Pulse (Wildwater Falls 4) NUEVE #2
25%

NUEVE #2

—Nada. Sus amenazas están vacías porque no voy a darle ningún motivo para que las cumpla —sentencié, secándome la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano—.

No tengo la más mínima intención de liarme con nadie, nunca más.

Me dejé seducir por un hombre maduro y me traicionó de la peor forma posible.

Se acabó. Mi única meta ahora es cuidar de mi hijo.

Voy a acabar mis estudios de dirección de empresas.

Voy a construirme una carrera para que, si ese imbécil vuelve algún día, yo sea intocable.

Voy a proteger a Jonah. Y nadie va a entrar en nuestra vida. Nadie.

El sonido de los nudillos golpeando la puerta de madera de mi despacho me arrancó del pasado con la violencia de una bofetada.

Abrí los ojos de golpe. Tenía la respiración agitada y un sudor frío perlándome la nuca.

El pánico que sentí a los veinte años volvía a ser idéntico hoy.

La amenaza de Hawthorne era real, tangible, y ahora estaba a punto de plantarse en mi territorio.

Y para empeorar las cosas, mi promesa de castidad y protección absoluta estaba resquebrajándose por culpa de los besos hambrientos y la sonrisa deslumbrante de Noah Grant.

Si Richard regresaba y olfateaba lo más mínimo entre Noah y yo, destrozaría nuestras vidas.

Me incorporé en la silla. Recoloqué mi blusa, me alisé el cabello hacia atrás y tragué la angustia para poner en pie mis muros de hielo.

—Adelante —ordené, con una voz firme.

La puerta de mi despacho se abrió antes incluso de que terminara de pronunciar la orden.

Noah entró cerrando a sus espaldas. Llevaba la parte superior del mono de vuelo desabrochada y anudada a la cintura, y la camiseta térmica negra de manga larga bajada hasta la mitad del pecho, revelando la sombra de su musculatura.

Venía directo del helipuerto, impregnado de ese olor a ozono, cedro y pura masculinidad que siempre parecía desestabilizar mi centro de gravedad.

Al verlo allí, todo el pánico y la indignación que Richard me había inyectado en las venas colisionaron con un deseo tan visceral e inapropiado que me mareó. No podía desearlo. No ahora. Si me rendía a él, si Richard sospechaba lo más mínimo, la seguridad de Jonah saltaría por los aires.

—Noah, no —lo corté de inmediato, levantándome de la silla con un movimiento brusco, desbordada por la bilis y el miedo—. No tengo tiempo para esto. Tienes que marcharte.

Noah se quedó paralizado a medio paso, con el ceño fruncido y una expresión de genuina confusión.

—¿Qué? Sloane, relájate, solo venía a...

—He dicho que te vayas —le espeté, alzando la voz, escudándome en una hostilidad que no sentía—.

Sea lo que sea que tengas que decirme sobre la terapia de Jonah, puede esperar al sábado en el dojo.

No puedes irrumpir en mi despacho cada vez que te apetezca para insistir en.

… en lo que sea que crees que está pasando entre nosotros. Sal de aquí.

—Sloane, deja de ser una gruñona, por el amor de Dios —replicó, dando un paso firme hacia mi escritorio—. Tengo que decirte algo importante sobre...

—¡Me da igual! —Lo interrumpí de nuevo, rodeando la mesa, señalando la puerta con un dedo tembloroso—. ¡No quiero escucharte, Noah! ¡Vete!

Noah apretó la mandíbula. La paciencia se le agotó en una fracción de segundo. En dos zancadas predatorias, acortó la distancia que nos separaba, me agarró por los codos, tiró de mí hacia su pecho y estrelló su boca contra la mía.

El impacto me robó el oxígeno y cualquier pensamiento racional.

Traté de empujarlo, pero mis manos se estrellaron contra la dureza de su pecho y allí se quedaron, aferrándose a la tela térmica en lugar de rechazarlo. Noah gruñó contra mis labios, cambiando el ángulo del beso para profundizarlo.

—Nunca había visto esta faceta tuya tan mandona y desquiciada —murmuró contra mi boca, con la voz ronca, ronroneando de pura excitación—. Es jodidamente sexy.

No intenté apartarme. Estaba tan agotada de luchar, tan aterrorizada por el mundo exterior, que su calor era el único refugio en el que quería esconderme.

Me rendí. Noah lo notó al instante; sus manos bajaron por mi cuello, trazando la línea de mis hombros, recorriendo mi torso y mi cintura con una adoración que me hizo temblar.

Llevaba un vestido ajustado de punto azul marino que no dejaba nada a la imaginación, y cuando sus palmas grandes y calientes acunaron mis glúteos, apretándome contra su erección incipiente a través de la tela, un gemido se me escapó de la garganta.

Estaba embriagada. Borracha de su sabor, de su olor, de la forma en que su lengua exploraba la mía con una posesividad lenta y profunda.

Con un movimiento fluido, Noah me levantó del suelo y me sentó sobre el borde de mi propio escritorio.

Los informes médicos se desparramaron por la madera.

Sin romper el beso, sus manos buscaron el bajo de mi vestido azul marino y lo subieron hasta mi cadera, amasando y recorriendo la piel desnuda de mis muslos con una pasión devoradora.

Se apartó apenas unos centímetros para mirarme.

Tenía el pecho subiendo y bajando a un ritmo errático.

Sus ojos color chocolate estaban dilatados, oscurecidos por un deseo tan denso y crudo que me atravesó como un rayo.

Yo tenía los labios entreabiertos, enrojecidos, y la respiración entrecortada.

No quería que parara. No podía parar. Manteniéndole la mirada, separé un poco más los muslos, ofreciéndole una invitación silenciosa.

Una sonrisa de medio lado curvó los labios de Noah.

Sin apartar los ojos de mí, tiró de la cremallera de su mono de vuelo, bajándoselo un poco más por las caderas.

Se encajó entre mis muslos, apoderándose de mi espacio.

Con una mano, me sujetó la nuca, anclándome a su mirada.

Con la otra, bajó hasta mi entrepierna, enganchó los dedos en la delicada tela de mis bragas de encaje y, con un tirón seco, las rasgó por completo.

El sonido de la tela rompiéndose estalló en el despacho.

Jadeé, sacudida por la excitación. Levanté las manos instintivamente, deseando tocar su pecho, deseando aferrarme a él, pero Noah me interceptó.

—No —ordenó, con una voz ronca, cargada de una autoridad que me hizo estremecer de placer—. Pon las manos en el escritorio. Sujétate fuerte y no te muevas.

Era una orden. Que un hombre tomara el mando con esa seguridad era la fantasía más embriagadora del universo. Obedecí. Clavé las palmas en la madera fría del escritorio, echando los hombros hacia atrás, ofreciéndome a él.

Noah se bajó la ropa interior y liberó su erección. Era grande, gruesa y estaba ardiendo. Cuando la cabeza de su pene rozó mi entrepierna empapada, arqueé la espalda de puro placer. Esperé la penetración, el empuje final que me llenara, pero no llegó.

En su lugar, Noah dirigió mis caderas, ajustando mi postura sobre la madera para tenerme completamente expuesta, y comenzó a frotarse contra mí.

Utilizó su propia erección para masturbarme.

La fricción dura, caliente y resbaladiza de su carne contra mi clítoris era una tortura exquisita.

Noah se inclinó sobre mí, besándome el cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja y los labios con un hambre voraz.

Yo le respondí con la misma pasión frenética, gimiendo contra su boca, pero acaté su orden.

No moví las manos del escritorio. Mis nudillos estaban blancos por la fuerza con la que me aferraba a la madera.

El roce continuo, húmedo y rítmico me estaba volviendo loca. Su pene se había empapado por completo de mis propios fluidos, haciendo que cada deslizamiento fuera más rápido, más resbaladizo, más profundo.

—Noah... por favor —supliqué, con la voz rota, frotando mis muslos contra sus caderas—. Te lo ruego. La necesito dentro.

Él hundió los dientes suavemente en la curva de mi mandíbula y gruñó.

—No. El espectáculo lo dirijo yo, Sloane. Y no estás preparada para recibirme todavía.

Siguió frotándose, acelerando el ritmo. Sentí que una tormenta colosal se acercaba.

Una presión inmensa, abrumadora, se estaba construyendo en el centro de mi cuerpo, algo tan profundo y arrollador que no sabía ni cómo describirlo.

El aire abandonó mis pulmones. Mi cabeza cayó hacia atrás, y mis uñas arañaron la caoba del escritorio.

—Mírame —exigió Noah, separándose lo justo para atrapar mi mirada con sus ojos en llamas—. Córrete para mí, Sloane. Ahora.

Con los ojos clavados en los suyos, mi cuerpo estalló en pedazos. El orgasmo me golpeó con una violencia devastadora, una ola tras otra de contracciones puras y cegadoras que me hicieron gritar su nombre. Fue el clímax más intenso de mi vida, una liberación absoluta.

Mientras mis muslos temblaban violentamente contra los suyos, Noah no se detuvo. Continuó provocándome, frotándose contra mi clítoris sensible, endureciendo el ritmo, hasta que él mismo alcanzó su punto de quiebre.

Con un gruñido ronco y gutural, Noah se corrió. Su semen caliente salpicó y cubrió la piel desnuda de mi pubis y la base de mi vientre. Se apoyó contra mí, temblando por la intensidad de su propia descarga, con la respiración rota chocando con mi cuello.

El despacho quedó sumido en un silencio denso, solo roto por nuestros jadeos agónicos.

Noah retrocedió medio paso. Bajó la mirada hacia su corrida esparcida sobre mi piel.

Extendió el dedo índice y trazó una línea húmeda, esparciendo su semen por los pliegues de mi intimidad inflamada, extendiéndolo sobre mi clítoris con una lentitud que me arrancó un último suspiro.

Luego, sin apartar los ojos de mí, levantó ese mismo dedo y me lo llevó a los labios.

Abrí la boca y lo dejé entrar. Saboreé el semen de Noah. Tenía un sabor salado, limpio y profundamente íntimo. Le chupé el dedo, embelesada, deseando más. Quería más de él. Quería absorber cada partícula de su ser y encerrarnos en aquel despacho para siempre.