CATORCE #3
Me dolía físicamente verla así de asustada, sabiendo que yo era el causante. Me incliné, presioné mis labios contra su frente en un beso protector, intentando transmitirle toda la seguridad del mundo.
—Tranquila. Logan es una tumba —le prometí, acariciándole el brazo—. Lo mejor será que me vaya ya. Te llamo luego.
Me separé de ella a regañadientes y caminé por el pasillo en dirección opuesta, hacia el helipuerto. El subidón del orgasmo y el calor de su piel se habían evaporado, aplastados por la cruda realidad.
✽✽✽
El silencio en mi apartamento era absoluto, roto únicamente por el zumbido eléctrico de la nevera en la cocina. Estaba tumbado boca arriba en la cama, en la oscuridad total, con el antebrazo cubriéndome los ojos.
Lo único que se reproducía en bucle dentro de mi cabeza era el momento de la pillada.
Recordaba la expresión clínica de Logan. Y, sobre todo, recordaba el rostro de Sloane. La palidez fantasmal y la vergüenza tiñéndole las mejillas cuando mi mejor amigo apareció al otro lado de la puerta. Se había sentido acorralada, vulnerable y aterrorizada. Y yo la había expuesto a eso.
La pantalla de mi móvil se iluminó sobre la mesita de noche.
Era un mensaje de Logan.
Logan: Llámame.
Cerré los ojos con fuerza, soltando un suspiro pesado.
Sabía perfectamente lo que Logan quería preguntarme.
Sabía que su cerebro analítico ya había procesado la escena, atado cabos y formulado una docena de preguntas.
Pero yo le había dado mi palabra a Sloane.
Si abría la boca, la traicionaba. Y si contaba algo, nuestra relación se acabaría para siempre.
Cogí el móvil y tecleé con los pulgares rígidos.
Noah: No puedo hablar, Logan.
Y era cierto. No en sentido literal, sino figurado.
La respuesta de Logan no tardó ni cinco segundos en llegar. Implacable.
Logan: No tienes que decir nada. Hablaré yo. Llama.
Me quedé mirando la pantalla. Logan no era un compañero de copas; era mi hermano.
Habíamos sobrevivido a la adolescencia, a las consecuencias del accidente de autobús en la nieve y a los demonios de este pueblo juntos.
Dudé durante un minuto eterno, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, hasta que finalmente cedí y pulsé el botón de llamada.
Me llevé el teléfono a la oreja. Logan descolgó al primer tono.
Durante los primeros segundos, ninguno de los dos dijo una sola palabra. La línea estaba abierta, transmitiendo la respiración pesada de ambos.
Logan soltó un suspiro largo.
—¿Cómo estás? —preguntó, rompiendo el hielo con una suavidad inusual en él.
—No lo sé —admití, con la voz ronca, pasándome una mano por la cara—. Pero seguro que podría estar mejor.
—Estoy preocupado por ti, Noah —soltó Logan, yendo directo al grano, sin anestesia—.
Vi tu cara cuando abriste la puerta de ese despacho.
Vi el pánico en tus ojos intentando bloquearla para que yo no la viera, y la desesperación cuando me pediste que me callara.
Parecías dispuesto a recibir una bala por ella allí mismo.
No respondí. Apreté los dientes hasta que la mandíbula me crujió. Quería defenderla, quería justificarla, pero la verdad era que ese mismo pánico yo lo había visto reflejado en la cara de Sloane, y me estaba matando por dentro.
—Estés haciendo lo que estés haciendo con Sloane, no debería ser un puto secreto —sentenció Logan, endureciendo el tono.
—No es un secreto porque yo quiera, Logan.
La frase se me escapó antes de poder frenarla. Me arrepentí al instante, pero el daño ya estaba hecho.
—Lo suponía —replicó Logan—. Pues escúchame bien: si es ella la que insiste en mantenerlo escondido, entonces te estás equivocando. Porque tú no mereces ser el secreto de nadie.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió la cabeza. Intenté bloquear sus palabras, pero sabía que Logan tenía razón.
Mi mente viajó a las exigencias iniciales de Sloane.
Me había pedido secreto absoluto por el trabajo, por su imagen frente al hospital y para proteger a Jonah de falsas esperanzas.
Y aunque yo había aceptado esas condiciones, ahora...
ahora me parecían excusas de mierda. Porque todo había cambiado entre nosotros.
La contención de mis emociones saltó por los aires de repente.
—Es que no lo entiendo, Logan —solté de golpe, desbordado, con la voz temblándome por la frustración y el agotamiento—.
Los motivos que me dio para escondernos no me parecen suficientes.
Ya no. Al principio pensé que era solo...
sexo. Una aventura para apaciguar el deseo y la tensión, algo para desahogarse. Pero no es solo deseo. Ya no.
Me incorporé en la cama, encendiendo la luz de la mesita.
—No es solo sexo, Logan —continué, confesándolo todo de carrerilla, sin filtros—.
Hay una ternura inmensa. Nos cuidamos el uno al otro.
Y Jonah... Dios, Jonah es genial. Es un crío increíble.
Nos pasamos el domingo en la ciudad, los tres juntos, y parecíamos una familia normal.
Y yo solo quiero eso. Así que no entiendo por qué coño no quiere estar conmigo abiertamente.
¿Por qué le da tanto miedo que la gente sepa que estamos juntos?
Me quedé sin aliento. Me había vaciado. Había verbalizado por primera vez la herida punzante de sentirme relegado y descartado. Como si yo no fuera suficiente para ella.
Al otro lado de la línea, Logan se quedó en silencio durante un minuto completo. Procesó mi desahogo con la calma que lo caracterizaba.
—No voy a decirte lo que tienes que hacer, Noah.
Esa es tu batalla —dijo finalmente, con una gravedad protectora—.
Pero soy tu amigo, y estoy preocupado por ti.
Eres el tipo con el corazón más grande de este maldito pueblo.
Cuando te entregas, lo haces en cuerpo y alma.
Y alguien como tú, dispuesto a darlo absolutamente todo, no debería ser escondido como si fuera algo sucio, inapropiado o vergonzoso.
Valora lo que eres, Grant. Porque vales mil veces más que la reputación de cualquier directivo de hospital.
Un nudo doloroso y grueso se me formó en la garganta. La presión detrás de mis ojos fue incontrolable, y, en la soledad de mi habitación, un par de lágrimas calientes se deslizaron por mis mejillas.
Era triste que mi mejor amigo supiera el valor de lo que yo estaba entregando y tuviera que ser él el que me recordara que yo también era merecedor de amor. De que alguien estuviera orgulloso de cogerme de la mano a la luz del sol.
—Gracias, hermano —conseguí articular, tragando saliva para aclarar mi voz—. Gracias por ser mi amigo. Y por estar de mi parte en toda esta locura.
—Siempre estaré de tu parte, Noah. Siempre —sentenció Logan.
Colgué el teléfono. Dejé el móvil sobre la mesita de noche y me dejé caer de espaldas contra el colchón.
Logan no había arreglado el desastre, pero había encendido una chispa en mi interior.
Ya no era solo el técnico sanitario dispuesto a acatar las órdenes de la directora médica en la sombra.
Había llegado el momento de que Sloane Parker decidiera si yo valía la pena el riesgo.