta gruesa de lana—. Estás hecha polvo. ¿Qué ha pasado? ¿Le ha sucedido algo a Jonah?
Negué frenéticamente con la cabeza, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—No, no es Jonah. Él está bien, está durmiendo en casa de mis padres —tragué saliva, intentando que el aire llegara a mis pulmones—. Es Noah. Noah y yo hemos roto.
Georgia se quedó petrificada en el borde de la mesa de centro. Parpadeó un par de veces, procesando la información con la ceja arqueada, como si yo acabara de hablarle en arameo.
—Rebobina. Espera un segundo —exigió, levantando ambas manos—. ¿Desde cuándo teníais vosotros dos una relación para poder romperla?
Me abracé a las rodillas por debajo de la manta y, con la voz temblorosa, empecé a hablar. Y una vez que abrí la boca, no pude parar.
Se lo solté todo. Le conté cómo la tensión entre nosotros había explotado en mi despacho semanas atrás.
Le hablé del pacto de secreto que le impuse, de nuestros encuentros robados, de los jueves por la noche.
Y luego, del ultimátum de la junta, la absurda unidad de cardiología y la inminente llegada de Richard Hawthorne a Wildwater Falls.
Le expliqué cómo, aterrorizada por perder a mi hijo, acababa de llamar a Noah "niñato irresponsable" para alejarlo de la línea de fuego.
Cuando terminé de hablar, Georgia estaba de pie, paseándose de un lado a otro del salón. Tenía los puños apretados y una expresión de furia tan pura y letal que daba auténtico miedo.
—Ese grandísimo hijo de puta —siseó Georgia, deteniéndose en seco, con los ojos echando chispas—. Voy a matarlo. Te juro por mi vida, Sloane, que, si Richard Hawthorne pisa mis Urgencias, le voy a despellejar. Y después, subiré a la sala de juntas y castraré a Arthur Vance con un bisturí oxidado.
En medio de mi desesperación, una risa débil y amarga escapó de mis labios.
La reacción de ira desmedida, un poco cómica pero absolutamente sincera de mi amiga de treinta y dos años, era exactamente lo que necesitaba.
Apreciaba su lealtad salvaje más que nada en el mundo, pero mi pecho seguía comprimido por un dolor insoportable.
Georgia se dejó caer en el sofá a mi lado. Suavizó la mirada y me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Mírame, Sloane —me pidió —. Estás aterrorizada por Hawthorne, lo entiendo.
Llevas doce años aterrorizada por él. Pero tú ya no eres una chica de veinte años asustada y sola.
Ahora eres la mujer más fría y racional que conozco.
¿Por qué estás tan alterada en realidad?
¿Por qué lloras como si se hubiera acabado el mundo por una aventura secreta?
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá.
—Porque ya no era una aventura, Georgia —susurré, con la voz rota—.
Era mucho más que eso. Él se metió bajo mi piel.
Me cuidaba. Hacía... hace que Jonah ría como nadie.
Y ahora lo he perdido. Fui tan cruel con él ahí fuera...
No sé cómo voy a poder seguir trabajando, cruzándomelo por los pasillos, y saber que ya no lo voy a tener más en mi vida.
Georgia suspiró, acercándose para rodearme los hombros con el brazo, apretándome contra ella.
—Estoy aquí. Te apoyaré decidas lo que decidas, Sloane, y te ayudaré a cavar la tumba de Hawthorne si hace falta —me prometió en voz baja—. Pero hay una realidad que tienes que enfrentar. Y es que, si Noah Grant es alguien tan jodidamente importante para ti, quizá también merezca que luches por él.
Negué con la cabeza, sintiendo el pánico reverdecer.
—No puedo arriesgar a Jonah...
—Sloane, han pasado doce años —me cortó Georgia con firmeza y lógica aplastante—.
Jonah tiene doce años. Tú eres la directora médica de este hospital, una madre intachable, con un sueldo que duplica al de medio pueblo, y le has dado a ese niño la mejor vida posible.
Difícilmente un juez le daría la custodia, ni siquiera compartida, a un donante de esperma que no se ha dignado a aparecer salvo en contadas ocasiones, tarde y mal.
—Hawthorne conoce a mucha gente, Georgia —repliqué, temblando, aferrada a los miedos que me habían mantenido a salvo—.
Tiene amigos en Portland. Jueces, políticos, abogados que juegan al golf con él y con Vance.
Podrían hacerle el favor, aunque fuera injusto.
Podrían hundirme en pleitos interminables, sacarlo todo a la luz, destrozar la estabilidad de mi hijo. No puedo jugármela.
Georgia me miró con una mezcla de tristeza y comprensión absoluta.
—Está bien —cedió suavemente, frotándome el brazo por encima de la manta—. No tienes que resolverlo esta noche. Ni mañana.
Se levantó del sofá y me tendió la mano.
—Vas a quedarte a dormir aquí. La habitación de invitados está lista y no pienso dejar que vuelvas a tu casa en este estado.
Tomé su mano y me puse en pie. Acepté el refugio sin dudarlo. Era incapaz de regresar a mi cabaña y enfrentar el silencio ensordecedor de un hogar en el que, de repente, faltaban las dos mitades de mi corazón.