Pulse (Wildwater Falls 4) DIEZ
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DIEZ

Noah

H abía estado flotando en una nube de pura efervescencia y adrenalina desde que cerré la puerta de aquel despacho.

El turno de tarde en el Alfa Uno había sido exigente, con vientos racheados y frío extremo, pero mi mente seguía en el calor de la piel de Sloane, en el sabor de su boca y en la forma en que se había desmoronado bajo mis manos.

Quería ir a verla. Quería presentarme en su cabaña y comprobar con mis propios ojos que no se había arrepentido, pero las horas se habían esfumado y la medianoche estaba al caer.

Aparqué el todoterreno frente a mi edificio, en pleno centro de Wildwater Falls.

Vivía en un apartamento funcional y amplio, a escasos doscientos metros de la casa victoriana de una sola planta de mi abuela Gladys.

Y, como cada noche tras un turno, antes de subir a mi piso, caminé por la acera congelada y abrí su puerta con mi propia llave.

El olor a infusión de rooibos y a galletas de jengibre me recibió en el pasillo.

—¡Si vienes a sermonearme sobre mis horas de sueño, puedes darte media vuelta, mocoso! —gritó la voz de mi abuela desde el salón.

Entré con una sonrisa dibujándose en mi rostro.

Gladys Grant estaba repantingada en su sillón orejero, envuelta en una manta de colores estridentes, leyendo las noticias en una tableta de última generación con sus gafas de pasta roja en la punta de la nariz.

A sus setenta y ocho años, tenía el espíritu de una activista universitaria y una lengua más afilada que un bisturí, pero su corazón estaba fallando.

La insuficiencia cardíaca era una bomba de relojería que Violet y yo vigilábamos con un celo absoluto.

—Buenas noches a ti también, Gladys —la saludé, acercándome para darle un beso sonoro en la coronilla canosa. Me incliné sobre la mesita auxiliar, abriendo su pastillero organizador—. ¿Te has tomado el diurético?

—Hace dos horas. Y también he firmado una petición online para que el ayuntamiento deje de usar sal en las carreteras y se pase a alternativas ecológicas.

El mundo se va al garete, Noah —refunfuñó ella, bajando la tablet para mirarme por encima de las gafas.

Sus ojos oscuros, idénticos a los míos, me escrutaron de arriba abajo—.

Aunque parece que a ti te va de maravilla.

Tienes cara de haber ganado la maldita lotería.

Solté una carcajada baja, negando con la cabeza. A esa mujer no se le escapaba absolutamente nada.

—Ha sido un buen día, abuela. Descansa, ¿vale?

—Vete a dormir, anda. Y deja de mirarme con esa cara de embobado, que me pones nerviosa.

Me despedí de ella con otro beso y salí al frío nocturno para cruzar hasta mi edificio.

Subí los dos tramos de escaleras de tres en tres.

Al entrar en mi apartamento, tiré las llaves sobre la encimera de la cocina, me despojé del resto del uniforme en el pasillo y me metí directo bajo la ducha.

El agua hirviendo me destensó los músculos del cuello.

Me sequé rápidamente, me puse unos pantalones de chándal grises, sin camiseta, y me dejé caer de espaldas en el sofá del salón.

Agarré el móvil. La pantalla iluminó la oscuridad de la estancia. No sabía muy bien si me respondería, pero no iba a dejarla escapar.

Abrí su chat y tecleé con rapidez:

Noah: Hola, bombón. ¿Te limpiaste después de que me fuera del despacho, o has sido una buena chica y me has hecho caso?

Le di a enviar. Me quedé mirando la pantalla. Las dos marcas grises se volvieron azules casi al instante. Lo había leído. Contuve la respiración, esperando ver el indicador de "escribiendo...", pero los minutos pasaron lentos. Nada. Ni una palabra.

Una risa ronca vibró en mi pecho. Conocía su terquedad. Podía imaginarla perfectamente al otro lado de la pantalla, en su cama, mordiéndose el labio inferior, sonrojada hasta las orejas y debatiéndose entre mandarme a la mierda o confesar la verdad.

No iba a darle margen. Sabía que, si le dejaba espacio, Sloane era perfectamente capaz de encerrarse en sí misma, sobrepensar la situación hasta asfixiarse y reconstruir la coraza de hielo.

Pulsé el botón de llamada.

Me llevé el teléfono a la oreja. Un tono. Dos tonos. Tres tonos.

—¿Sí? —Su voz sonó bajita, ligeramente ronca.

—Buenas noches, bombón —la saludé de nuevo, arrastrando las sílabas, sonriendo abiertamente hacia el techo oscuro de mi salón.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Solo escuchaba su respiración superficial.

—¿Cómo estás? —pregunté, suavizando el tono.

Escuché cómo soltaba un suspiro tembloroso antes de que su resistencia terminara de ceder.

—Bien —murmuró Sloane, rindiéndose—. Muy bien, Noah.

Cerré los ojos, asimilando la confesión.

—Escúchame, Sloane —dije, incorporándome en el sofá, apoyando los codos en las rodillas—.

Necesito que tengamos esto claro. Lo que hay entre nosotros no es un maldito error.

No es algo que podamos barrer bajo la alfombra o desechar.

Es intenso. Y no va a desaparecer por mucho que intentes ignorarlo.

—Lo sé —aceptó ella, con una rapidez que me sorprendió—. Lo sé, Noah. Tienes razón.

Parpadeé en la oscuridad. Había preparado todo un arsenal de argumentos para derribar sus barreras esta noche, pero ella acababa de abrirme las puertas de la fortaleza.

—Pero si vamos a hacer esto... si vamos a dejar que esto pase, necesito que cumplas unas condiciones —dictaminó Sloane. No iba a ser tan fácil al parecer.

—Dispara. Te escucho.

—Nadie puede enterarse de lo que pase entre nosotros. Absolutamente nadie, Noah. Y muchísimo menos en el trabajo —exigió. Había un leve rastro de pánico en su voz. O quizá estaba imaginando cosas.

Fruncí el ceño.

—Sloane, casi toda nuestra familia y nuestros amigos están en el trabajo. Caleb, Ian, Hannah, Logan, Georgia y Savannah... Son nuestro círculo.

—Me da igual —me cortó, tajante—. Si vamos a seguir adelante, nadie, sin excepción, puede saberlo. Es imperativo, Noah. Soy la directora médica. Las implicaciones... no puedo permitirme ese riesgo.

Entendía la presión que soportaba sobre sus hombros. Yo era un peón en la base; ella era la jefa y mucha gente dependía de ella. Si el secreto le daba la tranquilidad necesaria para entregarse a mí, yo lo protegería con mi vida.

—De acuerdo. Secreto absoluto. Tienes mi palabra. ¿Qué más?

—Deberíamos dejar a Jonah al margen de todo esto.

Esa condición me dolió.

—¿A Jonah? Sloane, no lo entiendo. Sabes perfectamente que el crío estaría dando saltos de alegría si supiera que estamos juntos. Él es el primero que...

—No, Noah. Escúchame —su voz se quebró ligeramente —.

No voy a darle falsas esperanzas a mi hijo.

No voy a permitir que se ilusione o se haga ideas que no son.

No me arriesgaré a romperle el corazón. Mi deber es protegerlo.

De mí, de ti y de esto. Sea lo que sea. Ninguno de los dos estamos hablando de una relación.

Me quedé mudo. Por un lado, comprendía la lógica de su argumento y aunque dudé, sintiendo que me alejaba del chaval que tanto me importaba, finalmente cedí.

Lo último que quería en esta vida era perjudicar a Jonah Parker.

Lo que me descolocó y de alguna forma me decepcionó fue la idea de que “esto” no era serio, no era una relación y desde luego no era a largo plazo. Al menos para Sloane.

—Vale. Dejaremos a Jonah al margen —confirmé, con la voz ronca—. Será solo nuestro. ¿Tienes alguna norma más? ¿Alguna otra condición en la letra pequeña del contrato?

—No. Esa es la última.

—Así que, a partir de este momento, y bajo tus estrictas normativas... podemos considerarnos amantes. Tenemos una aventura secreta.

Sloane bufó al otro lado de la línea, una mezcla de exasperación y rubor evidente.

—Por favor. No lo llames así. Suena a película barata de sobremesa.

Borré la sonrisa de mi rostro. La broma desapareció, necesitaba que entendiera que esto no era un juego para mí.

—Sloane —seguro que podía notar la seriedad en mi voz—. Quiero que me escuches bien. Pase lo que pase entre nosotros, termine como termine, jamás haré nada que te perjudique a ti o a tu hijo. Jamás. Te doy mi palabra de honor.

El silencio que siguió a mis palabras fue grueso.

—Gracias, Noah —susurró por fin. La gratitud en su voz era tan desnuda que me encogió el corazón—. Buenas noches.

—Buenas noches, bombón. Y que sepas que me debes una respuesta a mi mensaje.

Colgué antes de que pudiera replicar, tiré el móvil sobre la mesa de centro y cerré los ojos. ¿Por qué me sentía como si en realidad hubiera perdido una discusión importante?

✽✽✽

El aire matutino en la base de rescate aéreo de Wildwater Falls olía a queroseno, a pino húmedo y a café recién hecho.

Atravesé el hangar principal con los pulgares enganchados en los bolsillos del pantalón, saludando a los técnicos de mantenimiento y a los pilotos del turno de mañana.

Me sentía relajado, ligero y con una efervescencia en la sangre que me hacía imposible borrar la sonrisa de mi cara.

Empujé la puerta de cristal de la sala de control de radio, dispuesto a saludar a Clover antes de iniciar mi turno.

El estrépito metálico me sacó de mi nube de golpe.

Me quedé paralizado en el umbral. Una grapadora de acero negro acababa de rebotar contra la pared de pladur, seguida inmediatamente por un vaso de plástico lleno de bolígrafos que estalló en una lluvia de proyectiles por todo el suelo de microcemento.

Clover estaba de pie tras su consola, con las manos apoyadas en el escritorio y los nudillos blancos. Respiraba por la boca, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, en pleno ataque de ira. Tenía el rostro encendido y los ojos fijos en la pared abollada.

Jamás la había visto así. La mejor amiga de Violet siempre había sido un torbellino de energía y bromas, nunca de violencia descontrolada.

Cerré la puerta a mi espalda con un clic silencioso y me acerqué despacio.

—Ey —la llamé en voz baja, con un tono neutro y calmado—. ¿El pladur te ha insultado o simplemente estás rediseñando la acústica de la sala?