TRECE #2
Asentí, recordando la insuficiencia cardíaca de su abuela.
—Te dejaremos en tu casa entonces. O en la de ella.
—No. Venid los dos —soltó Noah con la naturalidad de quien ofrece un chicle—. Hay comida de sobra para un regimiento.
Me tensé al instante.
—Noah, no... no creo que sea buena idea. No quiero incomodar, y tu abuela no cuenta con nosotros. Además, Jonah está agotado y...
—¡Sí! —exclamó Jonah desde el asiento trasero, interrumpiendo mi sarta de excusas, enderezándose de golpe—. ¡La abuela Gladys es genial, mamá! Nos trajo galletas de jengibre al dojo el mes pasado. ¡Quiero ir!
Parpadeé, atónita, mirando a mi hijo por el retrovisor y luego a Noah. Se conocían. Mi hijo conocía a la abuela de Noah y yo no tenía ni idea. Había toda una red de cariño y cotidianidad tejiéndose alrededor de Jonah en la que Noah ya era una pieza fundamental.
Respiré hondo. Me giré hacia Noah al detenernos en el primer semáforo del pueblo y le clavé una mirada suplicante, cargada de advertencias silenciosas.
«Por favor, no me pongas en un compromiso. No estoy lista para esto».
Noah sostuvo mi mirada. Sus ojos oscuros se suavizaron, leyéndome a la perfección. Para Gladys, solo seríamos el amigo de su nieto y su madre.
—Está bien —cedí, soltando el aire—. Iremos.
Diez minutos después, aparqué frente a la casa victoriana de Gladys Grant.
Apenas habíamos pisado el porche cuando la puerta se abrió de par en par.
La mujer de setenta y ocho años estaba allí, envuelta en un cárdigan de colores estridentes, con sus inseparables gafas de pasta roja y una energía que desafiaba cualquier diagnóstico médico.
Era vivaz, atrevida y destilaba un aura de rebelde empedernida.
Me encantaba. Gladys era todo lo que quería ser cuando tuviera su edad.
—¡Ya era hora, mocoso! —saludó Gladys, dándole un abrazo rápido a su nieto antes de centrar toda su atención en Jonah—.
¡Y mira a quién has traído! El futuro cinturón negro de Wildwater Falls.
Pasa, campeón, he preparado asado de ternera con patatas, de ese que obstruye las arterias, pero cura el alma.
Jonah se relamió, maniobrando su silla de ruedas para entrar en el pasillo, y Noah hizo amago de seguirle hacia el comedor con el mismo entusiasmo infantil.
—¡Eh, eh, eh! ¡Alto ahí! —les gritó Gladys, señalando el pasillo opuesto con un dedo huesudo y autoritario—. ¡Primero al baño a lavarse las manos, par de salvajes! ¡Mi casa, mis bacterias!
Los dos chicos refunfuñaron al unísono, arrastrándose de forma cómica mientras cambiaban de dirección hacia el cuarto de baño.
De pronto, el pasillo quedó en un silencio denso. Me quedé a solas con Gladys.
Me apreté el abrigo contra el pecho, sintiéndome repentinamente vulnerable. Gladys se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me examinaron de arriba abajo con una atención milimétrica.
Unos segundos después, una sonrisa suavizó las arrugas de su rostro.
—Has criado a un chico muy especial, Sloane —me dijo en voz baja, con un tono lleno de sinceridad—. Jonah es inteligente, noble y muy divertido. Tienes que estar inmensamente orgullosa.
Tragué saliva. La calidez de sus palabras me desarmó por completo. Me mordí el labio inferior, incapaz de contener la emoción, y le sostuve la mirada.
—Usted también ha criado a un chico exactamente así, Gladys.
Nos quedamos en silencio, reconociéndonos en la penumbra del recibidor.
Gladys era demasiado lista. Había vivido más que suficiente para saber leer entre líneas, para captar la tensión en mis hombros y el brillo en mis ojos cuando hablaba de su nieto.
Sabía perfectamente lo que estaba pasando entre nosotros.
Pero, haciendo gala de una gran discreción, decidió no decir absolutamente nada.
Si Noah insistía en que solo éramos amigos del trabajo, ella iba a jugar el papel a la perfección.
—Ven, querida. Coge una copa antes de que esos dos devoren las patatas —me ofreció, enlazando su brazo con el mío.
La cena fue un bálsamo. Cómoda, hogareña y escandalosamente divertida.
Gladys fue el alma de la fiesta; nos contó cómo había estado a punto de encadenarse a la puerta del ayuntamiento la semana pasada para protestar por la tala de unos pinos centenarios, mientras Noah rodaba los ojos y le servía más asado a Jonah.
Yo me dediqué a observar la interacción entre ellos.
La devoción que Noah sentía por su abuela, la forma en que la cuidaba sin asfixiarla, me fascinaba.
Pero las horas pasaron, y el cansancio acumulado del día empezó a pasarle factura a Jonah. Estaba luchando visiblemente por mantener los ojos abiertos sobre su plato de postre.
Decidimos que era hora de marcharse. Nos despedimos de Gladys con abrazos apretados y promesas de repetir la velada.
Salimos al aire helado de la noche y subimos a mi coche. Arranqué el motor, dejando atrás el centro del pueblo, y conduje en dirección a la seguridad de mi cabaña. Allí, oculto entre los pinos de mi entrada, descansaba el todoterreno oscuro de Noah.
Noah sacó a Jonah del coche con una facilidad pasmosa, sosteniendo su cuerpo laxo y largo contra su pecho ancho, y lo llevó en brazos hasta el interior de la casa como si el niño no pesara absolutamente nada.