Pulse (Wildwater Falls 4) OCHO
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OCHO

Noah

H abía tenido que sobornar a uno de los técnicos novatos del equipo de emergencias para que me cubriera el turno del viernes por la tarde en el Alfa Uno, pero el sacrificio valía cada segundo.

Le había hecho una promesa a Jonah. El cine local de Wildwater Falls había programado una sesión única y especial: un documental inmersivo sobre los impactos de meteoritos más devastadores en la historia de la Tierra, incluyendo la extinción del Cretácico.

La proyección no solo prometía un nivel de rigor científico que sabía que a Jonah le volaría la cabeza, sino que contaba con gafas de realidad virtual para experimentar la fuerza destructiva de los impactos en primera persona.

Aparqué mi todoterreno frente al camino de entrada de la casa de Sloane.

El sol de media tarde bañaba el porche de madera con una luz fría.

Subí los peldaños de dos en dos, con las manos en los bolsillos de mi chaqueta oscura.

Sloane me había comentado que tendría la tarde colapsada de trabajo, así que esperaba que la puerta me la abriera alguno de sus padres, los abuelos de Jonah, para entregarme al chaval.

Llamé a la puerta con dos nudillos y esperé.

El cerrojo giró con un chasquido metálico y la puerta de roble se abrió hacia adentro.

Me quedé completamente mudo.

No era ninguno de los abuelos. Era Sloane.

Llevaba unos vaqueros desgastados que se ceñían a la curva perfecta de sus caderas, una blusa ligera y holgada con los primeros botones desabrochados, y estaba descalza.

Sus dedos pálidos descansaban sobre la madera pulida del suelo del recibidor.

Llevaba el pelo recogido en una media coleta desordenada, con un estilo tan íntimo y hermoso que me cortó la respiración.

Ella también se quedó paralizada. Sus ojos castaños se abrieron de par en par, registrando mi presencia en su porche como si fuera una aparición. La respiración se le atascó en la garganta.

—Noah —fue la primera en romper el silencio. Su voz sonó un poco más aguda de lo habitual, teñida de una alarma repentina—. ¿Está todo bien? ¿Ha pasado algo en la base? No esperaba tu visita.

Fruncí el ceño, genuinamente extrañado.

—Todo está bien, Sloane. No vengo de la base —le aclaré, bajando un poco el tono para no asustarla—. Estoy aquí para recoger a Jonah. Habíamos quedado para ir al cine, a la proyección del documental sobre los meteoritos.

La confusión se apoderó de sus facciones. Sloane ladeó la cabeza, cruzándose de brazos de forma instintiva para protegerse del frío de la tarde y, de paso, de mi escrutinio.

—No sé de qué me estás hablando. ¿Qué documental?

Estaba a punto de sacar el móvil para enseñarle los mensajes, cuando el zumbido eléctrico de los neumáticos de goma sobre la madera nos interrumpió.

Jonah apareció a toda velocidad por el pasillo.

Hoy iba en su silla de ruedas, lo cual me indicó que sus piernas necesitaban un descanso del sobreesfuerzo de la semana.

Llevaba la chaqueta puesta y una sonrisa de pura inocencia estampada en la cara.

Frenó en seco justo detrás de su madre.

—¿No le dijiste que venía a buscarte a las seis? —le pregunté a mi pupilo, alzando una ceja interrogativa.

Jonah abrió mucho los ojos, se rascó la nuca y esbozó una mueca de disculpa que no me creí ni por un maldito segundo.

—Ups. —La sílaba rebotó en las paredes del recibidor—. Creo que se me olvidó por completo comentártelo, mamá. Lo siento muchísimo.

Entrecerré los ojos, evaluando al chaval. Jonah Parker tenía una memoria prodigiosa, capaz de recordar la tabla periódica al completo y fórmulas de astrofísica que a mí me daban dolor de cabeza. Que se le hubiera "olvidado" un detalle tan crucial era una mentira colosal.

Sloane exhaló un suspiro de rendición, frotándose el puente de la nariz.

—Jonah, por Dios... No contaba en absoluto con que salieras de casa esta tarde, y menos sin avisar a los abuelos. Ni siquiera estás listo para irte.

—Ya que estoy aquí, y he llegado con margen de sobra, aún estamos a tiempo de ir a ver la película —intervine, dando un paso al frente, apoyando un hombro contra el marco de la puerta.

Sloane miró de uno a otro. Estaba atrapada. A su espalda, Jonah había desplegado su mejor mirada de niño bueno y suplicante, una artillería pesada que ningún padre podía resistir. Y frente a ella, yo dejé caer mi mejor sonrisa.

Tras un momento de tensión palpable, Sloane dejó caer los brazos.

—Está bien —cedió, exhalando profundamente—. Pero a la vuelta te vas directo a la cama, jovencito. Y la próxima vez, me informas con veinticuatro horas de antelación.

—¡Entendido, jefa! —Jonah chocó los puños en el aire, rebosante de victoria.

—¿Por qué no te vienes con nosotros? —La invitación salió de mis labios antes de que pudiera filtrarla.

Sloane se quedó rígida.

—Tienes la tarde libre y, a fin de cuentas, acabamos de arruinarte los no-planes que tenías.

Desde que se había marchado del dojo el sábado pasado, no había sido capaz de sacarme de la cabeza el sabor de su boca.

Los besos que habíamos compartido, el abandono absoluto con el que su cuerpo se derretía contra el mío cada vez que la acorralaba, la forma en que sus manos se aferraban a mis antebrazos pidiendo más...

Todo eso me estaba volviendo loco de deseo. La quería.

Pero Sloane Parker tenía una voluntad de hierro.

—No. Disfrutad de la película. Yo me quedo aquí —respondió, con una firmeza que no dejaba lugar a réplica.

—Sloane, venga. Será diver...

—Grant. —Me cortó en seco. Sus ojos castaños se clavaron en los míos marcando una línea roja en el suelo del porche—. Ya he cedido un mundo dejándote que te lleves a mi hijo sin previo aviso. No tientes a tu suerte presionándome más.

Me encantaba que marcara los límites. Me volvía loco que peleara por mantener el control de la situación.

Asentí despacio, asumiendo la derrota. Levanté ambas manos a la altura del pecho en señal de rendición.

—De acuerdo. Alto el fuego —concedí, manteniendo la voz ronca—. Lo que tú digas, jefa.

Pero no pude evitarlo. Mientras bajaba las manos para agarrar los puños de la silla de ruedas de Jonah y ayudarlo a salir al porche, no dejé de sonreírle. Y justo antes de darme la vuelta, le guiñé un ojo. Un gesto descarado, lo sabía.

El rubor violento que le incendió las mejillas y el cuello me confirmó que, aunque yo me marchara al cine con su hijo, ella iba a estar pensando en mí durante todo el fin de semana.

✽✽✽

El aire gélido de la noche nos golpeó al cruzar las puertas de cristal del cine, pero Jonah ni siquiera pareció notarlo.

Estaba en una nube absoluta. Había decidido hacer todo el trayecto desde la sala hasta el todoterreno utilizando las muletas, descartando la silla de ruedas, y yo no podía estar más orgulloso de cómo se había desenvuelto durante toda la tarde.

Su resistencia física estaba mejorando a un ritmo brutal.

—Ha sido una locura, Noah. ¡Una pasada! —parloteaba el niño, avanzando a buen ritmo por la acera escarchada, con las mejillas sonrojadas por el frío y la emoción—.

Cuando te ponías las gafas de realidad virtual durante el impacto de Chicxulub...

Parecía que la onda expansiva te iba a arrancar la cabeza.

La recreación térmica de la extinción era científicamente perfecta.

—Te dije que valdría la pena, socio —le respondí, siguiéndole el ritmo de cerca, atento a cualquier placa de hielo en el asfalto.

Llegamos al coche. Le abrí la puerta del copiloto, lo ayudé a acomodarse y guardé las muletas en los asientos traseros antes de rodear el capó y ponerme al volante.

Encendí el motor y la calefacción cobró vida con un zumbido sordo, llenando el habitáculo de calor mientras nos adentrábamos en las calles oscuras y rodeadas de bosque de Wildwater Falls.

Dejé que Jonah siguiera diseccionando los detalles del documental durante un par de kilómetros, disfrutando de su entusiasmo. Pero había un tema que no pensaba pasar por alto.

Apoyé un codo en la ventanilla, sosteniendo el volante con una mano, y lo miré de reojo bajo la luz anaranjada de las farolas.

—Bueno, Parker. El documental ha sido espectacular, pero ahora tú y yo vamos a tener una charla seria —anuncié, bajando el tono —. Quiero que me digas la verdad. ¿Has estado manipulando a tu madre para forzar que nos encontremos?

Jonah se quedó callado de golpe. Se hundió un poco en el asiento de cuero, clavo la vista en la guantera y, durante un par de segundos, intentó jugar la carta de la confusión.

—¿Qué? No sé de qué me hablas, Noah.

—Jonah —lo advertí, arrastrando las sílabas con paciencia—.

Olvidarte la sudadera en el vestuario. Dos veces.

Exigirle a tu madre que se quedara a mirar toda tu sesión de entrenamiento.

Y hoy, convenientemente, "olvidar" avisarla de que iba a recogerte para ir al cine, dejándola sin escapatoria en el recibidor.

Eres un genio. Tú no tienes fallos de memoria.

Mi pupilo soltó un suspiro largo y teatral.

—Vale, de acuerdo. Soy culpable —confesó, cruzándose de brazos—. He creado un par de situaciones para que tuvierais que estar a solas.

Me mordí el interior de la mejilla con una fuerza sobrehumana para reprimir la carcajada que me subía por la garganta. La creatividad del crío era digna de un estratega militar, pero sabía perfectamente que no podía reírle la gracia. No si quería ser un buen referente para él.

—Escúchame bien, socio —dije, endureciendo la voz lo justo para que entendiera la gravedad del asunto—. No es correcto manipular a nadie para conseguir lo que quieres. Y muchísimo menos a tu propia madre. Sloane se desvive por ti. No puedes someterla a encerronas.

Jonah giró la cabeza hacia mí, y la bravuconería desapareció de su rostro, sustituida por una preocupación genuina que me encogió el corazón.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó, con la voz temblando ligeramente.

Frené ante un stop, me giré hacia él y lo miré directamente a los ojos.