Pulse (Wildwater Falls 4) NUEVE #3
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NUEVE #3

Pero entonces, el zumbido del aire acondicionado se encendió de fondo. El contraste del aire frío contra mi piel desnuda hizo que la bruma del placer se disipara de golpe.

El escritorio. El vestido subido. Las bragas destrozadas en el suelo.

La realidad cayó sobre mí como un bloque de hielo. Richard Hawthorne. La junta directiva. La custodia de Jonah. Un terror absoluto me paralizó el corazón.

Dios mío. Nada de esto debería haber pasado.

—Noah... —susurré, con la voz todavía temblorosa, aferrándome al borde del escritorio para no desmoronarme—. Esto... esto no puede volver a pasar. No podemos.

En el mismo instante en que la frase abandonó mis labios, vi un destello de dolor cruzar sus ojos color chocolate. La idea de ser yo quien borrara la luz de su mirada me resultó insoportable.

Sin darle tiempo a retroceder más, alargué las manos, agarré las solapas de su camisa térmica y tiré de él hacia mí con una fuerza desesperada.

Lo besé. Estrellé mi boca contra la suya con una urgencia que no dejaba lugar a dudas.

Noah respondió al instante, soltando un gruñido ahogado, rodeándome la cintura para devorarme los labios una vez más.

En ese beso caótico, a ambos nos quedó meridianamente claro que estaba mintiendo.

Volvería a pasar. Era inexorable. No podíamos detenernos ni mantenernos alejados el uno del otro por mucho que el mundo exterior amenazara con aplastarnos.

Me separé de él lentamente, con la respiración entrecortada y la frente apoyada contra su mandíbula.

Sabía que había perdido el control. Había cruzado el punto de no retorno y, aterrada como estaba, ni siquiera sabía si quería recuperar las riendas de mi vida o simplemente dejarme arrastrar por el torrente de lo que sentía cuando estaba entre sus brazos. Fuera como fuese, ya no podía pararlo.

Noah me dio un último beso en la sien y se separó para recomponerse. Lo observé, hipnotizada. Se subió la ropa interior con movimientos fluidos, tiró del mono de vuelo técnico sobre sus caderas y subió la cremallera central hasta el esternón, encerrando de nuevo su torso. Luego, se agachó.

Sus dedos largos recogieron del suelo los restos destrozados de mis bragas de encaje.

En lugar de tirarlas a la papelera, Noah las dobló con parsimonia y se las guardó en el bolsillo interior de su mono de vuelo, justo sobre el pecho.

Abrí mucho los ojos, estupefacta.

—¿Qué haces? —murmuré.

—Me las quedo como recuerdo —respondió con una naturalidad pasmosa, esbozando una sonrisa lobuna—. Ya que insistes tanto en que esta ha sido una pérdida momentánea de juicio que no puede volver a repetirse, necesitaré un recuerdo tangible de lo que ha pasado en esta mesa, ¿no crees?

El atrevimiento de sus palabras me incendió las mejillas. Me sonrojé hasta la raíz del pelo, pero fui incapaz de recriminárselo. Al contrario, un latigazo de calor me inundó el bajo vientre. Su descaro, esa mezcla perfecta entre dominación y adoración, me resultaba jodidamente sexy.

Hice ademán de bajarme la falda del vestido, que seguía arrugada alrededor de mi cintura, dejándome completamente expuesta. Tenía los muslos temblando, y mi pubis y sexo seguían cubiertos por su corrida.

—Deja eso —ordenó Noah de repente, su voz volviendo a adoptar esa frecuencia grave y autoritaria. Bajó la mirada hacia mi entrepierna, sus ojos oscureciéndose al contemplar su propia marca sobre mi piel—. No te limpies.

Me quedé paralizada, mirándolo con incredulidad.

—Noah, por favor... —protesté, con el pulso desbocado—. Aún me quedan seis horas de turno. Tengo reuniones. No puedo ir por el hospital así, sin ropa interior y llena de... de ti.

Una sonrisa ancha, deslumbrante y puramente masculina le iluminó el rostro.

—Sí, Sloane. Sí que puedes —sentenció, acercándose para acariciarme la mejilla con el dorso de la mano—.

Quiero que huelas a mí todo el maldito día.

Que cada vez que cruces las piernas debajo de tu escritorio, recuerdes exactamente a quién perteneces.

Así ningún gilipollas de traje se atreverá a fantasear contigo, porque olerán a kilómetros que ya estás reclamada.

Me quedé sin aire.

—Me limpiaré en cuanto salgas por esa puerta, Grant —le desafié en un susurro, intentando mantener un atisbo de dignidad.

Pero en mi interior sabía que estaba mintiendo. Sabía que no lo haría. Iba a cumplir su orden. Iba a pasar el resto de mi jornada laboral sintiendo la humedad de su semen contra mi piel, porque me parecía lo más atrevido, excitante y salvaje que había hecho en toda mi vida.

Antes de que Noah pudiera responder a mi desafío, un crujido estático rompió la atmósfera del despacho. La radio enganchada a su cinturón táctico cobró vida.

— Alfa Uno a Noah. Grant, responde —la voz metálica de Caleb resonó en la pequeña estancia.

El instinto profesional de Noah se activó en milisegundos. Llevó la mano al transmisor.

—Aquí Grant. Dime, Caleb.

— Necesitamos que vuelvas a la plataforma. Tenemos aviso preventivo por tormenta en la cara sur. Hay que revisar anclajes.

—Entendido. Estaré en el Alfa Uno en tres minutos. Corto.

Noah soltó el transmisor y soltó un suspiro, pasándose una mano por el pelo desordenado.

—El deber llama —murmuró, girándose de nuevo hacia mí—.

Por cierto, antes de que se me olvide...

Faltan suministros de trauma pediátrico para reponer los botiquines del helicóptero.

Savannah estaba hasta arriba de trabajo en Urgencias y me ha pedido el favor de que subiera a administración para hacerte la solicitud formal, fuera de protocolo.

Necesitamos tu firma para que liberen el stock.

Parpadeé, procesando la información. Mi cerebro tardó un instante en encajar las piezas.

Noah no había venido a mi despacho a acorralarme.

No había irrumpido para hablar de su atracción por mí, ni para presionar nuestros límites.

Había venido a hacer un maldito recado profesional.

Había subido por una cuestión estrictamente laboral, y yo...

yo había perdido los nervios, le había gritado que se marchara asumiendo que venía a acosarme románticamente, y básicamente había provocado que me callara la boca contra el escritorio.

La vergüenza me golpeó con tanta fuerza que quise que la tierra se abriera y me tragara. Me cubrí el rostro con ambas manos, emitiendo un gemido ahogado de humillación.

Noah soltó una carcajada profunda y ronca. Apartó mis manos con suavidad, obligándome a mirarlo. Estaba radiante. Me sonrió con esa luz genuina que me derretía por dentro y me guiñó un ojo.

—Eres un desastre precioso, Parker —susurró.

Se inclinó, me dio un pico breve pero cargado de promesas en los labios, y retrocedió hacia la puerta.

—Te llamaré esta noche para charlar. Pórtate bien.

Abrió la puerta y desapareció por el pasillo, cerrando tras de sí.

Me quedé completamente sola en el despacho, sentada sobre mi propio escritorio con el vestido en la cintura, las bragas confiscadas, empapada de él, atónita, sonrojada y con el corazón latiendo tan deprisa que temí que se me rompieran las costillas.