Pulse (Wildwater Falls 4) SEIS #2
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SEIS #2

La presioné contra el cristal del ventanal, obligándola a soportar mi peso.

Sin dejar de besarla, deslicé una pierna entre las suyas, separando sus muslos para encajar mi cadera contra la suya y marcar mi territorio.

Cerré el puño en su cabello rubio e incliné su cabeza hacia atrás para tener un acceso aún más profundo y despiadado a su boca.

La sudadera de Jonah resbaló de sus dedos, cayendo al suelo con un sonido sordo.

Sloane se abandonó al beso por completo.

Sus manos volaron hacia mí. Se aferró a las solapas de mi camisa con desesperación, arrugando la tela, tirando de mí para acercarme aún más, buscando fundirse contra el calor de mi cuerpo.

Sentir cómo la mujer más controlada y hermética del universo se resquebrajaba y se rendía a mí, me mandó un latigazo de excitación pura, densa y oscura directo a la entrepierna.

Gemí contra su boca, perdiendo la cabeza.

Tiré de su pelo suavemente para separarnos un centímetro. Los dos jadeábamos. El aire del despacho se había convertido en fuego. La miré a los ojos; tenía los labios enrojecidos, hinchados por mis besos, y la mirada empañada, brillante de pura necesidad.

—Joder —susurré, con la voz ronca, rota por el deseo, acariciando su pómulo con el pulgar—. Pero qué cosa tan bonita.

Sloane no esperó a que yo tomara el mando de nuevo. Se lanzó a por mí.

Impactó su boca contra la mía en un beso frenético, hambriento y desordenado.

Sus manos soltaron mi camisa y subieron por mi cuello, enredando sus dedos en mi pelo, tirando de los mechones, despeinándome con una urgencia salvaje.

La abracé por la cintura, levantándola levemente del suelo, y correspondí a su desesperación, besándola hasta el fondo.

Nos devoramos mutuamente, sin ritmo, sin descanso, como si a ambos nos faltara el oxígeno y el otro fuera la única fuente de aire en un radio de cien kilómetros.

El sonido seco de los nudillos golpeando la madera de la puerta estalló en el despacho como un disparo.

Nos separamos de un tirón.

El hechizo se rompió en mil pedazos. El silencio regresó de golpe, ahogado únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas.

Tenía el pecho subiendo y bajando de forma errática.

Sloane estaba apoyada contra el cristal, con los ojos desorbitados, las mejillas incendiadas por el rubor y el pecho agitado bajo la seda blanca.

Sloane retrocedió de forma brusca, huyendo de mi calor como si de repente yo estuviera ardiendo.

Se llevó las manos temblorosas al pelo, intentando peinar su media melena rubia. Se alisó la blusa con gestos torpes, tragando saliva con fuerza para serenarse, intentando recuperar la máscara de directora médica en tiempo récord.

—¿Quién... quién es? —logró preguntar, con la voz ligeramente estrangulada, aclarándose la garganta de inmediato para sonar más firme.

El pomo giró y la puerta se entreabrió. La cabeza de la secretaria asomó al interior.

—Perdone la interrupción, directora Parker —dijo la chica, ajena por completo a la carga radiactiva que flotaba en el ambiente—. La junta directiva la está esperando ya en la sala de reuniones de la segunda planta.

Sloane cerró los ojos un segundo y asintió, tensando la mandíbula.

—Gracias, Carol. Diles que bajo ahora mismo.

La secretaria asintió y volvió a cerrar la puerta.

Me quedé quieto, en el centro del despacho. Tenía la sangre ardiendo, los pulmones exigiendo oxígeno y el cuerpo tenso como la cuerda de un arco. Me giré despacio y clavé la mirada en Sloane.

Se agachó con movimientos rígidos para recoger la sudadera gris de Jonah del suelo. Al incorporarse, alisó la tela con un exceso de atención, negándose a levantar la vista más allá del tercer botón de mi camisa.

—Gracias por traerla, Noah —dijo por fin, rompiendo la tensión con un hilo de voz que intentó, sin mucho éxito, sonar profesional—. Tengo... tengo que atender esa reunión. La junta me está esperando.

Hizo ademán de rodearme para llegar a su escritorio, pero di un paso lateral, bloqueándole sutilmente el camino. No la toqué. No iba a invadir su espacio, pero tampoco iba a dejar que huyera como si nada hubiera pasado.

—Sloane, espera —la detuve, manteniendo el tono bajo y firme—. Vamos a tener que hablar de lo que acaba de pasar. No puedes salir por esa puerta y fingir que vamos a seguir ignorando lo que está sucediendo entre nosotros.

Ella negó con la cabeza al instante. Un movimiento rápido, casi desesperado. Sus ojos castaños huyeron sistemáticamente de los míos, fijándose en la estantería de caoba, en el ventanal, en cualquier lugar que no fuera mi rostro.

—No hay nada de qué hablar —replicó, con la mandíbula tan tensa que temí que se hiciera daño—. No puede volver a pasar. Ha sido un error, una... una pérdida momentánea de juicio. No puede suceder nada entre nosotros, Noah. Nada.

Recibí sus palabras como un mazazo directo en las costillas.

El rechazo fue tan frontal que me dejó momentáneamente sin aire.

El sabor de su boca todavía me hormigueaba en los labios.

Hacía apenas unos segundos, ella se había aferrado a mi camisa, gimiendo contra mí, deseando fundirse con mi cuerpo con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.

No entendía cómo podía levantar un muro de hormigón de forma tan repentina.

Apreté los puños a los costados y respiré hondo, obligando a mis pulmones a llenarse de aire para serenar la frustración que empezaba a hervirme en la sangre.

Si la acorralaba ahora, si le exigía explicaciones que no estaba preparada para dar, Sloane se cerraría en banda y ni siquiera querría volver a verme.

Asentí despacio, cediendo, pero negándome a capitular por completo.

—De acuerdo. No te voy a presionar —concedí, modulando la voz para transmitirle seguridad—.

Pero no me mientas, Sloane. Y no te mientas a ti misma.

Lo que acaba de suceder es real. Lo que hay entre nosotros es tangible.

Puedes llamarlo atracción, puedes llamarlo conexión, o puedes usar el término clínico que prefieras, pero esconder la cabeza bajo tierra y negarlo no va a hacer que desaparezca. Al contrario.

Sloane me miró por fin. Esbozó una sonrisa diminuta, frágil y cargada de una melancolía que me encogió el corazón.

—No puede haber nada entre nosotros —repitió, en un susurro teñido de derrota—. No importa lo mucho que ambos lo deseemos. No importa.

La rotundidad de su afirmación me desconcertó.

—No lo entiendo —admití, dando un paso al frente, la urgencia rompiendo mi calma—. Explícamelo. Dime qué es esa barrera insalvable que ves tú y que yo soy incapaz de ver.

Sloane abrazó la sudadera contra su pecho, irguiendo su esbelta y elegante figura, aferrándose a su papel de directora médica como si le fuera la vida en ello.

—Mi vida no es un folio en blanco, Noah.

Tengo responsabilidades ineludibles. Tengo un hijo con necesidades médicas complejas que depende única y exclusivamente de mí, y tengo un trabajo que me exige estar alerta veinticuatro horas al día.

—Su voz se endureció, adquiriendo un tono condescendiente que me sentó como una bofetada—.

Y tú... tú eres un chico joven. Eres espectacular y tienes toda la vida por delante.

Querrás salir, divertirte, no tener horarios, hacer las cosas que hacen los chicos de tu edad sin arrastrar las cargas de nadie más.

Yo no puedo darte eso, y tú no necesitas este nivel de complicación en tu vida.

Me quedé mirándola, completamente alucinado.

Me acababa de reducir a un puto estereotipo. Había anulado mis veintisiete años, mi carrera profesional y todo lo que le había demostrado sobre mí mismo para encasillarme en el papel del niñato que solo busca un par de noches de diversión sin compromiso.

Yo me jugaba la vida colgando de un cable de acero a cincuenta metros de altura en ventiscas bajo cero.

Veía la muerte de frente cada semana. Me pasaba mis días libres rehabilitando la musculatura de su hijo porque creía en él.

¿Y ella pensaba que yo iba a asustarme por un exceso de responsabilidad o porque prefería salir de copas?

Di un paso atrás, interponiendo un metro de distancia gélida entre nosotros. Toda la calidez y el deseo que me habían traído hasta aquí se congelaron en mi pecho.

—Vaya —murmuré, con una dureza en la voz que rara vez utilizaba—. Qué rápido me has evaluado y etiquetado.

—Noah, yo no... —Sloane pareció percibir el daño en mi tono, y su máscara vaciló.

—No te molestes —la corté, alzando una mano—. Creo que ha quedado bastante claro. Te creía mucho más inteligente, Sloane. Pero veo que, después de todo, no me conoces en absoluto.

La dejé con la palabra en la boca. Me di media vuelta, con la mandíbula tan apretada que me dolían los molares, y me dirigí hacia la puerta.

—No te molesto más. Que tengas una buena reunión.

Salí del despacho sin mirar atrás, cerrando la puerta tras de mí con un golpe seco. Caminé por el pasillo de la zona de dirección con grandes zancadas, sintiendo cómo la frustración, el cabreo y el regusto amargo del rechazo me quemaban la sangre en cada paso.