SIETE #3
Era una obra de arte preciosa y devastadora. Representaba a la perfección la pérdida de sus padres.
El suave clic de la puerta al cerrarse a mi espalda resonó en el vestuario.
Noah se tensó. Giró la cabeza sobre el hombro antes de darse la vuelta por completo. Se quedó frente a mí, con el torso desnudo, el pecho subiendo y bajando lentamente, y los pantalones caídos justo por debajo de la línea de la cadera.
Me quedé sin palabras.
Esperaba su eterna sonrisa deslumbrante, la broma afable o el guiño descarado para aliviar la tensión.
Pero no hubo nada de eso. Noah me miró fijamente, con una seriedad oscura.
Por primera vez desde que lo conocía, no sonrió.
Sus ojos color chocolate eran dos abismos insondables que me escrutaron de arriba abajo, registrando mi respiración agitada y mi incapacidad para moverme.
—Yo... —Carraspeé, sintiendo un calor violento e inapropiado subiéndome por el cuello, incendiando mi autocontrol—. Siento haber irrumpido así. Jonah se había dejado la sudadera. He venido a por ella.
La voz me tembló de una forma patética. Noah no cambió su expresión. Me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo arder la piel bajo la ropa, asintió en silencio, se giró levemente para recoger la prenda gris del banco y me la tendió.
Di un par de pasos vacilantes hacia él. Al alargar la mano y sujetar el tejido de algodón, mis dedos rozaron los suyos.
La corriente eléctrica fue instantánea, brutal e irresistible. Un latigazo que me cortocircuitó el cerebro.
En lugar de retroceder, mi cuerpo actuó por pura gravedad.
Di un paso más, invadiendo su espacio personal.
El calor que irradiaba su pecho desnudo era embriagador.
Noah reaccionó a mi movimiento de inmediato; se inclinó hacia mí, bajando la cabeza, atraído por el mismo magnetismo letal del que yo era incapaz de escapar. Sus ojos cayeron hacia mis labios.
Levanté la mano libre, casi en un trance, y apoyé las yemas de los dedos contra la aspereza incipiente de su mandíbula. Su piel estaba caliente, tensa como una roca.
—No has sonreído —susurré.
Noah cerró los ojos un milímetro ante mi tacto, tragando saliva con fuerza.
—¿Qué? —preguntó, con la voz ronca, raspando el aire entre nosotros.
—Que desde que nos conocemos... —Tracé la línea de su mandíbula con el pulgar, rindiéndome a la necesidad de tocarlo—, siempre sonríes cuando me ves. Sea donde sea. Y hoy... esta vez, no has sonreído.
Noah soltó un gruñido sordo, gutural, y toda su contención se hizo añicos. Su mano grande y áspera me apresó el rostro, hundiendo los dedos en mi nuca, y estrelló su boca contra la mía.
Me arrinconó contra la fila de taquillas metálicas con un golpe sordo, atrapándome con todo el peso y el calor de su cuerpo.
El beso fue una reclamación absoluta. Sus labios me abrieron la boca sin pedir permiso, introduciendo la lengua con una pasión ardiente, húmeda y dominante que me hizo gemir de pura excitación.
Me besó con el alma, con la fuerza de un hombre que lleva cinco días muriéndose de hambre, aplastando mi pecho contra el suyo, encajando nuestros cuerpos como si estuviéramos hechos a medida.
Solté la sudadera y subí las manos, aferrándome a sus antebrazos musculosos, sintiendo la tensión de los tendones bajo su piel mientras mi cuerpo entero se derretía contra el suyo.
Noah se separó unos milímetros. Tenía la frente apoyada contra la mía, respirando con dificultad, con el pecho rozando mis pechos.
Estaba completamente excitada, el bajo vientre me latía con una urgencia dolorosa, y lo único que deseaba en ese instante era arrastrarlo a una de las duchas, dejar que terminara de bajarme la ropa y que me hiciera suya.
Pero el terror a perder el control de mi vida me golpeó con la misma fuerza.
Reuniendo la poca fuerza de voluntad que me quedaba, apoyé las manos en su pecho firme y lo empujé lo justo para romper la intimidad física. Me aparté de las taquillas, respirando a bocanadas cortas.
—Esto... esto no puede volver a pasar, Noah —le repetí, con una voz estrangulada que traicionaba cada una de mis palabras.
Noah se irguió lentamente. Me miró de arriba abajo, registrando el rubor de mi piel, mis labios hinchados por sus besos y el temblor de mis manos. Y entonces, la comisura de sus labios se curvó hacia arriba en una sonrisa de medio lado.
—Sabes, Sloane... —murmuró, con los ojos brillando de una forma letal—. Esta vez, tu petición suena muchísimo menos creíble.
No tuve respuesta para eso. No la había.
Recogí la sudadera de Jonah del suelo y salí del vestuario huyendo, con las piernas temblándome de forma incontrolable bajo la tela de los pantalones.
Mientras recorría el pasillo de vuelta a la recepción, una realidad aplastante se instaló en mi pecho: con cada beso desesperado, con cada mirada que nos cruzábamos y cada roce prohibido, el muro que había construido para evitar a Noah Grant se resquebrajaba un poco más, y estaba peligrosamente cerca de venirse abajo por completo.