CATORCE #2
Ian y yo transferimos a las pacientes en cuestión de segundos. Georgia y Savannah nos esperaban en primera línea; se hicieron cargo de la anciana del torniquete con una sincronización impecable, empujando la camilla hacia los boxes de estabilización de Urgencias.
Por otro lado, el equipo de trauma pesado, con Hannah al frente, absorbió a la conductora inconsciente. Caminé a zancadas rápidas junto a la camilla de Hannah, recitando el parte de constantes, la dosis de fluidos y la medicación administrada.
Hannah iluminó las pupilas de la paciente y revisó la vía intraósea que le había colocado en pleno vuelo.
—Buen trabajo con esta vía, Grant. La has estabilizado justo a tiempo —sentenció Hannah, alzando la vista hacia mí con ese respeto profesional que solo ella sabía otorgar—. Nos hacemos cargo. Buen vuelo.
Hannah lanzó una última mirada a Caleb y este le respondió con una sonrisa cargada de todo lo que no se podían decir en un momento así.
Me detuve en el pasillo, dejando que el equipo médico desapareciera tras las puertas rojas de quirófano. Solté un suspiro largo, sintiendo cómo la adrenalina del rescate empezaba a bajar, dejando a su paso esa tensión residual en la base de la nuca.
Ian me dio una palmada en el hombro.
—Caleb dice que los técnicos están repostando el Alfa Uno y revisando los niveles de aceite tras la sobrecarga del vuelo estacionario —me informó, quitándose los guantes de nitrilo—. Tardarán al menos media hora en estar a punto. Vamos a la sala de descanso a por un café, tengo las manos heladas.
—Id tirando vosotros. Tengo que pasar por Farmacia a por suministros de lidocaína para la mochila de intervención —mentí.
Ian asintió, ajeno a mi engaño, y se alejó por el pasillo.
En el momento en que lo perdí de vista, cambié de dirección. Mis botas resonaron contra el linóleo mientras me escabullía hacia el ala de dirección. Necesitaba tocarla. Necesitaba usar ese exceso de energía cruda del rescate en algo que no fuera la muerte.
Al llegar a la antesala de dirección, el corazón me dio un salto: el escritorio de su secretaria estaba vacío. Carol debía estar en su pausa para el café.
Llamé a la pesada puerta de caoba con dos golpes secos.
—Adelante —la voz de Sloane atravesó la madera.
Entré sin pensármelo dos veces, empujando la puerta y cerrándola a mi espalda, pasando el p estillo con un clic metálico.
Mientras avanzaba, agarré el tirador de mi mono de vuelo ignífugo y bajé la cremallera de un tirón hasta la cintura, liberando el calor sofocante y dejando a la vista mi camiseta térmica negra ajustada.
Sloane estaba de pie tras su inmenso escritorio, revisando unos gráficos en su tableta.
Llevaba una blusa de seda blanca inmaculada, abotonada casi hasta el cuello, y unos pantalones de talle alto color crema que se ceñían a sus caderas de una forma tan elegante y jodidamente sexy que me robó el aire de los pulmones.
Levantó la vista. Al verme, la fachada de directora médica se fracturó, dejando escapar un destello de pura vulnerabilidad.
—Tenemos media hora —anuncié, con la voz ronca, acortando la distancia entre nosotros como un depredador acorralando a su presa.
Antes de que pudiera articular una sola palabra, la agarré por la cintura. Ignorando los informes y la maldita tableta, la alcé en vilo y la senté de un golpe sobre la madera pulida del escritorio. Sloane soltó un pequeño grito ahogado que silencié atrapando su boca.
La besé con urgencia, con una necesidad salvaje, saqueando sus labios, saboreando el café y la menta en su aliento. Me aferré a ella. Sus manos volaron inmediatamente a mi nuca, enredando sus dedos en mi pelo, abriéndose para mí sin dudarlo un microsegundo, entregándome el mando de la situación.
Después de ese primer arrebato de pasión frenética, me separé apenas unos centímetros. Apoyé mi frente contra la suya, respirando su mismo aire, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi pecho.
La miré. Dios, era hermosa.
—Hola —le susurré.
Sloane esbozó una sonrisa temblorosa, con los labios hinchados y enrojecidos.
—Hola —respondió en un murmullo.
Le di un par de besos cortos en la comisura, acariciando la línea de su mandíbula con los pulgares, sintiendo la suavidad de su piel en contraste con la aspereza de mis manos curtidas por el cable del cabrestante.
—Quieta —le ordené.
El efecto fue instantáneo. Vi cómo la tensión de sus hombros se desvanecía.
La mujer que sostenía el peso de un hospital entero sobre su espalda dejó caer las manos sobre sus muslos, relajó la postura y me cedió el control.
Saber que ella solo bajaba la guardia cuando estaba conmigo, alimentó mi obsesión y esa bestia sedienta que había en mi interior.
Mantuve mi mirada clavada en la suya mientras mi mano derecha bajaba por su abdomen, desabrochando el botón de su pantalón de talle alto y deslizando la cremallera.
Hundí la mano bajo la tela rígida y el encaje de su ropa interior.
Estaba empapada. Húmeda, hirviendo y perfectamente preparada para mí.
—No tengo tiempo para hacerte todo lo que quiero hacerte en esta mesa, Sloane —murmuré, rozando su clítoris con la yema de mi dedo mayor, provocando que se estremeciera—. Pero sí que puedo ayudarte a soltar toda esta tensión para que tengas un maldito buen día.
Sloane soltó una carcajada ronca e incrédula que se transformó en un jadeo agónico en cuanto hundí mi pulgar exactamente donde la volvía loca. Empecé a masturbarla con movimientos circulares precisos. Y luego, sin piedad, la penetré con dos dedos, estirándola, llenándola.
—Noah... —gimió, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y pálido, aferrándose al borde del escritorio para no caerse.
—Mírame —le exigí, ajustando el ritmo de mis dedos, implacables, conociendo su anatomía mejor que a mí mismo—. Eso es, bombón. Déjate llevar. Soy tuyo.
Estaba borracho de deseo. Verla retorcerse de placer bajo mis manos, acatando cada una de mis órdenes, me provocaba un chute de adrenalina superior a cualquier rescate. Sloane Parker estaba hecha a mi puta medida. Fui creado para volverla loca y cuidarla al mismo tiempo.
Aumenté la presión y la velocidad. Sus caderas empezaron a buscar mi mano de forma errática. Los gemidos se volvieron continuos y desesperados.
Cuando sentí que las paredes de su sexo se contraían violentamente alrededor de mis dedos, me incliné hacia adelante.
Sloane se corrió con un grito agudo que acallé aplastando mi boca contra la suya, absorbiendo su orgasmo, tragándome el sonido.
La besé profundamente mientras su cuerpo temblaba y se desmoronaba contra el mío, sosteniéndola hasta que el subidón pasó y sus músculos se relajaron por completo.
Saqué la mano despacio, limpiando la humedad. Subí su ropa interior, abroché la cremallera y el botón del pantalón, y le alisé la blusa de seda, arreglando el desastre. Sloane seguía lánguida, apoyada contra mi pecho, respirando de forma pesada.
Le di un último beso en la sien, apartándole el pelo.
—Tengo que volver al helicóptero, bombón —le dije, obligándome a retroceder un paso, sintiendo el frío de su ausencia casi de inmediato.
Ella asintió, con los ojos todavía brillando por el clímax. Se bajó del escritorio con una gracia inestable, se acercó a mí y me dejó un beso húmedo en la línea de la mandíbula.
—Gracias —murmuró, recompuesta a medias, caminó conmigo hacia la salida del despacho.
Quité el pestillo. Sloane abrió la puerta, dispuesta a despedirse en el umbral.
Logan estaba de pie al otro lado del pasillo, con el puño alzado, congelado a un milímetro de la madera, a punto de golpear la puerta.
El silencio cayó sobre nosotros como una guillotina de acero.
Me quedé paralizado. Logan bajó el puño lentamente. Sus ojos violeta se clavaron en mí. Primero hubo confusión. Una incomprensión total de qué demonios hacía saliendo del despacho de Sloane a puerta cerrada, con el mono bajado hasta la cintura.
Pero entonces, Logan miró por encima de mi hombro. Vio a Sloane.
No hacía falta ser un genio de la cirugía ortopédica para leer las señales. Sloane tenía el rostro encendido en un rubor escarlata, los labios hinchados, el pelo desordenado y las manos temblando ligeramente a los costados, incapaz de articular ni media palabra.
Cerré los ojos durante un segundo, soltando una maldición silenciosa.
Al volver a abrirlos, bloqueé a Sloane con mi cuerpo de forma instintiva y miré fijamente a Logan. Era mi mejor amigo. El hermano que la vida me había dado. Pero en ese momento, lo miré con la fiereza de un perro guardián acorralado.
—Ni una palabra —le pedí. Mi voz fue un susurro áspero, cargado de un ruego desesperado—. Ni una sola palabra de esto. Ni ahora, ni nunca.
Logan me sostuvo la mirada. La sorpresa inicial se transformó en una comprensión pesada y silenciosa. Su lealtad hacia mí siempre sería más fuerte que cualquier jerarquía hospitalaria. Asintió, cerrando filas conmigo sin necesidad de explicaciones.
Suavizó su postura, desvió la vista de mí y se dirigió a Sloane, ignorando olímpicamente la tensión asfixiante que cortaba el aire.
—Sloane —dijo Logan, con un tono profesional exquisitamente neutro, tendiéndole una carpeta azul—. Traía los formularios de autorización para el nuevo material de tracción del quirófano dos. Échales un vistazo y fírmalos cuando tengas un momento, no corre prisa.
Sloane extendió la mano, temblorosa, y cogió la carpeta.
—Gra... gracias, doctor Pierce —logró balbucear, aferrándose al cartón como si fuera un salvavidas.
Logan me dio un levísimo asentimiento de cabeza y se dio la vuelta, alejándose por el pasillo sin mirar atrás.
Me giré hacia Sloane. Estaba pálida, con la mirada clavada en la carpeta, respirando entrecortadamente por el pánico de haber sido descubierta.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz muy baja, acercándome a ella.
—No lo sé —confesó, levantando los ojos hacia mí, llenos de terror y confusión—. No... no sé qué decir.