TRECE
Sloane
E l habitáculo de mi todoterreno olía al inconfundible aroma a cedro que siempre parecía acompañar a Noah Grant.
Mantuve la vista fija en la autopista que nos llevaba hacia la ciudad, apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
A mi lado, en el asiento del copiloto, Noah ocupaba demasiado espacio.
Sus piernas largas estaban flexionadas de forma relajada y su brazo descansaba sobre el reposabrazos central, a escasos milímetros del mío.
En el asiento trasero, Jonah no paraba de hablar, gesticulando con entusiasmo.
—Y dicen que la réplica del rover de Marte es a escala real, Noah. ¡A escala real! —exclamaba mi hijo, con los ojos brillando de anticipación—. También hay un simulador de la gravedad en Júpiter, pero no sé si la silla de ruedas cabrá en la plataforma.
—Si no cabe, te subo yo a cuestas y nos aplastamos juntos contra el suelo, socio. La gravedad de Júpiter no va a poder con nosotros —respondió Noah, girándose en el asiento para guiñarle un ojo.
Jonah soltó una carcajada limpia y vibrante.
Yo esbocé una sonrisa pequeña, tragando el nudo que se me había instalado en la garganta. Escucharlos bromear con tanta naturalidad me llenaba el pecho de un calor abrumador, pero al mismo tiempo, el espacio reducido del coche era una tortura.
Habían pasado dos semanas desde que nos acostamos por primera vez en mi vestidor.
Dos semanas de una efervescencia secreta y adictiva.
Habíamos encontrado grietas en nuestros turnos para robarnos besos desesperados en mi despacho, y habíamos instaurado los jueves por la noche —cuando mis padres se quedaban con Jonah— como nuestro refugio en la cabaña.
Pero Noah nunca se había quedado a dormir.
Siempre se marchaba antes del amanecer, cumpliendo a rajatabla mis condiciones.
Y aunque yo no se lo había pedido, la cruda realidad era que cada vez que escuchaba el motor de su coche alejarse en la oscuridad, me moría de ganas de suplicarle que volviera a la cama.
La excursión de hoy había nacido de un impulso estúpido por mi parte.
Hace unos días, Jonah había aparecido agitando un folleto sobre la nueva exposición de astrofísica en el planetario y el museo de ciencias naturales de la ciudad.
Estaba loco por ir. Y Noah, con ese espíritu curioso y brillante que lo caracterizaba, se había mostrado igual de entusiasmado que el niño.
Al verlos a los dos confabulando sobre supernovas, bajé la guardia.
Les dije que podíamos ir el domingo, ver la exposición y comer en aquel restaurante asiático de fideos que a Jonah le volvía loco.
Noah no había tardado ni dos segundos en aceptar la invitación, con una sonrisa deslumbrante que me había derretido las rodillas.
Y eso nos había llevado hasta aquí. Conduciendo hacia la ciudad, encapsulados en mi coche, pareciendo una maldita familia perfecta.
Era solo una hora de trayecto, pero el esfuerzo por disimular me estaba consumiendo.
No podía tocarlo. No podía rozarle el muslo mientras cambiaba de marcha, no podía besarlo en los semáforos, ni siquiera podía lanzarle esas miradas cargadas de doble intención que nos cruzábamos en el hospital.
Si Jonah percibía la más mínima alteración en nuestra dinámica, si descubría la verdad y se hacía ilusiones de que Noah se iba a quedar para siempre, su corazón se rompería en mil pedazos el día que nuestra burbuja estallara.
Porque en mi cabeza esto tenía fecha de caducidad.
Sin embargo, Noah parecía moverse por la situación con una comodidad insultante. Charlaba, reía, bromeaba sobre agujeros negros y se comportaba, simplemente, como Noah. Divertido, vivaz, protector y extraordinariamente cálido.
Aflojé el agarre sobre el volante y dejé escapar un suspiro silencioso.
Quería aferrarme a este sentimiento. Hoy era nuestro día.
Un paréntesis. Hoy no existía la junta directiva, no existían los presupuestos y, sobre todo, no existía la sombra amenazante de Richard Hawthorne respirándome en la nuca.
Una hora después, aparqué en el garaje subterráneo del complejo de los museos.
Salimos del coche y Noah no dudó en ir directo al maletero para sacar la silla de ruedas de Jonah.
La desplegó con un chasquido metálico y ayudó a mi hijo a acomodarse.
Sabíamos que iba a ser un día largo y agotador para las piernas de Jonah, y la silla nos daba la tranquilidad de poder disfrutar sin forzar su espasticidad.
Subimos en el ascensor hasta el inmenso vestíbulo acristalado del planetario. Había un bullicio constante de familias y grupos de niños.
—Dejadme a mí. Voy a por los pases VIP —anunció Noah, adelantándose hacia las taquillas.
Regresó un par de minutos después agitando tres entradas holográficas. Al acercarse, me dedicó una sonrisa tan brillante que el corazón se me desbocó, latiendo descontrolado contra mis costillas.
Entregamos las entradas y nos guiaron hacia la sala de proyección inmersiva. Era un espacio circular, dominado por una inmensa cúpula en el techo y filas de butacas reclinables. Mientras buscábamos nuestro sitio, un acomodador joven, vestido con el uniforme del museo, se cruzó en nuestro camino.
—Perdonen, el carrito de ruedas mejor se queda aquí, en la última fila, junto a la pared. Así no entorpecen el paso de los demás asistentes —indicó el chico, señalando un rincón oscuro y apartado cerca de la salida.
Me tensé de inmediato. Abrí la boca para replicar, para explicarle muy claro que mi hijo tenía derecho a sentarse donde quisiera, pero Noah se me adelantó.
Con un movimiento fluido, Noah se interpuso entre el acomodador y la silla de Jonah.
—En primer lugar, amigo, esto no es un carrito, es su transporte táctico —dijo Noah.
Su tono era bromista, ligero, pero había una firmeza en su voz y una sonrisa en sus labios que no admitía ningún tipo de réplica—.
Y, en segundo lugar, este genio de aquí necesita ver la Vía Láctea sin que la cabeza de nadie le tape las constelaciones.
Así que vamos a aparcar en primera fila, justo en el centro. Permiso.
Sin esperar respuesta, Noah agarró los mangos de la silla y empujó a Jonah por el pasillo central, avanzando con paso firme hasta los mejores asientos de toda la maldita sala.
Me quedé embobada durante un segundo, mirando su espalda ancha cubierta por un jersey azul marino. Una sensación de calor líquido se me expandió por todo el pecho. La forma tan natural y protectora en la que Noah defendía a mi hijo me enternecía de una manera que me asustaba.
Los seguí y tomamos asiento, flanqueando a Jonah. Noah a su derecha, yo a su izquierda, con la silla de ruedas anclada en el centro.
Las luces se atenuaron gradualmente hasta que la sala quedó sumida en una oscuridad total.
Un murmullo de asombro colectivo recorrió el público cuando la cúpula sobre nosotros se encendió, proyectando miles de estrellas con un realismo sobrecogedor.
La voz profunda y envolvente del narrador comenzó a explicar la expansión del universo.
Jonah estaba absorto. Tenía el cuello echado hacia atrás y los ojos muy abiertos, completamente desconectado del mundo terrenal.
Fue entonces, amparado por la oscuridad y la distracción del niño, cuando lo sentí.
El roce cálido y furtivo de unos dedos grandes.
Noah había deslizado su brazo por detrás del respaldo de la silla de Jonah, cruzando el espacio que nos separaba, hasta encontrar mi costado.
Me acarició la cadera a través de la tela de mi blusa.
Un escalofrío de electricidad me recorrió la espina dorsal.
No lo dudé. Sin pensar moví mi brazo por detrás de la silla de Jonah.
Busqué la mano de Noah en la penumbra. Cuando mis dedos rozaron los suyos, él los capturó al instante.
Entrelazó nuestra manos con una fuerza posesiva, encajando nuestras palmas a la perfección, escondiendo nuestro vínculo justo a la espalda de mi hijo, sin que él se diera cuenta de nada.
Giré la cabeza muy despacio sobre el reposacabezas.
Noah ya me estaba mirando.
No estaba sonriendo. La luz azulada de las nebulosas que se proyectaban en el techo parpadeaba sobre sus facciones, delineando la mandíbula tensa.
Estaba completamente embelesado. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, con un deseo tan desnudo que me robó el oxígeno de los pulmones.
Me miraba como si yo fuera la maldita galaxia entera.
Apreté su mano, incapaz de apartar la vista de sus ojos oscuros, con la sensación de no haberme sentido tan estúpidamente feliz en toda mi vida.
✽✽✽
El viaje de regreso a Wildwater Falls transcurrió bajo el manto oscuro de la tarde invernal, con la calefacción del coche ronroneando y un silencio cómodo en el habitáculo.
Había sido un día irreal. Absolutamente fantástico.
Después de la magia del planetario, habíamos devorado cuencos inmensos de fideos en el restaurante tailandés y nos habíamos atiborrado a tazas de chocolate caliente con nubes de azúcar antes de entrar al museo de ciencias naturales.
Caminando entre esqueletos de dinosaurios y maquetas de asteroides, Jonah y Noah parecían dos críos excitados por el exceso de azúcar, compitiendo por ver quién sabía el dato más absurdo sobre el período Jurásico.
Mientras mis manos descansaban sobre el volante, me permití saborear una realidad que llevaba semanas negándome. Estaba con mis dos chicos. Sin el estrés aplastante del hospital, sin el terror a las amenazas de Richard. Era libre.
El zumbido del móvil de Noah en el posavasos central rompió mi burbuja.
Noah desbloqueó la pantalla, y el brillo azulado iluminó su perfil. Esbozó una sonrisa de medio lado, mezclada con una pizca de resignación, y tecleó una respuesta rápida.
—Es Gladys —anunció, guardándose el teléfono en el bolsillo—. Dice que ha sacado un asado del horno y que me está esperando para cenar. Violet está con una clase de última hora en el dojo y no llegará a tiempo.