Pulse (Wildwater Falls 4) TRECE #3
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TRECE #3

Me quedé apoyada en el marco de la puerta de la habitación de mi hijo, observando la escena.

Noah depositó a Jonah sobre el colchón con una delicadeza infinita.

Le quitó las zapatillas deportivas, le aflojó la sudadera y tiró del edredón hasta cubrirle los hombros.

Luego, se quedó allí. De pie junto a la cama, con las manos en los bolsillos, mirando el rostro dormido del niño con una ternura que me encogió el corazón.

Retrocedió sobre sus pasos y cerró la puerta de la habitación tras de sí con un clic casi imperceptible, dejándonos a solas en la penumbra del pasillo.

—Gracias por hoy, Noah —susurré —. Gracias por haberle hecho tan inmensamente feliz.

Noah acortó la distancia entre nosotros con lentitud, deteniéndose a un palmo de mi rostro. Su calor irradiaba a través del jersey oscuro, mezclándose con el olor a frío nocturno y a ese perfume a madera que ya era mi debilidad absoluta.

—Gracias a ti por permitirme acompañaros, bombón —respondió, con la voz grave y rasposa—. Ha sido un día perfecto.

Levantó una mano, apartó un mechón de pelo rubio que se me había escapado de la coleta y lo enganchó detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron mi mejilla. Se inclinó y me dio un beso suave, apenas un roce de labios tierno y cargado de afecto.

Se separó un poco, me dedicó una última sonrisa de medio lado y se giró hacia la entrada de la cabaña, dispuesto a marcharse.

El pánico me atenazó la garganta.

No estaba preparada. No quería que cruzara esa puerta. No quería volver a quedarme sola.

Antes de que llegara al recibidor, alargué el brazo. Mis dedos se cerraron alrededor de su muñeca grande y fuerte.

Noah se detuvo en seco.

—No te vayas —la petición abandonó mis labios en un susurro desesperado.

Él se giró despacio, bajando la mirada hacia mi mano aferrada a su piel, y luego la subió hasta encontrar mis ojos en la penumbra. Parpadeó, genuinamente sorprendido.

—Quédate conmigo —añadí, dando un paso vacilante hacia él, con el corazón latiéndome desbocado en la base de la garganta—. Toda la noche, Noah.

El hombre que jamás dudaba en un rescate al borde de un barranco se quedó sin aire frente a mí. Mi propia audacia me asustó, y el instinto de huida intentó tomar el control.

—Si... si no quieres quedarte, no pasa nada —me apresuré a decir, soltándole la mano, retrocediendo un milímetro —. Lo entiendo. Estás cansado y no estás obligado a na...

—Sloane. Frena —me cortó.

Su mano interceptó la mía antes de que pudiera alejarla del todo y entrelazó nuestros dedos con firmeza. La sorpresa de su rostro dio paso a una sonrisa lenta.

—Claro que quiero quedarme —me aseguró, con un ronroneo grave vibrando en su pecho—. Por Dios, es lo único que he querido hacer desde que pisé esta cabaña por primera vez. Solo que... jamás pensé que me lo pedirías con Jonah durmiendo en la habitación de al lado.

Me mordí el labio inferior, asimilando la verdad de sus palabras.

Estaba traspasando una línea de no retorno.

Acababa de prenderle fuego a mi propia regla de oro.

Pero en el fondo, estaba tan jodidamente harta.

Harta de tener miedo, de prohibirme lo que deseaba con cada célula de mi cuerpo, y, sobre todo, estaba cansada de ver esa sombra de decepción fugaz en sus ojos cada vez que lo rechazaba o le ponía límites en la puerta de mi casa.

Además, el reloj corría en mi contra. La llegada de Richard Hawthorne a Wildwater Falls era inminente.

Sabía que su mera presencia en el hospital iba a contaminarlo todo y a cambiar lo que tenía con Noah.

Noah odiaba a Hawthorne por lo que nos hizo en el pasado, y cuando descubriera que iba a instalarse en el pueblo durante los próximos meses su furia entrarían en ebullición.

No quería perder a Noah en medio de ese fuego cruzado.

Quería aferrarme a él hoy, esta noche, como si fuera la última vez que podíamos ser simplemente nosotros.

—Jonah duerme profundamente, del tirón, hasta mañana a las ocho —le expliqué en un susurro, dando un paso al frente para acortar el espacio, levantando la vista hacia él—. Si somos discretos, no habrá ningún problema.

Deslicé mi mano libre por su pecho, sintiendo el latido fuerte y rítmico de su corazón bajo el jersey, hasta llegar a su nuca.

—Quiero pasar esta noche contigo, Noah. En mi cama.

El último rastro de contención desapareció de sus ojos.

Noah soltó un gruñido bajo. Me agarró por la cintura, me pegó contra su cuerpo duro y me besó. Fue un beso intenso, urgente, devorador. Sus labios reclamaron los míos con un hambre acumulada, abriéndome la boca, invadiéndome con su lengua mientras mis manos se enredaban desesperadas en su pelo.

Sin romper el beso, empezó a movernos.

Caminamos hacia mi habitación, tropezando en la oscuridad del pasillo.

Mis dedos buscaron el bajo de su jersey, tirando de la lana hacia arriba para arrancárselo y dejarlo caer sobre la alfombra.

Él me respondió desabrochando mi abrigo, deslizando las manos por mis hombros.

Fuimos dejando un reguero de ropa a nuestro paso, guiados únicamente por la necesidad de encerrarnos en mi cuarto antes de que volviera a amanecer.