Pulse (Wildwater Falls 4) SIETE #2
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SIETE #2

—Pero mis padres murieron cuando nosotros aún éramos unos niños —continuó Noah, con una serenidad que delataba años de cicatrización—.

Fue un golpe duro. Violet y yo nos quedamos a cargo de nuestra abuela Gladys.

Pero, de alguna manera, mantener el dojo abierto, ponernos el kimono y continuar con las clases fue la decisión que tomamos cuando fuimos lo suficientemente mayores.

Era nuestra forma de mantenernos conectados a él, a todo lo que nos enseñó.

La expresión de Jonah se volvió de una seriedad aplastante. La madurez que las salas de hospital le habían forjado afloró en sus pequeños rasgos. Dejó la botella a un lado y miró a Noah directamente a los ojos.

—Siento muchísimo que perdieras a tus padres, Noah. De verdad.

La ternura me asaltó con tanta fuerza que tuve que tragar el nudo que se me había formado en la garganta.

—Gracias, socio —respondió Noah, esbozando una sonrisa suave, cargada de afecto, y apoyó una mano firme en el hombro de mi hijo—.

Pero así es la vida. A veces la montaña cede bajo tus pies y te da un golpe que te deja sin aire.

Y cuando eso pasa, cuando te enfrentas a algo que te aterra o que te rompe, solo tienes dos opciones.

Noah hizo una pausa. Sus ojos abandonaron el rostro de Jonah y, durante una fracción de segundo, se clavaron en mi rincón.

—Puedes huir como un cobarde, esconderte detrás de tus propios muros y fingir que no pasa nada... o puedes dar la cara. Puedes enfrentarte a la dificultad, aprender la lección, y pelear. Yo prefiero ser de los que luchan cada batalla, por mucho miedo que dé.

—Yo también —afirmó Jonah con una rotundidad feroz, apretando los puños sobre el tatami—. Quiero ser de los que luchan.

—Y lo eres, socio. Cada día.

Me quedé completamente paralizada contra la pared. Estaba conmovida hasta la médula por la belleza de la interacción entre ellos, por lo inmensamente beneficioso que resultaba para el carácter de mi hijo tener un anclaje emocional como el de Noah.

Pero el mensaje oculto me había atravesado el pecho como una flecha de acero.

«Puedes huir como un cobarde y esconderte detrás de tus propios muros».

Me había llamado cobarde con una sutileza letal. Me estaba acusando, frente a mi propio hijo y en clave, de ser incapaz de dar rienda suelta a mis deseos, de salir huyendo y levantar mis muros cada vez que la intimidad entre nosotros amenazaba con volverse real.

Y lo peor de todo era que tenía toda la razón.

Clavé la vista en el suelo de madera que bordeaba el tatami, negándome a alzar el rostro.

No podía mirarlo. Sabía con absoluta certeza que, si levantaba la vista y mis ojos chocaban con los suyos, él sería capaz de ver más allá de mi coraza.

Vería el deseo oscuro, denso y traicionero que me quemaba las venas, y el anhelo desesperado que tenía de que me acorralara de nuevo contra un ventanal.

Tenía unas ganas aterradoras de rendirme y estar con él, a pesar de que cada célula racional de mi cerebro me gritaba que mezclar nuestros mundos sería un error garrafal del que jamás me recuperaría.

Era peligroso. Y eso era algo que solo yo sabía.

✽✽✽

El zumbido suave del sistema de calefacción llenaba la recepción del dojo.

Me apoyé contra el mostrador de madera pulida, esperando a que Jonah terminara de cambiarse la camiseta en los vestuarios.

A mi lado, Violet repasaba el registro de asistencia en una tableta, con el kimono blanco inmaculado y el cinturón negro anudado a la cadera.

—Me asombra lo rápido que está ganando autonomía —comenté, rompiendo el silencio, incapaz de ocultar el orgullo maternal que me ensanchaba el pecho—. Ha pasado de dudar en cada transferencia a querer hacerlo todo por sí mismo.

Violet levantó la vista de la pantalla y esbozó una de sus raras sonrisas, mucho más contenida que las de su hermano, pero igual de sincera.

—Jonah es un gran chico, Sloane. Es inteligente y tiene una cabezonería a prueba de bombas —dijo, apoyando los codos en el mostrador—. Te confieso que a veces me recuerda un poco a Noah cuando tenía su edad.

—¿A Noah? —pregunté, sintiendo un tirón involuntario de curiosidad.

—Sí. Noah era exactamente así. Iba a todas partes arrastrando un libro de ciencias de nivel universitario en una mano, y llevaba el kimono de kárate colgado en la otra. Era un ratón de biblioteca capaz de tumbarte en el tatami si lo subestimabas.

Una imagen vívida se formó en mi mente. Me descubrí a mí misma embelesada, imaginando a un joven Noah Grant, con el cabello alborotado y esa sonrisa deslumbrante que siempre parecía iluminar cualquier habitación, combinando su arrolladora capacidad física con una innegable brillantez intelectual.

Salí de mi ensoñación de golpe cuando escuché el sonido de las muletas de Jonah resonando por el pasillo. Mi hijo apareció en la recepción con la chaqueta puesta, pero al llegar a mi altura y revisar su bolsa de deporte, soltó un bufido de frustración.

—Mierda.

—Lenguaje, Jonah —lo reprendí suavemente—. ¿Qué pasa?

—Me he vuelto a dejar la sudadera gris en la taquilla.

Reconocí la prenda al instante. Era la misma sudadera que Noah me había llevado al despacho cinco días atrás; la excusa barata que había terminado con mi espalda contra el ventanal y su boca devorando la mía.

—Espérame aquí —le indiqué a Jonah, señalando una de las sillas de la recepción—. Voy yo a buscarla y de paso reviso que no te hayas dejado también la botella de agua o la cabeza en ese vestuario.

Caminé por el pasillo corto y empujé la puerta de vaivén de los vestuarios masculinos. Estaba convencida de que la sala estaría vacía, pero me quedé clavada en el umbral al instante.

Noah estaba allí.

Se encontraba de espaldas a mí, de pie frente a un banco de madera. Se había quitado la camiseta térmica, y los pantalones de chándal colgaban peligrosamente bajos sobre sus caderas, revelando la densidad espectacular de los músculos de su espalda.

Pero no fue la anatomía cruda de su cuerpo lo que me robó el aliento.

Un tatuaje inmenso, intrincado y profundamente onírico ocupaba todo el lado derecho de su espalda.

Era el diseño de un gran árbol. Las raíces, dibujadas con un nivel de detalle hipnótico, se hundían y bajaban desapareciendo bajo la cinturilla del pantalón.

El tronco firme y robusto subía por sus dorsales, pero en la parte superior, dos de sus ramas más grandes estaban abruptamente cortadas.

De esos cortes limpios no brotaban hojas, sino dos haces de luz puros, líneas etéreas que ascendían por su omóplato hasta transformarse en dos estrellas brillantes que formaban parte de una constelación delineada sobre su hombro.