Pulse (Wildwater Falls 4) QUINCE #2
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QUINCE #2

—¡No puedo hacerlo! ¡No es tan fácil! —lo negué de forma vehemente, sacudiendo la cabeza.

—¿Por qué? —exigió saber Noah, acortando la distancia de un solo paso, acorralándome con la intensidad de su mirada—. Antes has gritado algo sobre tu hijo. ¿Qué quisiste decir con que la custodia de Jonah está en peligro?

Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. No quería desvelar tanto. Desnudar los secretos de Jonah me hacía sentir físicamente enferma, pero Noah estaba allí, destrozado por mis problemas, y creía que, al menos, merecía saber la verdad.

—Desde que Jonah nació, el precio que Richard me impuso para dejarnos vivir en paz fue el control absoluto de mi vida —susurré.

Ver cómo la sorpresa le desencajaba el rostro a Noah me rompió un poco más el alma, pero seguí hablando antes de perder el valor—.

Me dejó muy claro que yo no podía estar con ningún otro hombre.

Si eso sucedía, me amenazó con llevarme a los tribunales y pelear por la custodia.

Y con sus recursos, su estatus y el ejército de abogados que tiene me costaría la vida mantener a Jonah conmigo.

Me lo quitaría, Noah. Solo para destruirme.

Noah se quedó callado. Evaluó mis palabras con esa mente brillante que tenía, separando el pánico de los hechos.

—Esa petición es absurda, Sloane —dijo por fin, bajando el tono, intentando hacerme entrar en razón—.

Te está manipulando. Hawthorne solo está jugando con tu miedo.

Dudo muchísimo que un cirujano egocéntrico de Portland quiera hacerse cargo de un niño de doce años con parálisis cerebral al que nunca ha visto.

No puede hacer mucho más en tu contra si tú te plantas y demuestras que eres una madre excelente y económicamente independiente.

—¡Puede que sea cierto! —estallé, cegada y aterrorizada —. ¡Puede que no quiera a Jonah, pero no pienso arriesgarme a comprobarlo!

Mi pulso estaba desbocado. La adrenalina y el miedo se mezclaron, transformándose en veneno, y, como un animal acorralado, ataqué sin pensarlo.

—Tú no lo entiendes. Eres joven, Noah —le solté, y supe que estaba cometiendo un error irreparable en el instante en que las palabras salieron de mi boca—.

Tú tienes toda la vida por delante y solo tienes ganas de divertirte, de vivir el momento.

Pero yo estoy en otro punto de mi vida. Mis preocupaciones son mucho más serias.

Tengo responsabilidades aplastantes que no se atienden con una de tus sonrisas brillantes y un poco de buena voluntad.

Noah dio un paso atrás, como si mis palabras lo hubieran golpeado físicamente. Vi cómo la luz y la habitual serenidad en el rostro de Noah desaparecían por completo. Su mirada oscura, siempre tan cálida y llena de adoración, se volvió un abismo insondable de hielo.

Me arrepentí inmediatamente. El corazón se me cayó a los pies.

Era mentira. Yo sabía que era mentira. Noah no era un niñato, era el hombre más responsable, maduro y leal que había conocido jamás, alguien en quien sí se podía confiar ciegamente.

Le acababa de hacer un daño imperdonable.

Pero no sabía cómo disculparme o deshacer el daño.

Noah dio otro paso atrás, alejándose de mí. Su expresión se había cerrado herméticamente.

—No me conoces, Sloane —su voz sonó tan fría y vacía que me provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con la nieve—.

No me conoces en absoluto. Y si esa es la visión de mierda que tienes de mí, la de un niñato irresponsable que solo busca diversión para pasar el rato, entonces es mejor cortar por lo sano y dejar de vernos aquí mismo.

—Noah, no...

—¡No! —me interrumpió con el rostro contorsionado por el dolor y la traición—.

Yo lo quería todo contigo. Todo. No quería esconderme más y creo que merezco poder dar la cara frente a mis amigos y mi familia como tu pareja.

Para mí no eras una aventura. Pero me niego en rotundo a convertirme en tu sucio secreto para que tú puedas seguir bailando al son del miedo que te infunde un malnacido manipulador.

—Por favor, Noah, no seas impulsivo —supliqué, con la garganta estrangulada por las lágrimas, estirando una mano hacia él—. Para mí eres muy importante, te lo juro... pero no puedo hacer pública nuestra relación. Simplemente no puedo.

Noah miró mi mano tendida, pero no la tomó. Sacudió la cabeza, desolado.

—Yo tampoco puedo seguir siendo tu secreto. Y si la custodia de Jonah está en peligro, lo mejor para todos es que me aleje de ti.

Sin añadir ni una sola palabra más, Noah se dio media vuelta. Caminó bajo la tormenta de nieve con pasos largos y pesados, subió a su todoterreno y arrancó el motor.

Me quedé allí, congelada en las escaleras del porche.

Las lágrimas me quemaban las mejillas mientras los faros rojos de su coche se perdían en la oscuridad del camino.

Quería gritar su nombre, quería correr tras él y pedirle perdón, pero el terror me clavó los pies al suelo.

Fui incapaz de seguirlo, quedándome completamente sola.

No podía quedarme allí.

La idea de entrar sola en mi cabaña, de enfrentarme a la habitación vacía de Jonah y al olor a cedro que Noah había dejado impregnado en las sábanas de mi cama, me provocó una oleada de pánico asfixiante.

Me di la vuelta, con las lágrimas congelándoseme en las mejillas, bajé las escaleras a trompicones y me metí de nuevo en el coche.

Arranqué el motor con las manos temblorosas y encendí la calefacción al máximo.

Puse el vehículo en marcha a través de las calles nevadas en dirección a Raven Ridge .

Mientras el limpia parabrisas apartaba la nieve que caía cada vez con más fuerza, activé el manos libres del salpicadero y marqué el número de Georgia.

Respondió al segundo tono.

—¿Sloane? ¿Qué pasa? Dime que el hospital no está ardiendo —la voz de Georgia sonó cansada, pero siempre alerta, con ese sexto sentido de médica de urgencias que nunca se apagaba.

—Georgia... —mi voz se quebró en un sollozo ahogado, un sonido patético que fui incapaz de reprimir—. Estoy de camino a tu casa. No... no puedo estar sola.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. El tono de Georgia cambió radicalmente.

—Respira, Sloane. La puerta está abierta y la luz del porche encendida. Te espero.

Conduje los veinte minutos que separaban nuestras casas como una autómata.

Al llegar a la cabaña de Georgia, aparqué el coche de cualquier manera sobre la grava.

Apenas había apagado el motor cuando la puerta principal se abrió.

Georgia me esperaba en el umbral, descalza, con unos pantalones de yoga y una camiseta holgada.

Entré y me derrumbé en sus brazos.