Pulse (Wildwater Falls 4) DIEZ #3
29%

DIEZ #3

Sloane venía caminando a paso rápido por el extremo del pasillo, flanqueada por la supervisora de enfermería.

Llevaba su impecable traje de chaqueta gris y el rostro tensado por la urgencia ejecutiva; la habían informado de la paciente crítica y de la movilización masiva de recursos.

Al cruzarse con el equipo, su mirada barrió la zona y me encontró.

Estaba desbordado por la adrenalina, por el miedo a que el bebé no lo lograra, por el frío y el agotamiento, y lo único que deseaba en ese puto instante era cruzar el linóleo, agarrarla por la cintura, hundir el rostro en su cuello y abrazarla. Necesitaba besarla para centrarme. Para sentirme vivo.

Pero no me moví.

A escasos dos metros de mí, Ian había rodeado a Savannah con sus brazos, escondiendo el rostro en el pelo de ella para tomar un descanso de cinco minutos, robándole un beso desesperado a la vista de todo el mundo.

Caleb nos dio una palmada en el hombro y anunció que regresaba al helipuerto para revisar los sistemas de comunicación del Alfa Uno.

Yo me quedé allí de pie, con las manos manchadas de sangre seca, atado de pies y manos por nuestras propias reglas. El secreto me aplastó los pulmones. No sabía qué hacer, adónde mirar ni cómo procesar el nudo que me asfixiaba la garganta.

Vi cómo Sloane vacilaba. Sus ojos castaños escanearon mi postura rígida, mis hombros caídos y el rictus de mi mandíbula. Había algo en su mirada que se ablandó por completo.

Se despidió de la supervisora de enfermería con una indicación rápida y caminó hacia mí. Mantuvo una postura profesional impecable.

—Grant —me llamó, con un tono neutro que ocultaba cualquier atisbo de familiaridad —. ¿Podrías acompañarme un momento a mi despacho? Necesito que me detalles las coordenadas del accidente para el informe del seguro.

Parpadeé, confundido. El tono era tan aséptico que, por un segundo, mi cerebro frito por la adrenalina pensó que realmente me iba a echar la bronca por algún protocolo administrativo que me había saltado durante el caos de la extracción.

—Claro, directora Parker.

La seguí en silencio hasta la zona de dirección, arrastrando las botas por el pasillo. Mi cabeza era un torbellino de imágenes de hierros retorcidos y latidos fetales débiles.

Entramos en su despacho. Me quedé a medio metro de la puerta, esperando a que ella tomara asiento detrás de su escritorio de caoba.

Pero Sloane no fue hacia el escritorio.

Se giró sobre sus talones. El clic metálico del pestillo al cerrarse resonó como un disparo en el silencio de la habitación.

Antes de que mi cerebro pudiera procesar lo que estaba pasando, Sloane acortó la distancia entre nosotros con una determinación salvaje.

Me empujó suavemente por los hombros hasta arrinconarme contra la madera de la puerta, deslizó ambas manos por mi cuello hasta hundir los dedos en mi nuca, se puso de puntillas y me besó.

El asombro me paralizó durante un milisegundo. No me esperaba esa reacción. No me esperaba que ella fuera la que rompiera la distancia para consolarme.

Gemí contra su boca, cediendo por completo a su consuelo.

Dejé caer las manos a su cintura, atrayéndola contra mi cuerpo hasta que no quedó un milímetro de espacio libre.

El instinto tomó las riendas. Invertí la dinámica y abrí mis labios, saqueando su boca con la lengua, mordisqueando su labio inferior con un hambre posesiva y bebiéndome el aire de sus pulmones para reponer el mío.

Me aferré a ella como un náufrago a una tabla en mitad de la tormenta.

Sloane se apartó apenas unos centímetros, jadeando, con las mejillas sonrojadas y las manos todavía enredadas en mi pelo.

—¿Estás bien? —me preguntó en un susurro, clavando sus ojos preocupados en los míos—. He seguido las comunicaciones por radio desde el control. Sé que ha sido un rescate espantoso, Noah. Sé lo que te dijo esa chica.

Tragué saliva, apoyando la frente contra la suya y cerrando los ojos un momento, sintiendo su perfume floral pegándose a mis sentidos.

—Ahora estoy muchísimo mejor, bombón —le confesé, con la voz ronca—.

Ha sido jodido. Estaba crítica. Ver a una madre suplicando por la vida de su bebé mientras el coche amenaza con arder no es algo que se olvide fácilmente.

Si no fuera por la velocidad de Ian y la precisión de Caleb al cortar el chasis, esa mujer no habría salido de allí con vida.

Sloane acarició mi mandíbula áspera con los pulgares, obligándome a abrir los ojos para mirarla.

—No te quites méritos, Noah. Tú también has contribuido a salvarla —me recordó con firmeza —.

Si tú no la hubieras estabilizado allí dentro, si no hubieras detectado el sangrado interno y coordinado la evaluación en vuelo con tanta precisión, te aseguro que el equipo de trauma de Hannah no habría estado preparado para intervenir a la velocidad que lo han hecho hoy. Eres brillante en lo que haces.

El respeto profesional que destilaba su mirada me hinchó el pecho. Exhalé un suspiro largo y tembloroso, sintiendo cómo el nudo de ansiedad por fin se deshacía.

—Sigue siendo duro —murmuré, acariciando la curva de su cadera a través de la falda del traje—. Creo que voy a necesitar otro beso para que acabe de pasárseme el disgusto del todo.

Sloane esbozó una sonrisa radiante y cargada de afecto.

—Si es por eso, no puedo negarme.

Se alzó de nuevo sobre las puntas de los pies, enredó los dedos en la solapa de mi mono de vuelo y estrelló su boca contra la mía. Y esta vez me besó con fuerza, con una intensidad arrolladora, dándomelo absolutamente todo y entregándome el alma entera contra la puerta de su despacho.