Pulse (Wildwater Falls 4) NUEVE
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NUEVE

Sloane

L a mañana del martes en el Wildwater Regional había empezado con el ritmo frenético y desquiciante habitual.

Tenía sobre el escritorio tres informes del departamento de ortopedia y un presupuesto de suministros que requería mi firma inmediata.

Estaba a punto de revisar la última partida de analgésicos cuando el zumbido de mi móvil personal vibró sobre el cristal de la mesa.

Alcé la vista hacia la pantalla iluminada.

Richard Hawthorne.

El estómago se me encogió, convirtiéndose en un bloque de plomo.

El aire del despacho pareció enfriarse de golpe.

Me quedé mirando las letras parpadeantes durante unos segundos eternos.

No tenía ganas de hablar con él. Jamás las tenía.

Sabía por pura experiencia que cualquier interacción con el padre biológico de Jonah era un campo de minas; un intento calculado de manipularme, de desestabilizar la precaria paz que había construido, o de recordarme la amenaza asfixiante que colgaba sobre mi cabeza desde hacía doce años.

Pero también sabía que no podía ignorar la llamada. Ignorar a un hombre como Richard solo conseguía enfurecerlo, y su ira era un lujo que ni Jonah ni yo podíamos permitirnos.

Respiré hondo y deslicé el dedo por la pantalla.

—Dime, Richard —respondí, con un tono plano.

—Has tardado cinco tonos en contestar, Sloane —fue su primera frase. Su voz de barítono, impecablemente modulada y cargada de una condescendencia insultante, me arañó los nervios—. Empezaba a pensar que estabas ignorándome a propósito.

Apreté la mandíbula para evitar la réplica que tenía en la punta de la lengua.

—Estaba ocupada con un asunto urgente del hospital —repliqué, manteniendo la educación gélida que nos caracterizaba—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Oh, no tiene importancia a qué estabas dedicando tu tiempo —descartó mi trabajo con la ligereza de quien aparta una mosca—.

Te llamo por pura cortesía, para informarte antes de que te enteres por los pasillos de tu pequeño centro médico.

La junta directiva del Wildwater Regional se ha puesto en contacto conmigo.

Me han hecho una oferta formal y muy generosa para liderar la puesta en marcha de ese nuevo programa de cardiología que están intentando sacar adelante.

La sangre me hirvió en las venas. La junta lo había hecho. Aquellos burócratas de traje habían desoído mis advertencias médicas sobre las necesidades reales del hospital y, operando por completo a mis espaldas, habían ido a buscar al "cirujano estrella" de Portland.

Clavé las uñas en el reposabrazos de cuero de mi silla para no perder el control.

—Ya veo —murmuré, forzando a mi voz a no temblar—. ¿Y has tomado una decisión al respecto?

Necesitaba tantear el terreno. Necesitaba saber si existía alguna mínima posibilidad de hacerlo desistir, de apelar a su inmenso ego para que rechazara la oferta.

—Aún lo estoy sopesando —respondió Richard, soltando un suspiro que denotaba aburrimiento—.

La idea de volver a ensuciarme las botas en un hospital regional de pueblo, con recursos limitados y sin el prestigio de Portland, no me entusiasma en absoluto, Sloane.

Ya sabes cómo son esos sitios. Pero... podría enfocarlo como una consultoría externa.

Algo estrictamente temporal. Como te he dicho, la oferta es muy generosa.

No me importaba un carajo si era temporal, si venía un mes o una semana.

No lo quería cerca. Sabía exactamente lo que significaba tener a un hombre de cincuenta y cinco años, controlador, narcisista y acostumbrado a dictar la vida de los demás, pululando por mi territorio.

Se inmiscuiría en el tratamiento de Jonah, intentaría desautorizarme profesionalmente frente a mi equipo y, sobre todo, usaría su proximidad para recordarme que yo seguía atada a su voluntad.

—Wildwater Falls tiene sus propios ritmos, Richard. Quizá te resulte demasiado frustrante adaptar tu nivel de exigencia a nuestra realidad —intenté disuadirlo —. Piénsalo bien.

—Lo pensaré, Sloane. No te preocupes por mis exigencias —replicó con una frialdad cortante—. Ya te avisaré de cuándo aterrizo. Saluda al niño de mi parte.

Colgó sin esperar respuesta.

El pitido de línea muerta resonó en mi oído.

Dejé caer el móvil sobre la mesa como si quemara.

Exhalé el aire que no sabía que estaba conteniendo y me recosté pesadamente contra el respaldo de la silla directiva.

Cerré los ojos, sintiendo un latido doloroso en las sienes.

El terror y la impotencia se filtraron por las grietas de mi coraza, arrastrándome en una espiral oscura que me arrancó del presente.

Hace 12 años

El dolor me partía por la mitad. Habían pasado apenas veinticuatro horas desde la cesárea, un proceso agónico, brutal y aterrador que había consumido hasta mi última gota de energía.

Estaba pálida, destrozada y vacía. A mi lado, en la habitación del hospital, solo habían estado mis padres y Georgia.

A mi bebé lo habían trasladado de urgencia a la UCI neonatal tras nacer.

Los médicos estaban realizando pruebas incesantes.

Las palabras "asfixia perinatal" y "parálisis cerebral" flotaban en el aire como sentencias de muerte que mi cerebro de veinte años era incapaz de procesar del todo.

No sabía si mi hijo iba a sobrevivir a la noche. No sabía nada.

Mi soledad era absoluta. Richard se había esfumado en el mismo instante en que las palabras "estoy embarazada" salieron de mis labios meses atrás.

Solo nos habíamos acostado una vez. Una sola noche.

Fue la misma madrugada de pesadilla en que el autobús escolar volcó en la montaña y el pueblo entero se resquebrajó de dolor tras la muerte de mi primo Carson.

Mientras un grupo de adolescentes se helaban en medio de la nieve y mi primo moría, yo había pasado la noche en brazos del cirujano estrella, maduro y sofisticado que había tutorizado mis prácticas de empresariales en el Hospital Regional.

Semanas después, cuando el luto aún empañaba Wildwater Falls, descubrí las consecuencias de aquella noche.

La puerta de mi habitación se abrió con suavidad.

Georgia, que apenas era una estudiante haciendo sus prácticas clínicas, entró empujando una silla de ruedas. Llevaba el pijama sanitario arrugado y unas ojeras inmensas, pero su mirada destilaba una lealtad feroz.

—Vamos, Sloane —me dijo, con esa voz ronca y protectora—. Te llevo a verle.

Me ayudó a sentarme en la silla, soportando mis gemidos de dolor, y me empujó por los pasillos blancos hasta las puertas dobles de la UCI neonatal. Me detuve frente al cristal aséptico.

A través de la ventana, vi la pequeña incubadora.

Mi bebé, Jonah, era diminuto. Un cuerpo frágil, rojizo y lleno de cables, rodeado de monitores que pitaban de forma rítmica y descorazonadora.

Estaba intubado. Parecía tan irreal, tan ajeno a este mundo, que el corazón se me hizo pedazos.

Apoyé la frente contra el cristal frío, incapaz de sostener mi propio peso.

—Lo está haciendo muy bien, Sloane —me susurró Georgia, arrodillándose a mi lado para abrazarme por los hombros—. Sus constantes se están estabilizando. Es un luchador. Ya verás cómo, si sigue así, en unos días te dejarán entrar para que lo tomes en brazos y hagáis el piel a piel.

Asentí débilmente. Una lágrima solitaria, cargada de terror y furia, se deslizó por mi mejilla hasta perderse en el cuello de mi bata de hospital.

—He recibido una llamada hace una hora —murmuré, con la voz rota y hueca. Sin apartar la vista del pequeño pecho de mi hijo—. Era Richard.

Georgia se tensó a mi lado.

—¿Qué quería? —siseó.

—Regresa a Portland. Lo han nombrado nuevo jefe de cirugía cardiovascular.

—Tragué saliva, sintiendo el sabor a bilis—.

Ha decidido que va a seguir con su vida de prestigio como si nada de esto hubiera pasado.

No quiere saber nada del niño. Ha dicho que se hará cargo de la manutención mediante transferencias anónimas, pero nada más.

—Mejor —sentenció mi amiga con rabia—. No lo necesitáis. No necesitamos a esa escoria.

—No, Gia, no lo entiendes. —Me giré hacia ella, agarrándole la muñeca con unos dedos temblorosos y fríos como el hielo—.

Me ha amenazado. Me ha dicho que, aunque él no esté presente, el niño lleva su sangre.

Y que si alguna vez descubre que me lío con otro hombre...

si alguna vez ve que intento meter a un extraño en la vida de Jonah para que ocupe su lugar, solicitará la custodia total. Inmediatamente. Y ganará.

Georgia palideció. La indignación la hizo levantarse de golpe.

—¡No puede hacer eso! ¡Es tu hijo!

—¡Claro que puede! —sollocé, apretando los dientes—.

¿Mírame, Gia? Tengo veinte años. Vivo en un pueblo perdido en la montaña.

No tengo carrera, no tengo dinero y mi hijo va a necesitar cuidados carísimos.

Él es un cirujano reputado de la ciudad más grande del estado, con un equipo de abogados que me aplastarían en un tribunal antes de que yo pudiera abrir la boca.

No puedo competir contra sus recursos. Me lo quitaría, Gia.

Me lo quitaría para dárselo a un internado o a niñeras de élite solo para castigarme.

Mi amiga se quedó sin palabras, bullendo de una rabia impotente, con los puños apretados.

—¿Qué... qué vas a hacer, Sloane? —me preguntó, con los ojos brillantes.

Inspiré con fuerza. Miré a mi hijo a través del cristal. Frágil. Dependiente únicamente de mí. La niña asustada de veinte años que había llorado en aquella silla de ruedas murió en ese preciso instante. Una nueva determinación, afilada y gélida, endureció mi columna vertebral.