Pulse (Wildwater Falls 4) OCHO #3
22%

OCHO #3

Sloane esbozó una sonrisa diminuta, aliviada, y el frío pareció perder un poco de su intensidad.

—Me alegro de que lo hayáis disfrutado. Gracias por llevarlo, Noah. De verdad.

—No me des las gracias todavía —le advertí, arrastrando las palabras con una lentitud deliberada, cruzando el porche hasta acortar la distancia a un escaso metro—.

Para que conste en acta, tu hijo se ha comido una tonelada de palomitas con extra de mantequilla, dos chocolatinas de tamaño familiar y un refresco grande cargado de cafeína.

Va a tener energía suficiente para iluminar Wildwater Falls toda la noche.

Sloane abrió los ojos de par en par, perdiendo momentáneamente la compostura, y su ceño se frunció en una mezcla de horror y exasperación.

—¿Estás loco? ¡Noah, no va a pegar ojo hasta las tres de la madrugada!

—Lo sé —le respondí, esbozando una sonrisa descarada, sin un ápice de arrepentimiento—.

Y no, no siento en absoluto haberlo atiborrado a chucherías.

Ha sido la noche perfecta. Además... —bajé la voz, inclinándome imperceptiblemente hacia ella—, si tanto te molesta mi negligencia nutricional, podrías haberlo evitado muy fácilmente acompañándonos.

Sabía que la estaba provocando. Pero no podía ni quería evitarlo.

Tras la charla en el coche, Jonah me había prometido desmantelar sus operaciones de emparejamiento.

Si yo quería tener una oportunidad real de derribar la coraza de hielo de la directora médica, a partir de esta noche iba a tener que ser yo quien diseñara las emboscadas y provocara las colisiones. Y estaba dispuesto a jugar.

Sloane apretó los labios, atrapando una réplica. Vi cómo sus ojos castaños escudriñaban mis facciones. Quería preguntarme algo. Llevaba todo el rato queriendo hacerlo, debatiéndose internamente entre la curiosidad y el miedo a cruzar la línea de lo estrictamente profesional.

La dejé cocinarse en su propia duda durante un minuto largo, sosteniéndole la mirada con una calma inquebrantable, obligándola a dar el paso.

Finalmente, cedió.

—¿Por qué has aceptado llevarlo? —soltó de golpe, con la voz un poco ronca por el aire helado.

Alcé una ceja, fingiendo incomprensión.

—Se lo prometí. Quería ver el documental.

—Ya, pero... es viernes por la noche, Noah.

—Sloane se apretó más la chaqueta contra el pecho, frotándose los brazos de forma nerviosa—.

Sé que casi todos los viernes libres los pasas con Ian, Caleb y tus amigos en The Switchback , bebiendo cerveza y jugando al billar.

¿Por qué cambiarías un viernes de fiesta por encerrarte en un cine con un niño de doce años a ver una película sobre rocas espaciales?

Una risa áspera y carente de humor se me escapó de la garganta. Negué con la cabeza, sintiendo que la frustración volvía a arañarme el pecho.

—Dios, Sloane... Sigues sin conocerme en absoluto, ¿verdad?

—La intensidad de mi voz borró cualquier rastro de burla en el ambiente—.

Sigues aferrada a ese maldito guion mental que te has montado sobre mí.

Siempre esperando las opciones más superficiales.

Siempre esperando que prefiera emborracharme en un bar antes que invertir mi tiempo en algo que de verdad me importa.

Te resulta muchísimo más cómodo encasillarme en el papel del niñato fiestero, porque si admites que soy un hombre capaz de priorizar las cosas importantes, te quedarías sin excusas para seguir huyendo de mí.

Sloane se quedó petrificada. Abrió la boca para defenderse, para articular alguna de sus perfectas y asépticas excusas, pero no le di la oportunidad.

Yo era el que marcaba el ritmo ahora.

Saqué las manos de los bolsillos y acorté la escasa distancia que nos separaba.

Su respiración se aceleró de forma drástica.

Alzó la barbilla, con los ojos dilatados, clavando su mirada en mi boca con una necesidad tan densa y ardiente que casi podía tocarla.

Se quedó inmóvil, preparándose, esperando que la reclamara de nuevo con esa urgencia salvaje que ambos conocíamos.

Me incliné sobre ella. Respiré su aroma embriagador a frío y flores limpias.

Y en el último milímetro, desvié la trayectoria.

Apoyé los labios suavemente contra su mejilla fría, rozando su piel apenas un par de segundos en un beso inofensivo, casto y estrictamente educado.

Al retroceder, la miré a los ojos. El destello fue instantáneo, una milésima de segundo en la que su coraza falló estrepitosamente.

Vi la decepción cruda brillando en sus pupilas.

Le había negado el beso en los labios que, aunque jamás lo admitiría en voz alta, su cuerpo entero estaba pidiendo a gritos.

—Buenas noches, Sloane —me despedí, con un tono suave y controlado.

Me di la vuelta y bajé los escalones del porche, sintiendo el peso de su mirada clavada en mi nuca. No me giré. Mientras caminaba hacia la puerta del conductor de mi todoterreno, bajo el manto helado de la noche, una sonrisa lenta y triunfal se dibujó en mis labios.

Se moría por mí. Y acababa de darse cuenta.