DOCE #2
Me puse en pie y caminé desnudo hacia la puerta entreabierta que intuía que daba al baño principal de la suite. Empujé la madera y encendí la luz. El espacio era amplio, revestido en pizarra oscura y mármol blanco, con ese mismo orden inmaculado que definía el resto de su vida.
Me deshice del preservativo, abrí el grifo del lavabo y me eché agua fría en la cara, lavándome las manos con el jabón de lavanda que descansaba sobre la encimera. Al alzar la vista, mi propio reflejo me devolvió la mirada en el espejo rectangular.
Tenía el pelo castaño completamente alborotado, la piel del cuello y el pecho sonrojada por la fricción, y una mirada de absoluta y pura satisfacción primitiva brillando en mis pupilas.
Y una sonrisa. Una sonrisa ancha, estúpida y deslumbrante que parecía amenazar con quedarse tatuada en mis facciones de forma permanente.
Me veía exactamente como lo que era: un hombre que acababa de conquistar la cima del mundo.
Pero entonces, mientras el agua corría por el desagüe, la bruma del éxtasis empezó a disiparse y la cruda realidad me cayó encima como un yunque.
La sonrisa se borró de mi rostro. Me apoyé en el borde del lavabo, bajando la cabeza.
Nada de lo que acababa de pasar suponía un cambio real en nuestra relación a los ojos del mundo.
A pesar de haberle entregado el alma entre aquellas sábanas, yo seguía siendo solo su aventura secreta.
Un pasatiempo o un capricho que no encajaba en los esquemas de su vida perfectamente estructurada.
Cerré el grifo, me sequé las manos con una toalla y apagué la luz, sumiendo el baño de nuevo en la penumbra.
Al salir al dormitorio, el silencio de la cabaña me envolvió.
Me acerqué a los pies de la inmensa cama.
Sloane se había quedado profundamente dormida.
Se había acurrucado sobre su lado derecho, dándome la espalda, atrayendo las rodillas hacia el pecho en una postura casi fetal.
Seguía completamente desnuda. Su respiración era profunda, rítmica y pacífica.
Verla así me encogió el corazón. Estaba relajada, satisfecha y hermosa hasta doler.
La tentación de meterme en la cama con ella me quemaba en las venas.
Pero me detuve.
Sloane no me había invitado a quedarme. Y las normas de nuestro pacto eran claras.
Si por la mañana Jonah o sus padres decidían aparecer en la cabaña antes de tiempo para recoger algo y me encontraban durmiendo en su cama, sería el fin.
Sería imposible justificar mi presencia a primera hora de la mañana, además de lo terriblemente obvio de la situación.
Había dado mi palabra. Le había jurado que jamás haría nada que la perjudicara a ella o que afectara a Jonah.
Y por mucho que odiara la idea de marcharme, no iba a traicionar su confianza la primera noche.
Además, la fría verdad era que no me sentía en absoluto cómodo con esta situación de amantes furtivos.
Odiaba esconderme. Odiaba tener que escabullirme de su casa como un ladrón en la noche.
Apreté la mandíbula y decidí que lo más sensato, lo más seguro para ella, era marcharme a mi casa.
Caminé en silencio hasta el borde de la cama.
Agarré el grueso edredón nórdico que había quedado desparramado por el suelo durante nuestro frenesí y tiré de él con suavidad, cubriéndola hasta los hombros y arropándola con cuidado para que no pasara frío durante la madrugada.
Ella soltó un pequeño suspiro al sentir el calor de la tela y hundió un poco más la cara en la almohada, sin llegar a despertarse.
Me vestí en el más absoluto silencio, recogiendo mi ropa esparcida por el vestidor. Me abroché los vaqueros, me puse la camiseta y agarré la camisa de franela, colgándomela al hombro.
Me detuve junto a la mesita de noche. Alargué la mano y apagué la pequeña lámpara de lectura.
Antes de cruzar el umbral hacia el pasillo, me giré. Le lancé una última mirada a la silueta de Sloane bajo las sábanas y salí de la casa.
El frío cortante de la montaña me golpeó al pisar el porche, pero no fue comparable a la desolación que me invadió al arrancar el motor del todoterreno, sabiendo que el camino de vuelta me llevaría directo a mi propio apartamento. Frío. Silencioso. Y jodidamente vacío sin ella.
✽✽✽
El reloj de pared de la sala común de la base marcaba las dos y cuarto de la tarde.
El aroma a café recalentado se mezclaba con el zumbido constante de los sistemas de ventilación del hangar.
Estábamos a mitad de turno. Ian estaba repantigado en uno de los sofás de polipiel gastada, ojeando una revista de alpinismo, mientras Caleb revisaba unos arneses en la mesa central.
De fondo, como si fuera el hilo musical de la base, Clover no dejaba de despotricar sobre Patrick O’Malley. Llevaba diez minutos enumerando las formas en las que su nuevo compañero de piso lograba desquiciarla con el simple acto de respirar o de dejar una taza mal puesta en el fregadero.
Pero yo no la estaba escuchando. Mi mente estaba a kilómetros de allí.
Me apoyé contra la encimera de la pequeña cocina, con una taza de café intacta en una mano y el móvil en la otra.
No podía borrar la maldita sonrisa de mi cara desde que me había despertado.
A las siete de la mañana, la pantalla de mi teléfono se había iluminado con un mensaje que me había acelerado el pulso en milisegundos.
Sloane: ¿Estás bien? ¿Por qué te fuiste anoche sin despedirte?
Mi respuesta había sido rápida, tecleada desde la soledad de mi apartamento:
Noah: Estaba todo bien, bombón. Estabas profundamente dormida, parecías agotada y no quise despertarte. Pero si tanto te molesta, te prometo que la próxima vez te despertaré para darte un beso de despedida en condiciones.
Me había pasado la siguiente media hora mirando el doble check azul, esperando su respuesta:
Sloane: Vale.