DOCE
Noah
U na sacudida de pura y dura excitación me atravesó la columna vertebral.
Su sumisión voluntaria alimentó a la bestia insaciable que llevaba semanas arañándome el pecho.
Una bestia primitiva que lo único que deseaba en ese preciso instante era poseerla.
Hacerla mía de todas las puñeteras formas posibles, marcarla a fuego y no dejarla ir jamás.
Me negué a pensar en el futuro. Me negué a pensar en las barreras que aún la rodeaban.
Solo existía el aquí y el ahora. Y ahora, ella era mía.
—Acércate —ordené. Mi voz sonó tan ronca que apenas la reconocí.
Sloane obedeció. Avanzó hacia mí con pasos cortos, enfundada en esa estricta falda lápiz y la elegante blusa. Cuando estuvo a mi alcance, no le di tiempo a pensar. Le enganché la nuca con una mano, enredando los dedos en su pelo rubio, tiré de ella y devoré su boca.
La invadí con la lengua, saqueando cada rincón con un hambre feroz, saboreando el gemido ahogado que vibró en su garganta. Se aferró a mis hombros, jadeando contra mis labios, perdiendo por completo el equilibrio.
Me separé apenas unos centímetros, respirando su mismo aire.
Bajé las manos por sus costados, delineando la curva de sus caderas, agarré el bajo de la falda lápiz y tiré de la tela hacia arriba, agrupándola sobre sus caderas y dejando sus muslos pálidos y temblorosos completamente expuestos a mí.
Con movimientos rápidos, le desabroché los primeros botones de la blusa azul marino, lo justo para dejar a la vista la tela oscura de un delicado sujetador de encaje.
—Date la vuelta —le susurré contra la comisura de los labios—. Apoya las manos contra la pared y abre bien las piernas.
Sloane tragó saliva. Se mordió el labio inferior, con las mejillas incendiadas por un rubor precioso, pero no dudó. Se giró, apoyó las palmas planas contra la pared de madera del vestidor y separó los pies.
Cuando estuvo en posición, giró la cabeza hacia atrás por encima del hombro para mirarme. Yo aún no me había movido del marco de la puerta. Seguía completamente vestido. Dejé que la tensión se estirara, que la anticipación la volviera loca, y luego caminé hacia ella con una lentitud deliberada.
Me arrodillé justo detrás de ella.
—Quieta —le ordené en un murmullo grave —. No muevas las manos de la pared. Y abre un poco más las piernas.
Un leve jadeo de anticipación escapó de sus labios mientras deslizaba los pies unos centímetros más, obedeciendo. Ese pequeño sonido terminó de incendiarme la sangre.
Me acerqué. Recorrí la curva suave de sus nalgas con la punta de la lengua, saboreando el calor de su piel.
Con una mano, aparté la delicada tira de su ropa interior, y con la otra, exploré su sexo.
Estaba empapada. Hirviendo y lista para mí.
Gemí por lo bajo ante el tacto resbaladizo y comencé a masturbarla lentamente desde atrás, frotando su clítoris con el dedo corazón mientras mis dedos se deslizaban por su humedad.
Sin dejar de tocarla, le enganché las bragas y se las bajé de un tirón hasta las rodillas. Con ambas manos agarré sus caderas, la abrí por completo, la posicioné exactamente donde la quería y hundí el rostro en su intimidad.
No me dejé nada. Lamí cada pliegue, chupé, mordisqueé suavemente sus labios y succioné su centro con un ritmo implacable, saboreando sus fluidos como si fueran agua en mitad del desierto.
Sloane convulsionó. Sus piernas empezaron a temblar tan violentamente que creí que se iba a desplomar contra la pared.
—Noah... —empezó a suplicar, lloriqueando de puro placer, con la voz rota y desesperada—. Por favor. Lléname. No aguanto más, te lo ruego... lo necesito.
En lugar de obedecer, cerré los dientes sobre la carne suave de su nalga y le di un mordisco firme.
El jadeo fue tan profundo que casi se corre allí mismo, temblando bajo mis manos.
Me puse en pie, la agarré por la cintura y la giré hacia mí. Le di un último lametazo posesivo en su centro, mirándola a los ojos, antes de quitarle el resto de la ropa con movimientos secos, dejándola completamente desnuda, vulnerable y perfecta frente a mí.
Yo seguía vestido. Sloane no esperó una orden.
Impulsada por la necesidad, se dejó caer de rodillas frente a mí.
Sus manos, ávidas y temblorosas, desabrocharon mi cinturón.
Me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un solo tirón, liberando mi erección, que saltó hacia adelante, pesada, dura y latiendo dolorosamente.
Mientras ella me liberaba, yo me arranqué la camiseta, tirándolas al suelo, dejando mi torso desnudo.
Sloane se quedó arrodillada, mirándome el vientre y la polla. Se humedeció los labios con la lengua, dudando un instante, insegura de si tomar la iniciativa.
—Adelante, bombón —le dije, mirándola desde arriba con el pecho agitado—. Puedes hacer lo que quieras.
Esa fue toda la confirmación que necesitó.
Se inclinó hacia adelante. Apoyó las manos en mis caderas y trazó una línea húmeda con la lengua sobre mis abdominales, bajando lentamente, torturándome, hasta llegar a la base de mi pene.
Abrió la boca y me tomó por completo. Me chupó, envolviéndome con el calor resbaladizo de su boca, saboreándome con una dedicación que me hizo echar la cabeza hacia atrás y soltar un gruñido gutural.
Noté cierta inexperiencia en sus movimientos.
Una vacilación sutil que delataba el tiempo que llevaba sin hacer aquello, pero joder, eso solo contribuyó a excitarme hasta rozar la locura.
La boca de Sloane era el mejor lugar en el que había estado mi pene jamás.
Bajé la mirada, observando cómo sus labios enrojecidos me devoraban, cómo sus ojos castaños me miraban desde abajo llenos de deseo, y sentí que crecía y me ensanchaba aún más en su interior.
Me estaba chupando con una intensidad tan voraz que la cordura empezó a resquebrajarse.
—Levántate —le gruñí, agarrándola por los hombros para tirar de ella hacia arriba—, o voy a acabar corriéndome en tu boca ahora mismo.
La puse en pie, la agarré por la nuca y la guie fuera del vestidor hasta la inmensa cama. La empujé suavemente por los hombros y la hice tumbarse de espaldas sobre el edredón blanco. Me coloqué entre sus piernas, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza.
—Para ser la primera vez, el clásico misionero está bien —le aseguré, con la respiración rota y la voz oscura—. Pero que te quede muy claro, Sloane: en el futuro, voy a tomarte de todas las putas formas y maneras posibles.
Su respuesta fue inmediata y devastadora. En lugar de asustarse, Sloane me rodeó la cintura con sus piernas, clavando los talones en mi espalda, y arqueó la columna, ofreciéndose por completo, pidiendo silenciosamente que cumpliera mi amenaza.
Agarré un condón que había sacado de mis vaqueros, lo desenrollé sobre mi polla con rapidez y posicioné la cabeza de mi erección en su entrada empapada.
La penetré lentamente. Centímetro a centímetro.
Me negué a ir rápido. Quería sentir cómo se estiraba para acomodarme.
Clavé mis ojos en su rostro, observando cómo sus facciones se congestionaban de puro placer, cómo los labios se le abrían para dejar escapar gemidos a medida que iba hundiéndome en ella, hasta que mi cadera chocó contra la suya y estuve completamente encajado en su interior.
—Dios... Noah... —jadeó, clavando las uñas en mis hombros.
Ese sonido me espoleó. Empecé a moverme.
Retiré mi pene casi por completo y volví a hundirme hasta el fondo.
Al principio con una cadencia lenta y pesada, torturándola, para luego ir aumentando el ritmo de forma imparable.
Las estocadas se volvieron largas, profundas, brutales.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación.
Quería marcarla. El instinto primitivo de reclamarla, de grabar a fuego en cada una de sus células que ahora era mía, tomó el control de mi cerebro.
Sloane se retorcía de placer bajo mi cuerpo, llorando, gimiendo mi nombre, aferrada a mi espalda como si yo fuera su único anclaje en el universo.
—Abre los ojos —le ordené en mitad de una embestida salvaje.
Ella obedeció. Sus pupilas estaban dilatadas.
Cuando nuestras miradas conectaron, deslicé una mano hacia abajo, buscando la unión de nuestros cuerpos, y empecé a frotar su clítoris al mismo ritmo que la penetraba.
Sloane no aguantó ni diez segundos. Explotó. Un grito largo y roto abandonó su garganta, y su orgasmo estalló a mi alrededor. Las contracciones violentas de su vagina apretaron mi polla con una fuerza descomunal, exprimiéndome, arrastrándome con ella al puto abismo.
Solté un rugido sordo y me corrí con una fuerza devastadora, vaciándome por completo en el interior del látex, perdiendo la poca noción de la realidad que me quedaba.
Seguí moviéndome en su interior por inercia, con estocadas cortas y temblorosas, hasta que mi respiración volvió a mis pulmones y mi polla empezó a relajarse. Dejé caer todo mi peso sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla, y giré la cabeza.
Con los últimos retazos de mi instinto posesivo latiendo en mi sangre, abrí la boca y le di un mordisco firme en la curva del pecho, justo al lado del pezón.
Sloane gimió ante el latigazo de dolor y placer, y me apretó contra ella con todas sus fuerzas. Al separarme, vi la leve marca roja que mis dientes habían dejado en su piel inmaculada. Mi marca.
Escondí el rostro en el hueco de su cuello, respirando su olor a sudor, sexo y flores. Me permití ese momento de absoluta relajación y de paz, aún encajado en lo más profundo de su cuerpo.
El aire frío de la habitación nos golpeó en cuanto me obligué a romper la conexión de nuestros cuerpos. Me separé de ella con un esfuerzo de voluntad sobrehumano.
—Tengo que deshacerme de esto —le susurré, ronco, acariciando su mejilla enrojecida con el dorso de la mano.
Sloane emitió un murmullo indescifrable, un sonido suave y arrastrado por el cansancio. Mantuvo los ojos cerrados y me dejó ir, hundiendo el rostro en la almohada con languidez.