QUINCE
Sloane
L os limpiaparabrisas del coche barrían los primeros copos de nieve con un chirrido rítmico y monótono. Conducía por la carretera que ascendía hacia mi cabaña envuelta en la oscuridad más absoluta, con la calefacción al máximo y el nudo en el estómago apretado hasta cortarme la respiración.
Habían pasado dos malditos días desde que Logan Pierce nos sorprendió en mi despacho con el mono de vuelo de Noah bajado hasta la cintura.
Dos días en los que me había dedicado a esquivar sistemáticamente las llamadas y los mensajes de Noah.
Me escudé en la cobardía, respondiéndole con textos breves y asépticos, repitiéndole que, para calmar las aguas y evitar sospechas, lo mejor era que fuéramos más discretos en el trabajo.
Pero la realidad era que el pánico me había paralizado.
Y hoy, para rematar la semana, la junta directiva me había asestado el golpe de gracia.
Me habían confirmado la fecha oficial. Richard Hawthorne llegaría a Wildwater Falls en exactamente siete días. Una semana.
Apreté el volante hasta que me dolieron las articulaciones.
Mi mente era un torbellino de ansiedad e irritación.
Solo tenía una semana para preparar a Jonah para lo que se nos venía encima.
Una semana para blindar a mi equipo de trauma y ortopedia y evitar que un cirujano arrogante de ciudad invadiera nuestro terreno con ínfulas de grandeza.
Y, lo más aterrador de todo, tenía una sola semana para sentarme frente a la única persona que me importaba de verdad y decirle que el padre bilógico de Jonah iba a estar pululando por mi hospital, un depredador que venía buscando la más mínima grieta para destruirme y quitarme la custodia de mi hijo.
Me sentía tan abrumada, tan asfixiada por la presión de todos los frentes, que mientras los neumáticos crujían sobre el asfalto helado, valoré seriamente la idea de mandarlo absolutamente todo a la porra. Coger a Jonah, subirlo al coche y largarme de este pueblo para siempre.
Pero no podía. No podía ser tan cobarde.
No podía abandonar a mis padres, no podía dejar a mi equipo del hospital tirado, y no podía huir de Noah.
Además, si había luchado con uñas y dientes durante años para conseguir la dirección médica, era precisamente para tener la autoridad, el sueldo y el poder suficiente para plantarle cara a Richard en un tribunal si alguna vez se atrevía a cumplir sus amenazas.
Al girar en el camino de grava de mi propiedad, los faros iluminaron la silueta del todoterreno oscuro de Noah aparcado a un lado de la entrada.
El corazón me dio un vuelco, mezclando el alivio con el terror. Era jueves. Sabía que vendría a verme. No podía seguir ignorándolo. Él no se lo merecía, y era profundamente injusto castigarle a él por los fantasmas de mi pasado.
Detuve el motor. Antes de abrir la puerta, me quedé unos segundos mirándolo a través del cristal.
Noah estaba de pie, apoyado de hombro contra uno de los postes de madera del porche delantero.
Llevaba su gruesa chaqueta de aviador con el cuello subido, las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros y la mirada fija en mi coche.
Los copos de nieve que empezaban a caer con fuerza se le habían enredado en el pelo castaño, dejándole un rastro de escarcha brillante.
A pesar de la tensión que flotaba en el ambiente, me golpeó la cruda realidad: era precioso.
Tomé una bocanada de aire helado y salí del coche, cerrando la puerta tras de mí. El frío de la montaña me cortó la piel del rostro.
Me acerqué a él, cruzando los brazos sobre mi abrigo.
—Te vas a congelar aquí fuera, Noah —le dije a modo de saludo, con la voz temblando ligeramente por el frío y los nervios.
Noah no se movió de su posición. Mantuvo los ojos oscuros clavados en los míos, duros y sin el más mínimo rastro de su habitual calidez.
—¿Ya has acabado de ignorarme, Sloane? —preguntó. Su tono era grave. Un dardo directo al pecho.
Me detuve al pie de las escaleras del porche.
—No te estaba ignorando —me defendí —. Pero Logan nos vio, Noah. Me entró el pánico. Hay muchísimo más en juego de lo que te imaginas y necesitaba pensar con claridad.
Noah frunció el ceño, genuinamente confuso, pero en lugar de retroceder, se separó del poste de madera y bajó los escalones hasta invadir mi espacio personal. La escarcha de su pelo contrastaba con el fuego oscuro de su mirada.
—Pues ilumíname, bombón. Porque estoy harto.
Me quedé sin palabras, paralizada, sin saber por dónde empezar a desentrañar el desastre de mi vida.
—Estoy harto de esconderme, Sloane —continuó, dejando que la frustración acumulada de los últimos días se desbordara por completo—.
Estoy harto de ser tu sucio secreto. De tener que escabullirme de esta cabaña de madrugada como si fuera un ladrón.
Lo que tenemos tú y yo va muchísimo más allá de una aventura pasajera para quitarnos el picor entre turnos, y los dos lo sabemos.
—Noah, por favor, baja la voz... —supliqué, mirando hacia los oscuros árboles a nuestro alrededor, arrastrada por la paranoia.
—¡No! —me cortó, pero bajó la voz un par de tonos —. Te lo estoy pidiendo por favor, Sloane. Sé valiente. Deja de mantenernos en las sombras. Deja que la gente lo sepa.
El terror se apoderó de mí. Se me aceleró el pulso hasta el punto de causarme náuseas.
—Nadie puede saberlo, Noah. Júramelo, nadie —respondí, con la respiración entrecortada, retrocediendo un paso como si me hubiera quemado—. Especialmente ahora. No ahora. Es imposible.
Noah dejó caer los brazos a los costados. La confusión en su rostro dio paso a la incredulidad, y luego, a una herida profunda.
—¿Por qué? —exigió saber—. ¿Qué demonios es tan terrible como para que prefieras perderme a que nos vean juntos de la mano?
—¡Porque la custodia de Jonah está en juego!
El grito desgarró el silencio del bosque. Me abracé a mí misma, temblando de la cabeza a los pies, y le asesté el golpe definitivo en un intento desesperado por protegerme a mí y a Jonah.
—No puedo poner a mi hijo en peligro por ti, Noah —sentencié, con la voz rota y temblorosa pero implacable—. No puedo arriesgarme a perder lo que más quiero en este mundo por una simple atracción que ni siquiera sabemos hasta dónde demonios nos va a llevar.
El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor.
Vi cómo el impacto de la revelación lo golpeaba físicamente.
Noah dio un paso atrás. Pero no fue el tema de la custodia lo que vació sus ojos de todo rastro de calidez.
Fue lo que dije después. Había cogido todo el cariño, la devoción, el sexo ardiente y la intimidad que habíamos construido, y lo había reducido a una simple capricho superficial.
La mandíbula de Noah se tensó de tal forma que creí que se le romperían los dientes. La decepción pura y absoluta le endureció las facciones, transformando al hombre protector y cálido que yo conocía en un completo extraño.
Pero la furia en los ojos de Noah se apagó gradualmente, sepultada bajo el peso de mis palabras. El viento aulló a nuestro alrededor, arremolinando los copos de nieve entre nosotros. El silencio que se instaló en el porche fue mucho más gélido que el clima de la montaña.
Noah exhaló lentamente. Sus hombros perdieron la rigidez del enfado y su postura se volvió de una seriedad absoluta.
—Sé sincera conmigo, Sloane —me pidió, con un tono bajo —. Por una vez, cuéntame exactamente qué demonios está pasando.
Me abracé más fuerte a mí misma. El frío me estaba calando hasta los huesos, pero era el terror por verbalizar mi realidad lo que me hacía temblar. Mantuve la mirada clavada en el cuello de su chaqueta y, finalmente, dejé que la presa de contención se rompiera.
—La junta directiva me ha acorralado —confesé, con la voz temblorosa —. Llevan semanas presionándome para montar una unidad de cardiología de élite. Es un plan absurdo, no tiene ningún sentido logístico para un hospital de nuestro tamaño, pero hay demasiados intereses económicos de por medio.
Tomé una bocanada de aire helado antes de soltar el golpe final.
—Han fichado a Richard Hawthorne para dirigir el programa.
Va a estar seis meses en el hospital, Noah.
Seis meses haciendo una residencia de formación en cirugía cardiotorácica.
Y él... él no puede notar ni sospechar que tú y yo tenemos una aventura.
Tenemos que mantenernos alejados hasta que se marche.
Noah abrió los ojos de par en par, procesando la información a trompicones.
—Además —continué, acelerando el ritmo por pura ansiedad—, la junta ha planeado varios actos sociales de recaudación de fondos y exigen que Richard y yo asistamos juntos.
Nos exigen que nos presentemos frente a los donantes como una pareja de compañeros unidos y en sintonía.
Voy a tener que trabajar codo con codo con él a diario.
—¿Me estás jodiendo? —Noah soltó una risa amarga y seca, pasándose una mano por el pelo, esparciendo la escarcha—. ¿Me estás diciendo que llevas semanas lidiando con esto sola? ¿Que el hospital se está yendo al infierno, que ese cabrón viene al pueblo, y tú me has omitido todo este asunto?
—¡No fue por desconfianza! —repliqué, dando un paso hacia él, desesperada por justificarme—. Noah, te juro que hasta el último maldito minuto de hoy creí que podría convencer a la junta de desistir de su estúpido plan. Creí que podría pararlo.
—Pero no lo paraste. Y ahora me dices que vas a ir de parejita con Hawthorne a todas partes —escupió Noah, con la mandíbula tensa—. ¿Por qué narices tienes que hacer eso, Sloane?
—¡Porque es mi trabajo! —grité por encima del viento—. ¡Tienes que entenderlo, te lo imploro! Es solo burocracia, yo no deseo estar cerca de él, me repugna la simple idea de tenerlo en mi hospital.
Noah entrecerró los ojos, mirándome como si no me reconociera.
—Si de verdad sintieras eso, simplemente te negarías, Sloane. Si te repugnara tanto, les dirías que se metan las cenas y los actos por donde les quepa y te plantarías.