Pulse (Wildwater Falls 4) DIEZ #2
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DIEZ #2

Clover dio un respingo, sacudiendo la cabeza para salir de su trance. Al verme, intentó recomponer sus facciones a una velocidad vertiginosa, agachándose torpemente para recoger los bolígrafos.

—Noah. Yo... nada. Se me ha resbalado. Estoy bien. Solo es... un poco de estrés acumulado —balbuceó, esquivando mi mirada.

Me arrodillé frente a ella, deteniendo su mano, y recogí la grapadora del suelo. Me incorporé, dejé el objeto sobre la mesa y me apoyé en el borde del escritorio, cruzando los brazos. La miré fijamente, ofreciéndole toda mi atención.

—Clover, mírame —le pedí —. Tienes la presión arterial por las nubes y acabas de intentar asesinar a la pared de la sala de control. No me vendas la moto del "estoy bien". Si te desahogas y lo escupes, te prometo que lo verás todo más claro. ¿Qué te pasa?

Clover soltó un bufido tembloroso. Se dejó caer pesadamente en la silla giratoria, cubriéndose la cara con las manos.

—Es Patrick. El imbécil, arrogante y absoluto capullo de Patrick O’Malley. Me saca tanto de quicio que me hierve la sangre, Noah. No lo soporto. Respira y me cabrea. Pestañea y me cabrea. ¡Existe y me cabrea!

Alcé una ceja, procesando el torrente de bilis.

—Frena un segundo, chica. Dame un poco más de contexto, porque me he perdido en el primer insulto. ¿Qué ha hecho Patrick ahora?

Clover apartó las manos de su rostro y me miró con una desesperación cómica.

—¡Se ha instalado en mi maldito piso, Noah!

Parpadeé, sorprendido.

—¿En tu piso? ¿El que compartes con mi hermana?

—¡Ese mismo! —exclamó, alzando los brazos al cielo—.

Ya sabes que Sarah, nuestra tercera compañera, nos dejó colgadas con su parte del alquiler el mes pasado y se marchó sin avisar.

Estábamos buscando a alguien para no ahogarnos con los gastos, y a la brillante, asocial y pragmática de Violet no se le ocurrió mejor idea que ofrecerle la habitación libre a Patrick sin consultármelo primero.

Y ahora lo tengo hasta en la sopa. Me cruzo con él en el pasillo, en la cocina...

Es insufrible. No para de pincharme y de provocarme para que salte.

—Un momento —la interrumpí, intentando hilar la información logística—. Según me comentó Hannah el otro día, Patrick estaba terminando su formación como bombero en Portland. ¿Qué hace viviendo de alquiler en Wildwater Falls? En la cabaña de Hannah y Caleb hay sitio de sobra.

Clover soltó una risa amarga y carente de humor.

—Ay, amigo. Parece ser que a su majestad el brasas lo han aceptado en la Academia de Especialización en Rescates de Alto Riesgo de la base. Es un programa intensivo de seis meses. Y como en la cabaña de Caleb ahora también está Mac, necesitaba un lugar propio. Y le ha tocado mi piso. Mi santuario.

Asentí, asimilando la jugada.

—A ver, Clover... Corrígeme si me equivoco, pero yo recuerdo perfectamente que cuando éramos unos críos, Patrick y tú erais uña y carne. Erais los mejores amigos. ¿De dónde sale esta animadversión tan nuclear?

La furia en los ojos de Clover se apagó durante un microsegundo, sustituida por una sombra de tristeza vieja y enquistada que me encogió el corazón. Bajó la vista hacia el teclado de la consola de radio.

—Nuestra amistad se fue a la maldita porra hace años —murmuró, con la voz apagada—.

Todo saltó por los aires cuando mi madre inició aquella campaña de odio y culpabilidad hacia los O'Malley tras el accidente del autobús.

La presión fue insoportable. Patrick y yo tuvimos una bronca monumental.

Nos dijimos cosas imperdonables y.… y todo se destruyó.

No ha quedado nada de aquellos niños, Noah.

Y luego años más tarde… cuando estuve en Portland en la academia… Da igual.

Observé a la chica que tenía delante. Sumé dos más dos.

—Clover, escúchame bien —le dije, inclinándome hacia ella —.

Por lo que he visto, y por lo poco que conozco a Patrick como adulto, no te está provocando porque te odie.

Te está pinchando para verte saltar. Busca una reacción tuya, cualquier reacción, porque es la única forma de conexión que le has dejado.

Ella frunció el ceño, a la defensiva.

—Estás loco. Me molesta porque es un sádico. Él no quiere ningún tipo de conexión conmigo. Créeme, eso es de lo poco que tengo clarísimo.

—No. Te molesta porque no sabe cómo acercarse a ti de nuevo —la corregí con suavidad—.

No tiene ni idea de cómo retomar vuestra amistad, así que usa el sarcasmo y los piques como puente.

Pero si tú te dejas picar, si entras al trapo y cedes a todas sus provocaciones perdiendo los estribos, solo estás alimentando a la bestia.

Y al final, quizá os digáis cosas que os alejen aún más. Hasta que sea tarde para salvar nada.

Clover resopló, cruzándose de brazos, aunque la tensión de sus hombros había disminuido considerablemente.

—Patrick es un imbécil integral y un irresponsable. No creo que haya ninguna técnica psicológica que pueda remediarlo, Noah. Pero... —suspiró de nuevo, esbozando una media sonrisa cansada—, gracias. Gracias por escucharme y por no juzgar que haya intentado asesinar la pared.

Le devolví una sonrisa amplia y me puse en pie, preparándome para abandonar la sala.

—Para eso estamos, chica. Y oye —añadió, deteniéndome en la puerta para lanzarle una última mirada cómplice—, si la indiferencia no funciona y Patrick te lo sigue poniendo demasiado difícil, dímelo.

Conozco un par de trucos químicos para aplicar en la lavandería que harán que sus calzoncillos le piquen como si llevara un nido de ortigas salvajes dentro.

Clover soltó una carcajada auténtica y cristalina, la primera de la mañana.

Le guiñé un ojo a modo de despedida y salí de la sala de control, cerrando la puerta tras de mí.

Con el ambiente despejado, me dirigí hacia el hangar del Alfa Uno para iniciar mi rutina de revisión de stock médico, con la imagen de una ejecutiva de ojos castaños volviendo a monopolizar cada uno de mis pensamientos.

✽✽✽

El estruendo ensordecedor de los rotores del Alfa Uno ahogaba cualquier otro sonido mientras aterrizábamos con dureza sobre el asfalto pintado del helipuerto del Wildwater Regional.

El viento helado nos azotó la cara en cuanto Ian deslizó la puerta lateral, pero la adrenalina me anestesiaba contra el clima.

Agarré la cabecera de la camilla. Tenía los guantes de nitrilo manchados de sangre y el pulso latiéndome en la garganta a mil por hora.

—¡A la de tres! ¡Uno, dos, tres! —grité por encima del ruido del motor.

Ian y yo bajamos la camilla, encajando las ruedas en el suelo con un golpe seco, y echamos a correr hacia las puertas dobles de acceso, donde todo el equipo de trauma nos esperaba en formación de batalla.

Hannah O'Malley dio un paso al frente, con la mirada afilada como un bisturí y la libreta de triaje en la mano.

—¡Parte inicial, Grant! ¡Rápido! —exigió, mientras nos movíamos en bloque hacia el interior del hospital.

—Mujer, veintiséis años, gestante de aproximadamente veintinueve semanas —recité a toda velocidad, sin perder el paso ni apartar la vista del rostro pálido y sudoroso de la paciente—.

Traumatismo cerrado por colisión frontal a alta velocidad en la interestatal.

Está hipotensa, ochenta barra cincuenta, taquicárdica.

Hemos estabilizado las cervicales, pero presenta una deformidad evidente en la cadera derecha.

Sospecho fractura de anillo pélvico. Hay sangrado vaginal activo, posible desprendimiento prematuro de placenta.

Y lo peor de todo, Hannah... la frecuencia cardíaca fetal estaba cayendo en picado durante el vuelo.

Logan Pierce ya estaba al otro lado de la camilla, palpando con una suavidad engañosa y una precisión letal la cadera de la chica.

—Inestabilidad pélvica confirmada —sentenció Logan, sin inmutarse ante el caos—.

Necesito un estabilizador tipo faja de inmediato.

Si entra a quirófano para una cesárea emergente por el sufrimiento fetal, yo fijo la pelvis simultáneamente.

No podemos arriesgarnos a que se desangre por el retroperitoneo.

—¡Quirófano uno, preparado para cesárea de urgencia clase A! —ladró Hannah, asumiendo el mando absoluto de la situación—. Activad el protocolo de transfusión masiva, paquete cero negativo. Avisad a ginecología, pediatría y la UCI neonatal, que preparen la incubadora de críticos.

Acompañé la camilla a la carrera hasta las puertas de los boxes críticos, empujando con todas mis fuerzas.

La tensión era asfixiante. El rescate me había dejado una cicatriz emocional ardiente en el pecho.

La mujer había estado consciente y atrapada entre los amasijos de metal durante los primeros quince minutos de la extracción.

No había llorado por sus propias heridas.

Me había agarrado del mono de vuelo con unos dedos ensangrentados y aterrorizados, suplicándome a mí y a Ian, una y otra vez, que salváramos a su bebé.

Savannah apareció corriendo por el pasillo central de Urgencias, esquivando a un par de celadores.

—¡Hannah! —anunció, jadeando ligeramente—. La patrulla de carreteras ha localizado al novio de la paciente, el padre del bebé. Venía en otro coche un par de kilómetros por detrás. Está en camino, llegará en diez minutos.

Hannah asintió con un gesto seco, asimilando la noticia, y se preparó para cruzar las puertas hacia los quirófanos.

Me detuve antes de la línea roja, incapaz de avanzar más. Agarré a Hannah del brazo, deteniéndola un microsegundo.

—Sálvalos, Hannah —le supliqué, con la voz ronca —. A los dos.

Hannah me sostuvo la mirada con una intensidad feroz.

—Te juro que lo haré, Noah —sentenció. Y Hannah O'Malley jamás, bajo ningún concepto, hacía una promesa médica en vano.

Las puertas batientes se cerraron tras el equipo, dejándonos a Ian, Caleb y a mí en el pasillo de Urgencias, rodeados por el silencio repentino que sigue a un huracán.

Fue entonces cuando la vi.