Pulse (Wildwater Falls 4) CATORCE
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CATORCE

Noah

E l rugido ensordecedor de los rotores del Alfa Uno me vibraba en la caja torácica, ahogando cualquier pensamiento que no estuviera estrictamente ligado a la supervivencia.

Estábamos volando a baja cota, cortando el viento helado del norte que azotaba el valle, siguiendo el curso gris y serpenteante del río.

— Alfa Uno a Control. Estamos sobre el sector tres de la Riverbend Road —la voz de Caleb sonó metálica a través de los auriculares de mi casco—. Clover, veo marcas de derrape en el asfalto. El quitamiedos está reventado. Iniciamos patrón de búsqueda térmica.

— Recibido, Alfa Uno. Los bomberos terrestres del Parque Dos están a cinco minutos de vuestra posición —informó Clover desde la base, con esa eficacia que había adoptado desde su ascenso.

Me asomé por la puerta lateral abierta del helicóptero. El viento intentó arrancarme el casco. Cien metros más abajo, el barranco se abría como una cicatriz oscura en la montaña, cubierto de abetos densos y roca afilada.

— ¡Ahí! —gritó Ian por el intercomunicador, señalando hacia las tres en punto—. Cincuenta metros por debajo del nivel de la carretera. Es un todoterreno plateado. Está volcado sobre el lateral del copiloto, empotrado contra un pino viejo.

— Lo tengo —confirmó Caleb—. Ian, no veo movimiento. No sabemos cuántos ocupantes hay ni el alcance de las lesiones. Prepárate para una inserción en vertical. Voy a estabilizar el Alfa Uno.

E l helicóptero se frenó en el aire con una sacudida brutal. Caleb llevó el Alfa Uno a un vuelo estacionario perfecto, desafiando las ráfagas cruzadas del cañón con una maestría que solo el mejor piloto del estado podía lograr. La aeronave no se movió ni un milímetro.

Ian ya tenía el arnés enganchado al cable del cabrestante. Me dedicó un asentimiento seco.

— Bajo a evaluar. Noah, prepara la artillería pesada —ordenó Ian, antes de dejarse caer al vacío.

Mientras el cable zumbaba al desenrollarse, me giré hacia el interior de la cabina y abrí mi maleta de intervención de soporte vital avanzado.

Comprobé los collares cervicales, los torniquetes, la medicación para sedación y las férulas pélvicas.

La adrenalina me corría por las venas a toda velocidad. Estaba en mi elemento.

Dos minutos después, la radio crujió.

— Ian a Alfa Uno. Estoy en el techo del vehículo.

Hay dos ocupantes, ambas mujeres —la voz de Ian era calmada y precisa—.

La conductora es de mediana edad. Inconsciente.

Está atrapada, una rama del pino ha atravesado el parabrisas y la tiene aprisionada contra el asiento.

La copiloto es una mujer anciana; está consciente, lúcida y muy agitada.

Parece ilesa, solo contusiones por el cinturón, pero necesito que bajes, Noah. El ángulo es una mierda.

—Voy para allá —confirmé.

Aseguré mi mochila médica pesada a mi chaleco, enganché el mosquetón de mi arnés al cabrestante de rescate y me lancé por la puerta.

El descenso fue rápido. El olor a pino roto, a tierra húmeda y el tufo penetrante a gasolina derramada me golpeó en cuanto mis botas tocaron la hojarasca del barranco. Me solté del cable y me deslicé por la pendiente hasta el chasis retorcido del todoterreno.

Ian ya había reventado la luna trasera con su punzón rompecristales y estaba asegurando el perímetro del coche con eslingas a los árboles cercanos para evitar que el vehículo cediera y rodara hasta el fondo del barranco.

Me asomé por el hueco del maletero. El interior del habitáculo era un caos de airbags reventados, cristal esparcido y sangre.

—¡Señora! Soy Noah, soy técnico sanitario. ¿Me oye? —grité por encima del ruido del rotor, arrastrándome hacia el interior del vehículo volcado.

La anciana, que colgaba precariamente del cinturón de seguridad en el asiento del copiloto, giró la cabeza hacia mí. Estaba pálida, respirando con dificultad por la posición.

—¡Mi hija! —sollozó la mujer, intentando estirarse hacia la conductora—. ¡Por favor, no se mueve! ¡No me duelen las piernas, yo estoy bien, pero ayudadla a ella!

Fruncí el ceño. Dirigí mi linterna hacia la conductora.

Estaba inconsciente, con una brecha profunda en la cabeza que sangraba profusamente y una respiración superficial, casi agónica.

La rama del árbol había hundido el salpicadero, atrapándole el pecho y el abdomen.

Tenía un traumatismo craneoencefálico severo y su vía aérea estaba en riesgo crítico.

Me giré de nuevo hacia la anciana, dispuesto a colocarle un collarín, pero la luz de mi linterna rebotó en un objeto metálico plegado en la parte trasera del habitáculo.

Una silla de ruedas.

—Señora, ¿tiene usted alguna lesión medular previa? ¿Usa esa silla de ruedas? —pregunté a gritos, mientras mis manos bajaban a toda velocidad por el muslo de la anciana, palpando en la oscuridad.

—¡Sí, soy parapléjica desde hace diez años! ¡No siento nada de cintura para abajo!

Sentí el calor líquido empapando mi guante de nitrilo antes incluso de verlo.

Apunté la linterna hacia sus extremidades inferiores, atrapadas bajo la guantera destrozada.

Tenía una fractura abierta de fémur. El hueso había rasgado la piel y estaba goteando sangre a una velocidad que no me gustaba nada.

No sentía dolor por su paraplejia, pero se estaba desangrando frente a mis ojos.

—¡Ian! —grité por la radio—. ¡La anciana tiene una fractura abierta de fémur con sangrado arterial masivo que no siente por su patología base! ¡Necesito sacarla de aquí ya!

— ¡Los bomberos de tierra acaban de llegar a mi posición! —respondió Ian desde fuera—. ¡Están bajando con las cizallas hidráulicas para excarcelar a la conductora!

—¡Sujeta a la anciana por los hombros por el hueco de la ventana! —le pedí. Ian sabía que si le solicitaba algo así era por una causa médica más que justificada.

Aplasté mi rodilla contra el techo del coche para ganar palanca, saqué el torniquete táctico de mi chaleco y se lo coloqué a la anciana en la parte más alta del muslo, apretando el molinete hasta que la hemorragia se detuvo.

Ella ni se inmutó, pero sus ojos estaban desorbitados por el pánico.

Le coloqué un collarín cervical en segundos.

—Ian, escúchame —dije por el canal interno del equipo, saliendo del vehículo—. Subiré yo primero con la anciana en el arnés de rescate. Está al borde del shock hipovolémico y aterrada, si se agita en la camilla perderemos el torniquete. Me la llevo arriba ahora mismo.

—Hecho. Los chicos de tierra van a cortar el techo del coche. Yo aseguro la vía aérea de la hija, la estabilizo en la camilla nido y subo con ella en el segundo izado con el cabrestante —sentenció Ian, pasándome el arnés de evacuación. Era el puto mejor bombero del mundo. No cuestionaba, ejecutaba.

Enganché el arnés alrededor del pecho de la anciana tras sacarla cuidadosamente por el hueco superior. La rodeé con mis brazos, anclándola a mi cuerpo para darle seguridad.

—¡Caleb, tira de nosotros! —ordené por el micro.

El tirón del cable nos levantó del suelo. Ascendimos a través de las copas de los pinos mientras la mujer mayor sollozaba aferrada a mi chaleco. El ruido del helicóptero nos tragó. Al llegar a la puerta, introduje a la paciente en la cabina y la aseguré a la camilla fija del Alfa Uno.

El segundo izado fue cuestión de minutos. Los bomberos terrestres hicieron volar el techo del coche como si fuera una lata de refresco, e Ian emergió de entre los árboles colgando del cable junto a la camilla tipo nido, donde la conductora yacía inmovilizada.

En cuanto Ian metió la camilla en la cabina y cerró la compuerta lateral, el mundo exterior desapareció.

—¡Caleb, vámonos! ¡Directos al Wildwater Regional! —grité, tirándome de rodillas sobre el suelo de aluminio del helicóptero, en medio de las dos pacientes.

— En tránsito. Seis minutos —confirmó Caleb, metiendo potencia a los motores. El helicóptero se inclinó agresivamente, devorando el cielo.

Ian se arrodilló junto a la cabeza de la conductora inconsciente, tomando un balón resucitador y asumiendo el control de su ventilación.

—Está saturando al ochenta y cinco por ciento, Grant. Glasgow de seis —me informó Ian con frialdad clínica.

—Necesita intubación. Agárrale la cabeza, no dejes que se mueva —le pedí, mientras sacaba un taladro intraóseo.

No había tiempo para buscar venas colapsadas por el shock.

Con un zumbido eléctrico, perforé la tibia de la conductora y le conecté una vía directa al hueso, inyectando suero fisiológico a presión para levantarle la presión arterial.

Me giré inmediatamente hacia la anciana, que estaba hiperventilando.

Le cogí una vía venosa periférica gruesa en el antebrazo en un movimiento fluido y colgué una bolsa de suero caliente en el gancho del techo de la cabina.

—Señora, mírame —le exigí con voz firme pero cálida, agarrándole la mano libre, obligándola a centrarse en mis ojos oscuros en medio de la vorágine de la cabina—.

Su hija está respirando y la tenemos controlada.

Usted tiene un torniquete en la pierna que le ha salvado la vida.

Ahora necesito que respire conmigo. Lento.

Mi mente operaba a mil revoluciones por minuto. Evaluaba pupilas, ajustaba flujos de oxígeno, vigilaba el torniquete y comprobaba las constantes, moviéndome en el espacio reducido de la cabina con la memoria muscular de cientos de rescates. Éramos una máquina perfecta.

A través del intercomunicador, la voz de Clover nos dio el aviso final.

— Alfa Uno, el Wildwater Regional os espera en el helipuerto. El equipo de trauma está desplegado y listo para recibir.

Apreté la mandíbula, limpiándome una gota de sudor de la frente.

El tren de aterrizaje del Alfa Uno golpeó el asfalto del helipuerto del Wildwater Regional con un chasquido sordo. Las puertas batientes se abrieron de golpe antes incluso de que las aspas dejaran de girar.