ONCE #2
El aire olía a nieve, a ese ambiente previo a una nevada que lo cubriría todo de blanco. Tenía veinte años. Era una estudiante brillante a mitad de su carrera de Dirección de Empresas y Economía, llena de una ambición ingenua y luminosa. Quería comerme el mundo y creía tenerlo a mis pies.
Había decidido hacer mis prácticas universitarias en el Wildwater Regional, y fue allí donde me asignaron como tutor al cirujano cardiovascular estrella: Richard Hawthorne.
Cuarenta y dos años. Alto, de una elegancia clásica y abrumadora, con un carisma magnético que parecía detener el tiempo cada vez que entraba en una habitación.
Y aquella noche, todo ese magnetismo estaba enfocado exclusivamente en mí.
Estábamos sentados en una mesa apartada de L'Aura, el restaurante más exclusivo y caro a las afueras del pueblo.
Me había pasado horas preparándome, enfundada en un vestido de cóctel oscuro, ceñido y sofisticado, intentando desesperadamente borrar la brecha de veintidós años que nos separaba.
Quería que me viera como a una mujer, no como a una estudiante.
Estaba profunda, secreta y patéticamente enamorada de él.
Richard levantó la pesada botella de vino tinto francés y llenó mi copa de cristal hasta la mitad.
—Tengo veinte años, Richard —murmuré, sintiendo un calor delicioso en las mejillas bajo la luz de las velas—. Técnicamente, si el camarero nos ve, podrías meterte en un buen lío.
Él dejó la botella a un lado y me dedicó esa sonrisa lenta y devastadora que me derretía las rodillas.
—Tú no eres una niña de veinte años, Sloane.
Lo supe desde el primer día que pisaste mi despacho —dijo, apoyando los antebrazos en la mesa, acortando la distancia entre nosotros—.
Tienes la mente, la visión y la determinación de una mujer que sabe exactamente lo que quiere.
Y las mujeres así no se rigen por normas absurdas.
Alcé mi copa, sintiendo la efervescencia de la rebeldía. Me sentía como una adulta sofisticada y seductora.
—Aun así, es un riesgo invitar a cenar a tu becaria de prácticas.
—No eres mi becaria. Eres el futuro —me corrigió, bajando la voz a un susurro íntimo que me erizó el vello de la nuca—.
He visto a residentes y directivos pasar por ese hospital, pero ninguno tiene tu brillantez.
Te ahogas en este pueblo, Sloane. Portland, mi equipo directivo... necesitarían a alguien con tu talento.
El corazón me dio un vuelco. ¿Me estaba pidiendo que me fuera con él? ¿Me estaba ofreciendo un futuro a su lado?
Richard extendió su mano sobre el mantel blanco.
Era una mano grande, de dedos largos, con las uñas perfectamente recortadas, eran manos de cirujano.
Cubrió mis dedos temblorosos con los suyos.
El contacto físico fue como una descarga eléctrica.
Acarició mis nudillos con el pulgar, mirándome con una intensidad que me robó el aire.
—Eres preciosa, Sloane —murmuró, sus ojos oscuros recorriendo mi cuello y el escote del vestido con un hambre evidente—. Y tienes una mente absolutamente fascinante. Es una combinación letal. Me tienes cautivado.
Me quedé sin palabras. Estaba siendo deseada, validada e idolatrada por un hombre que me superaba en experiencia, poder y estatus.
Mientras él seguía acariciando mi mano y prometiéndome un mundo lleno de posibilidades infinitas a su lado, yo solo podía pensar en que era la chica más afortunada del universo por haber sido la elegida.
Abrí los ojos de golpe, separando la frente del ventanal de la sala de juntas. El reflejo de la mujer de treinta y dos años que me devolvía el cristal estaba pálido y tenso.
Un escalofrío de repulsión me recorrió la columna vertebral.
Se me revolvió el estómago al recordar el diálogo, las caricias y a la estúpida niña sonrojada que había sido.
Me sentía como una completa idiota por haberme dejado seducir con tanta facilidad, por haber confundido manipulación con amor verdadero.
La cruda, humillante y asfixiante realidad era que no vi absolutamente ninguna de las señales de alarma. Estaba tan cegada por el inmenso ego de haber sido "la elegida" por el cirujano estrella, que ignoré las banderas rojas del tamaño de un estadio.
No vi que la mitad de las jóvenes enfermeras y asistentas del hospital ya habían pasado por su cama. No vi su patrón, repetitivo y enfermizo: Richard siempre, sin excepción, fijaba su objetivo en chicas menores de veinticinco años, subordinadas, impresionables y vulnerables a su inmenso poder.
Y lo más doloroso de todo fue que mi arrogancia no me permitió interpretar las miradas.
Recordé las caras de las otras mujeres en los pasillos de aquel entonces.
Las miradas furtivas, tensas y silenciosas que me dedicaban cuando Richard me ponía una mano en la parte baja de la espalda o me guiñaba un ojo.
Durante meses, creí que me miraban con envidia.
Creí que celaban mi posición porque deseaban ser yo.
Qué jodidamente equivocada estaba.
No era envidia. Era reconocimiento. Ellas ya conocían el guion.
Ya habían sido elogiadas, invitadas a cenar, emborrachadas con vino caro, llevadas a la cama y descartadas a la mañana siguiente con la frialdad de quien tira un pañuelo de papel.
Me miraban como se mira a un cordero caminando directo y feliz hacia el matadero.
Sabían que yo sería la siguiente en engrosar la lista de objetos desechables y usados sin valor.
La humillación seguía ardiendo doce años después, pero esta vez el fuego no me iba a consumir. Me iba a blindar.
No iba a permitir que Richard Hawthorne volviera a jugar conmigo. Y, por encima de mi cadáver, dejaría que su sombra se acercara a Jonah o destrozara la única luz real y auténtica que había encontrado en los brazos de Noah Grant.
✽✽✽
El trayecto en coche desde el hospital hasta mi cabaña transcurrió en una bruma de agotamiento absoluto.
Era jueves por la noche. Sabía que, como cada jueves, mis padres habían recogido a Jonah para llevarlo a cenar a su casa, ver una película y dejar que se quedara a dormir allí.
La cabaña, inmersa en la oscuridad de la montaña, iba a estar completamente vacía para mí.
Mientras mis manos aferraban el volante, la tentación de coger el móvil y llamar a Noah palpitaba en mi cerebro con insistencia.
Quería escuchar su voz. Necesitaba que su risa grave ahuyentara el pánico.
Pero algo me impedía hacer esa llamada. No quería parecer desesperada.
Me aterraba convertirme en el cliché patético de la mujer madura y pegajosa, que suplica la atención de su amante joven, espectacular y lleno de vitalidad.
Aun así, mientras la carretera serpenteaba rodeada de pinos negros, tuve que admitirme a mí misma que habría dado lo que fuera por ver aparecer su sonrisa deslumbrante y me hiciera olvidar el asco de día que había tenido, preferiblemente bloqueando mis pensamientos con su boca y sus manos.
Los neumáticos crujieron al abandonar el asfalto y entrar en el camino de grava de mi propiedad.
Los faros del coche barrieron la oscuridad y, de repente, el corazón me dio un salto tan violento en el pecho que me cortó la respiración.
Allí estaba.