Pulse (Wildwater Falls 4) DOCE #3
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DOCE #3

Ese "vale" me había dado alas. Ahora, en mitad de mi turno, me moría de ganas de escuchar su voz, de llamarla y preguntarle cómo iba su día.

Pero sabía que estaba liada en el hospital.

Así que abrí la aplicación de mensajería de nuevo, dispuesto a dejarle un texto para que lo leyera cuando tuviera un respiro.

Noah: Espero que estés sobreviviendo al viernes. Solo pensaba en...

—¿Quién demonios es "Mi bombón"?

El sobresalto casi me hace tirar la taza de café al suelo. Di un respingo y bloqueé la pantalla del móvil contra mi pecho con un movimiento brusco.

Clover estaba justo a mi espalda. Había cruzado la sala común con el sigilo de un maldito gato y se había asomado por encima de mi hombro, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de pura intriga dibujada en los labios.

—Métete en tus asuntos, Clover —le espeté, guardándome el teléfono en el bolsillo interior del mono de vuelo a toda velocidad, intentando controlar el calor que me subía por el cuello.

—¡Oh, vamos! —exclamó ella, apoyando las manos en las caderas, olvidándose por completo de su monólogo sobre Patrick—. Esa sonrisa de idiota que llevas toda la mañana no es por el buen tiempo. ¿Hay alguien especial en tu vida, Grant? ¿Quién es?

—No es nadie. Y deja de ser tan cotilla, enana—repliqué, cruzándome de brazos, adoptando una postura defensiva.

El silencio cayó sobre la sala común.

Levanté la vista. Ian había bajado la revista de alpinismo y me observaba con esos ojos verde claro que parecían leer el alma de la gente.

A su lado, Caleb había dejado de revisar los mosquetones.

Los dos me miraban fijamente, sin decir una sola palabra.

Era el tipo de escrutinio silencioso de dos hombres que te confían su vida a mil metros de altura.

Son listos. Demasiado listos. Y lo peor de todo es que yo sabía perfectamente que ambos ya sospechaban que había una tensión no resuelta entre Sloane y yo.

A Caleb se le escapó una sonrisa de medio lado, lenta y cargada de suficiencia.

Me puse tenso. Si se corría el más mínimo rumor, si Clover empezaba a hurgar o sumar dos más dos, estábamos jodidos.

Mantuve los labios sellados en una línea dura. No iba a ceder.

Clover hizo ademán de dar un paso al frente para seguir insistiendo.

—Vamos, Noah, suéltalo. ¿Es del pueblo? ¿La conozco?

—Deja de ser una entrometida, Clover.

La voz grave y autoritaria de Caleb cortó el aire de la sala. Mi amigo dejó caer el arnés sobre la mesa y miró a su hermana con advertencia.

—O lo dejas estar, o todos en esta base vamos a empezar a preguntar, a cotillear y a hacer apuestas sobre tu maravillosa convivencia con Patrick O'Malley.

Clover se quedó petrificada. Sus mejillas se tiñeron de rojo al instante. Se giró hacia su hermano y lo señaló con un dedo acusador.

—No te atreverías, Donovan —le advirtió en tono de amenaza, aunque el pánico brilló en sus ojos ante la perspectiva de convertirse en el centro del huracán.

—Ponme a prueba —replicó Caleb, imperturbable—. Si no quieres que los demás hurguen en tus dramas personales, deberías aplicarte el cuento y dejar en paz a Noah. Retrocede.

Clover soltó un bufido de frustración, murmuró algo ininteligible y regresó a su consola de comunicaciones, dándonos la espalda.

Solté el aire que estaba conteniendo. Le dirigí a Caleb un asentimiento seco y profundo en señal de agradecimiento por haberme sacado del atolladero. Él me devolvió el gesto, pero fue Ian quien rompió el silencio.

Dejó la revista sobre la mesa auxiliar y se puso en pie, estirando los músculos de los hombros. Al pasar por mi lado para ir a por un vaso de agua, se detuvo un segundo.

—Te damos margen, Grant —murmuró Ian, con un tono lo bastante bajo para que Clover no lo escuchara, pero con una rotundidad que no admitía réplica—. Pero tarde o temprano vas a tener que soltar lo que sea que te estás callando. Somos tu equipo.

Solté un bufido ronco, pasándome una mano por el pelo.

—No me presionéis, Ian —le advertí.

Antes de que pudiera añadir una sola palabra más, la alarma de emergencias de la base rompió el ambiente con un aullido estridente y ensordecedor. Las luces parpadearon en los pasillos. El cambio en la atmósfera fue instantáneo. La tensión, el cotilleo y los secretos desaparecieron de un plumazo.

Clover ya estaba pegada a la radio, con los cascos puestos.

—¡Se ha activado el Alfa Uno! —gritó por encima de la sirena—. Un senderista ha caído por un barranco en el sector norte, cerca de los rápidos del río. Fractura abierta confirmada, riesgo de hipotermia. Os estoy transmitiendo las coordenadas a vuestros dispositivos.

—¡En marcha! —ladró Caleb.

Ian y yo no perdimos ni medio segundo. En perfecta y silenciosa coordinación, agarramos nuestros cascos y corrimos hacia el hangar exterior. Las botas resonaron contra el cemento.

Subimos a la plataforma, aseguramos los mosquetones de nuestras líneas de vida y nos pusimos los cascos de comunicación. El helicóptero se despegó del asfalto con un rugido ensordecedor, inclinándose hacia el cielo gris de Wildwater Falls, llevándonos directos a la garganta del barranco.