ONCE
Sloane
H abían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde que Noah Grant arrasó con mi autocontrol, destrozó mi ropa interior y me hizo tocar el cielo sobre la madera de mi propio escritorio.
Dos días. Cuarenta y ocho horas viviendo en un estado de efervescencia perpetua.
Durante ese tiempo, habíamos robado momentos en las grietas de nuestros turnos.
Un roce disimulado de manos al cruzarnos en la cafetería.
Una mirada ardiente a través del cristal de Urgencias.
Y, sobre todo, besos feroces y caricias urgentes a puerta cerrada en mi despacho, con el pestillo echado y la respiración contenida, como cuando trasladaron a la mujer embarazada.
No habíamos pasado de ahí, pero la realidad era innegable: me había dejado ir.
Mantener nuestra conexión en secreto me otorgaba una falsa pero necesaria sensación de control.
Sabía que hacerlo público sería catastrófico, no solo porque socavaría mi autoridad frente a la junta en un momento crítico, sino por la amenaza de Richard Hawthorne.
Pero, en el fondo de mi pecho, tener una aventura clandestina con el técnico de rescate más deslumbrante del estado era jodidamente excitante.
Jamás me había permitido sentir nada parecido.
Durante doce largos años, me había flagelado con el látigo de la responsabilidad.
Mi vida entera había sido mi hijo y la medicina.
Ascender hasta la dirección médica me había costado sangre, sudor y lágrimas, y todo lo había hecho para construir una fortaleza.
Un muro que me permitiera darle a Jonah las mejores terapias y armarme hasta los dientes por si Hawthorne decidía cumplir su amenaza.
Y ahora, el fantasma de Richard estaba a punto de materializarse.
—Directora Parker —la voz de Carol, mi secretaria, asomó por la puerta entreabierta—. Están todos. La junta la espera en la Sala A.
Asentí. Me alisé la falda de tubo negra, ajusté la solapa de mi americana y agarré mi tableta con los informes. Estaba nerviosa, con el estómago revuelto, pero decidida a defender mi territorio. No necesitábamos una unidad de élite de cirugía cardiovascular. Era un suicidio logístico y económico.
Caminé por el pasillo de dirección y empujé las pesadas puertas de roble de la sala de juntas.
Alrededor de la inmensa mesa ovalada de nogal estaban sentados los siete miembros del consejo de administración.
Escaneé la sala en un segundo, evaluando el campo de batalla.
En el ala derecha se agrupaba el bloque corporativo: cuatro hombres de mediana edad, de trajes grises y actitud depredadora, liderados por Arthur Vance, un magnate inmobiliario que trataba el hospital como si fuera una simple hoja de cálculo.
En el ala izquierda estaban mis tres únicos apoyos firmes.
Susan Carmichael, una filántropa local de setenta años con una mente brillante para las relaciones públicas; Margaret Sterling, una exjueza de distrito implacable que velaba por la ética del hospital; y, recostado en su silla con una actitud relajada, Luke Holloway.
Luke era una anomalía en aquel ecosistema.
Estaba a mediados de la treintena, y había heredado las acciones mayoritarias de sus abuelos apenas tres años atrás.
Era alto, de espalda inmensa y con una musculatura densa que parecía a punto de reventar las costuras de su traje de tres piezas hecho a medida.
Tenía el pelo castaño, ligeramente desordenado, y unos ojos de un color ámbar dorado tan excepcionales y felinos que siempre resultaban intimidantes.
Parecía un hombre acostumbrado a trabajos físicos y duros, no a las moquetas de las salas de juntas, pero había sido su voto decisivo hace dos años el que me había colocado en el sillón de la dirección.
Era justo, letalmente inteligente y mi mayor aliado.
Tomé asiento en la cabecera. La reunión comenzó con la revisión de presupuestos de rutina, pero no tardó en desviarse hacia la emboscada que Vance me tenía preparada.
—Sloane, vayamos al grano —intervino Arthur Vance, entrelazando sus dedos sobre la mesa, mirándome con una condescendencia que me revolvió el estómago—.
Hemos tomado una decisión respecto al programa de cardiocirugía.
Las proyecciones de ingresos son demasiado suculentas para dejarlas pasar.
Y para garantizar el éxito desde el primer día, hemos cerrado la contratación del doctor Richard Hawthorne.
El nombre cayó sobre la mesa como una granada de fragmentación. El aire abandonó mis pulmones.
—Hawthorne ha aceptado venir al Wildwater Regional como jefe de Formación Quirúrgica —continuó Vance, ajeno a mi parálisis—. Estará con nosotros durante seis meses. Su misión será evaluar a nuestros cirujanos, reestructurar la planta y poner en marcha la unidad.
—Arthur, este hospital no tiene el volumen de pacientes ni la infraestructura de UCI necesaria para sostener una unidad de esa envergadura —repliqué, obligando a mi voz a sonar firme —. Es una temeridad desviar recursos de nuestro programa de trauma.
—Los recursos los conseguiremos con capital privado, Sloane —zanjó Vance, con una sonrisa helada—.
De hecho, hemos planificado una serie de cenas, reuniones y eventos de recaudación de fondos durante los próximos tres meses.
La alta sociedad de la región adora a Hawthorne.
Queremos que forméis equipo. La brillante y joven directora médica y el cirujano estrella de Portland.
Asistiréis juntos a todos los eventos. Sois la imagen de esta nueva era.
Me quedé petrificada. El zumbido de la sangre me ensordeció.
Mi peor pesadilla acababa de cobrar vida.
Richard no solo había aceptado inmiscuirse en mi territorio, sino que la junta me estaba obligando a formar equipo con él.
Iba a estar en Wildwater Falls durante meses.
Iba a vigilarme, a asfixiarme, a acercarse a Jonah...
y a destrozar cualquier posibilidad de mantener mi relación secreta con Noah.
Si Richard percibía la más mínima conexión con otro hombre, el infierno se desataría sobre mi hijo.
El resto de la reunión transcurrió en una bruma de pánico. Asentí mecánicamente, anoté fechas y me defendí con argumentos que cayeron en saco roto.
Cuando por fin se levantó la sesión, estaba drenada de energía.
Sentía los huesos pesados como el plomo.
El bloque de Vance abandonó la sala entre murmullos de satisfacción.
Margaret y Susan se acercaron a mí, posando una mano reconfortante en mi hombro antes de marcharse, prometiéndome revisar los contratos para buscar fisuras legales.
El último en quedarse fue Luke Holloway.
Se levantó despacio, abotonándose la chaqueta del traje con unas manos grandes, de nudillos callosos que desentonaban por completo con la seda de su corbata. Se apoyó contra el borde de la mesa de nogal, clavando sus impresionantes ojos ambarinos en mí.
—Respira, Parker. Aún no hemos perdido esta guerra —dijo Luke, con una voz profunda y rasposa que transmitía una calma inquebrantable.
Levanté la vista hacia él, frotándome las sienes.
—Me han acorralado, Luke. Quieren obligarme a ser la marioneta de Hawthorne en una gira de recaudación de fondos para una unidad que nos llevará a la bancarrota en dos años.
Luke apretó la mandíbula, y un destello de pura dureza cruzó su mirada.
—Presionaré al resto. Voy a hacer que desistan de esta estúpida idea —me aseguró, cruzándose de brazos—.
He tirado de un par de hilos esta mañana.
Vance y Hawthorne son amigos íntimos desde hace más de una década.
Juegan al golf juntos en Portland. No les importa el hospital, solo los márgenes de beneficio.
Ignoran por completo que un hospital regional en la montaña jamás generará los ingresos que proyectan en sus putos gráficos.
Cerré los ojos, sintiendo un alivio mínimo al saber que no estaba sola en aquella locura.
—Gracias, Luke —murmuré, recomponiendo mi postura—.
Nuestro plan para consolidar el Wildwater Regional como un centro de referencia en trauma y cirugía ortopédica severa está a punto de culminarse.
Desviar la atención y el presupuesto ahora solo va a perjudicar al equipo de urgencias y a los pacientes que realmente nos necesitan.
—Lo sé. Y no voy a permitir que Vance destroce el hospital por un favor entre amigotes —sentenció Luke. Se separó de la mesa y se ajustó los puños de la camisa—. Estaremos en contacto, Sloane. Haré todo lo necesario para arreglar este desastre. Tú céntrate en mantener el fuerte.
—Lo haré.
Me dedicó un asentimiento seco, cargado de respeto profesional, y salió de la sala con pasos largos y pesados.
El sonido de la puerta al cerrarse me dejó completamente sola en la inmensidad de la sala de juntas. Me quedé sentada en la cabecera, rodeada de sillas vacías, abrumada por la monstruosidad de la situación que se me venía encima.
Me levanté y me acerqué a los inmensos ventanales que daban al bosque de coníferas, con los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, mirando hacia el horizonte recortado por las montañas de Wildwater Falls.
La mera idea de tener a Richard Hawthorne respirando el mismo aire que yo me revolvía el estómago.
Sabía, con una certeza aterradora, que su presencia en el pueblo iba a tensar hasta el límite de rotura todas las relaciones de mi vida.
Iba a inmiscuirse. Iba a buscar mis puntos débiles.
Tenía que protegerme, y, sobre todo, tenía que proteger a Jonah con uñas y dientes, porque Richard siempre, invariablemente, encontraba la maldita forma de meterse bajo mi piel y envenenarlo todo.
Cerré los ojos, apoyando la frente contra el cristal frío del ventanal. Y el fantasma de la chica que fui se materializó a mi lado, arrastrándome a un pasado que llevaba más de una década intentando sepultar.
Hace 12 años