Pulse (Wildwater Falls 4) SIETE
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SIETE

Sloane

H abían pasado exactamente cinco días, catorce horas y un sinfín de minutos agónicos desde que Noah Grant había cerrado la puerta de mi despacho.

Cinco días desde el beso. Desde el momento en que me había aplastado contra el ventanal, tomando el control de mi cuerpo y de mis sentidos con una autoridad que todavía me hacía temblar las rodillas en la soledad de mi habitación.

Sabía, por los informes de la base de rescate, que el martes le habían dado el alta médica y había vuelto a volar en el Alfa Uno, pero nuestros caminos no se habían cruzado en los pasillos del hospital.

El sábado por la mañana amaneció frío y brillante.

Mientras aparcaba el coche frente al dojo de Violet, el estómago se me cerró en un nudo doloroso.

No sabía qué esperar de él. La última imagen que tenía de Noah era su mirada oscurecida por la frustración, la incredulidad y el rechazo tras mi negativa.

Me sentía profundamente culpable por haber herido a alguien con tanta luz, por haberlo despachado con excusas que lo reducían a un estereotipo que él no merecía.

Pero seguía convenciéndome de que era lo mejor para ambos. Mi mundo era demasiado complejo.

Bajé del coche, me ajusté el abrigo largo de lana y acompañé a Jonah, que avanzaba a buen ritmo con sus muletas, hasta la entrada del dojo.

Mi plan era cobarde y sin fisuras: entrar, dejar a mi hijo en manos de Noah, dar media vuelta y refugiarme en el Blackbird Coffee durante toda la hora que duraba la sesión.

El plan se desintegró en el mismo instante en que empujé la puerta de cristal.

Noah estaba apoyado contra el mostrador de la recepción.

Llevaba unos pantalones de deporte negros y una camiseta térmica azul de manga larga que se ceñía a su torso, marcando la amplitud de sus hombros y la fuerza de sus brazos.

El aire abandonó mis pulmones. Un rubor traicionero e incontrolable me incendió las mejillas y el cuello al notar lo absurdamente atractivo que estaba.

Me tragué el pánico, levanté mi coraza y preparé mi expresión más educada y amable, esperando encontrarme con un muro de hielo, sarcasmo o una indiferencia punzante.

—¡Noah! —lo saludó Jonah, chocando una de sus muletas contra el suelo a modo de victoria.

Noah se separó del mostrador. Sus ojos color chocolate me encontraron primero a mí, y luego bajaron hacia mi hijo.

No había rencor. En su lugar, una sonrisa deslumbrante, amplia y brutalmente auténtica le iluminó todo el rostro.

Era una sonrisa tan pura, tan carente de fachadas o cinismo, que me desarmó las defensas de un solo golpe.

Noah no jugaba a los resentimientos. Su nobleza era intrínseca.

—Parker. Puntual como siempre —respondió Noah, chocando los puños con mi hijo antes de mirarme directamente—. Buenos días, Sloane.

—Buenos días, Noah —logré articular, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Bueno, yo... yo os dejo trabajar. Volveré en una hora a recogerte, cariño.

Di un paso atrás, lista para huir hacia la seguridad de la calle, pero Jonah me detuvo.

—¡No, mamá, espera! —exclamó mi hijo, girándose hacia mí con urgencia—. Tienes que quedarte. Tienes que ver mis progresos de hoy. Noah y yo hemos estado trabajando en algo toda la semana y quiero enseñártelo.

El pánico me apretó la garganta. Miré a Noah, buscando una excusa, una salida de emergencia que él pudiera proporcionarme, pero él se limitó a meter las manos en los bolsillos del pantalón de chándal, ladeando la cabeza con esa actitud afable.

—El jefe manda, Sloane. Quédate. Prometo que vale la pena.

No tuve elección. Me desabroché el abrigo con dedos rígidos y los seguí por el pasillo hasta la sala trasera de fisioterapia y entrenamiento. El olor a tatami limpio y a esfuerzo físico me envolvió. Me quedé deliberadamente rezagada, pegada a la pared junto a la puerta.

Noah y Jonah se movieron hacia el centro de la sala.

A pesar de la sonrisa genuina de Noah y de su trato impecable, la tensión entre nosotros era un ente vivo.

Cada vez que él flexionaba los brazos para ajustar la postura de Jonah, cada vez que su voz grave, la misma que había gemido contra mi boca, resonaba en la acústica de la sala dándole instrucciones al niño, un latigazo de excitación me recorría la espina dorsal.

Estaba profundamente incómoda y era incapaz de apartar la mirada.

—Bien, socio. Vamos a ello —indicó Noah, colocándose frente a Jonah junto a la pared acolchada—. Disociación de cinturas. Fija la pelvis. El core es tu centro de gravedad. Las piernas no importan si el tronco es de acero.

—Mamá, ¡acércate! —me llamó Jonah, frunciendo el ceño al verme tan lejos—. Desde ahí no vas a ver nada.

Apreté los dientes y me obligué a caminar hasta situarme a apenas un par de metros de ellos. El calor corporal de Noah me alcanzó, mezclado con su olor a cedro. Me ardía la piel.

Jonah entregó sus muletas ortopédicas. Noah las apartó a un lado.

Mi instinto maternal se disparó al ver a mi hijo sin sus apoyos, pero me contuve.

Jonah apoyó la espalda contra la pared acolchada.

Apretó la mandíbula, tensó el abdomen visiblemente bajo la camiseta y, con un esfuerzo titánico por controlar la espasticidad que hacía temblar sus rodillas, logró mantenerse en pie por sí solo.

Pero no se quedó ahí.

—¡Guardia! —ordenó Noah en voz baja.

Jonah alzó ambos brazos, cerró los puños frente a su rostro y, manteniendo el equilibrio contra la pared usando pura fuerza abdominal, ejecutó un bloqueo doble perfecto y luego lanzó dos golpes directos hacia las palmas abiertas que Noah le ofrecía como diana.

El sonido del impacto resonó en la sala.

—¡Eso es! —celebró Noah, agarrándolo por los hombros antes de que las piernas de Jonah cedieran por la fatiga, sosteniéndolo hasta devolverle las muletas.

Me llevé las manos a la boca. Las lágrimas acudieron a mis ojos sin previo aviso, borrosas, nacidas de un orgullo tan inmenso que casi me dolía el pecho.

Mi hijo, el niño al que le costaba horrores dar dos pasos seguidos por los temblores, acababa de sostener su propio peso mientras se defendía con la fiereza de un guerrero.

—Jonah... cariño, eso ha sido increíble —susurré, con la voz rota por la emoción, acercándome para acariciarle el pelo húmedo de sudor.

Jonah me dedicó una sonrisa exhausta pero radiante.

Alcé la vista por encima de la cabeza de mi hijo y miré a Noah.

—Gracias —le articulé, moviendo los labios en silencio, incapaz de ponerle voz a la magnitud de mi gratitud por lo que le estaba regalando a mi pequeño.

Noah no dijo nada. Me sostuvo la mirada, y su sonrisa deslumbrante se suavizó hasta convertirse en un gesto de puro y absoluto orgullo por el chico. Las palabras sobraban por completo.

Casi una hora después la fisioterapia dio paso a las clases de autodefensa. Noah se sentó en el tatami, cruzando las piernas frente a Jonah, y comenzó a instruirlo en los principios básicos de la inmovilización articular.

Me mantuve a una distancia prudencial, apoyada contra la pared.

Observarlos era hipnótico. Noah le estaba enseñando a mi hijo cómo aprovechar la fuerza del oponente mediante palancas de muñeca y bloqueos de codo, movimientos limpios y calculados que Jonah podía ejecutar utilizando exclusivamente el tren superior.

La devoción con la que Noah le prestaba atención era absoluta.

No miraba el reloj. No se distraía. Toda su energía vital, esa luz inmensa que lo caracterizaba, estaba enfocada en asegurarse de que el niño asimilara la técnica.

Y Jonah absorbía cada palabra entusiasmado, desesperado por pasar tiempo de calidad con aquel hombre.

—Gira la muñeca hacia afuera, socio. Busca la articulación, no el músculo —le corrigió Noah en voz baja, dejándose atrapar el brazo para que mi hijo practicara la llave—. Exacto. Ahí lo tienes. Si aplicas presión en ese ángulo, obligas al cuerpo del otro a ceder.

Jonah soltó el agarre, jadeando ligeramente por el esfuerzo, y se secó el sudor de la frente con el dorso de la manga. Se dejó caer un poco contra la pared acolchada para tomar aire, agarrando la botella de agua que Noah le ofrecía.

—Noah... —murmuró Jonah, tras darle un trago largo al agua—. ¿Cómo es posible que sepas tanto de física, de anatomía y de ciencias, y a la vez seas un experto en dar palizas?

Noah soltó una carcajada profunda y ronca que rebotó en los espejos de la sala y me vibró directamente en el bajo vientre. Echó la cabeza hacia atrás, apoyando las manos en el tatami, relajando por completo su postura.

—No te confundas, socio. Yo no doy palizas, aplico contramedidas —bromeó primero, antes de suavizar el tono y encogerse de hombros—. Y la verdad es que, de pequeño, yo era un empollón. Un empollón de los grandes. Un friki absoluto de la ciencia y la física cuántica.

Desde mi rincón, sentí que la curiosidad me arrastraba. Me descubrí a mí misma embelesada, inclinándome imperceptiblemente hacia adelante, deseando beberme cada fragmento de información sobre él, cada pieza del puzle que conformaba a Noah Grant.

—¿En serio? —Jonah abrió mucho los ojos, claramente fascinado por tener algo tan íntimo en común con su héroe—. ¿Y por qué empezaste con el judo y todo esto?

La sonrisa de Noah perdió parte de su brillantez, volviéndose más íntima, teñida de una nostalgia que me encogió el corazón.

—Mi padre era instructor de artes marciales —explicó, bajando el volumen de su voz a un tono grave y confidencial—. Prácticamente nos enseñó a Violet y a mí todo lo que sabemos antes incluso de que aprendiéramos a caminar con soltura. Este dojo era su vida.

Hubo una pausa.