SEIS
Noah
E l lunes por la mañana despuntó con un cielo plomizo que amenazaba con más nieve.
Miré de reojo la sudadera de Jonah doblada sobre la tapicería.
Me había repetido a mí mismo durante todo el trayecto desde mi casa hasta el aparcamiento del Wildwater Regional que solo venía a devolver la prenda. Que era un recado simple.
Mentira.
La verdad, desnuda y aplastante, era que me moría por ver a Sloane.
Si tuviera un gramo de decencia o de sentido común, habría guardado la sudadera en el maletero y esperado al sábado para dársela a Jonah antes del entrenamiento.
Pero la paciencia nunca había sido mi fuerte.
El dolor sordo que aún me latía bajo el omóplato izquierdo me recordaba que estaba de baja, que el Alfa Uno volaría sin mí, y que la única forma de invertir mi tiempo de reposo sin volverme loco era cruzar esas puertas de cristal y robarle un par de minutos a la directora médica.
Atravesé el vestíbulo principal, absorbiendo el olor aséptico a desinfectante y el eco del trasiego hospitalario.
A mitad del pasillo principal, Logan Pierce se cruzó en mi camino.
Mi mejor amigo caminaba con la vista fija en un historial médico, desprendiendo esa concentración que lo convertía en el mejor cirujano ortopédico de la región.
Levantó la vista de las notas al escuchar mis pasos y se detuvo.
—Noah —saludó Logan, escaneándome de arriba abajo con ojo crítico—. ¿Cómo va ese hombro?
—Mejor de lo que merezco. Tengo la firme esperanza de que Hannah me firme el alta pronto —le respondí, esbozando la sonrisa relajada y deslumbrante de siempre.
Logan asintió despacio, cerrando la carpeta.
—Tómatelo con calma. El músculo necesita tiempo para reabsorber el hematoma. No hagas estupideces.
—No te preocupes por mí, Logan. Sobreviviré.
Nos despedimos con un gesto rápido y me dirigí hacia los ascensores. Pulsé el botón de la planta de administración. Al salir, me encaminé directo a la zona de dirección.
La asistente de Sloane, una chica joven del pueblo a la que conocía de vista, levantó la vista de la pantalla al verme llegar. Parpadeó, sorprendida de ver a un técnico sanitario invadiendo el territorio de las corbatas.
—Hola, Noah. ¿Tienes... tienes una cita con la directora Parker? —titubeó.
—No. Solo vengo a dejarle algo que Jonah se dejó olvidado el sábado en el dojo de artes marciales —respondí, mostrándole la sudadera con actitud desenfadada—. Solo necesito un minuto.
La chica dudó un segundo, mirando la agenda en su monitor, pero finalmente asintió y me hizo un gesto hacia la puerta de madera maciza.
Caminé hasta el despacho, levanté la mano y di dos golpes secos con los nudillos.
—Pasa —sonó la voz de Sloane al otro lado.
Giré el pomo y empujé la puerta. El despacho era amplio, dominado por líneas limpias y grandes ventanales que enmarcaban los bosques de coníferas.
Sloane estaba de espaldas a mí, mirando hacia el exterior.
Llevaba unos pantalones de vestir oscuros, ajustados y de talle alto, que delineaban la longitud de sus piernas y la curva esbelta de sus caderas con una elegancia devastadora, combinados con una blusa blanca de seda que caía con suavidad sobre su espalda.
Pero no fue su ropa lo impactante de la escena.
Fue su postura. Sloane se estaba abrazando a sí misma, con los brazos cruzados fuertemente sobre la cintura y los hombros caídos.
El peso del mundo entero parecía aplastarla en ese instante de soledad.
Había una melancolía tan cruda en su figura que un instinto feroz de protegerla me arañó la garganta.
Escuchó el clic de la puerta cerrándose. Creyendo que era su asistente, se giró lentamente, desarmando su abrazo.
Nuestras miradas chocaron.
En cuanto sus ojos castaños me reconocieron, vi cómo los engranajes de su coraza se activaban en una fracción de segundo. La melancolía desapareció, sepultada bajo una sonrisa impecable y profesional que le tensó los pómulos.
—Noah.
De repente, la sudadera que llevaba en la mano me pareció la excusa más patética e infantil del universo. Me sentí como un idiota, un crío de instituto plantado en el despacho de la mujer que dirigía el hospital. Pero ya estaba allí. No iba a retroceder.
—Hola, Sloane —dije, acortando la distancia con pasos medidos—. Siento interrumpir. Vengo a dejarte esto. La sudadera de Jonah, del sábado.
Sloane parpadeó, mirando la tela en mis manos, y soltó un suspiro ligero, casi de alivio.
—Oh. Gracias. Te lo agradezco. —Se pasó un mechón de su impecable melena rubia por detrás de la oreja, ganando tiempo—. ¿Qué tal... qué tal está Violet? Después del encontronazo que tuvo con Cormac ayer en la cabaña de Caleb, me quedé preocupada por ella.
—Violet es dura como el acero, está bien —respondí, suavizando el tono al ver su preocupación genuina—. Aunque te confieso que jamás la había visto estallar de ira de esa manera, y mucho menos gritarle a nadie con esa furia. Mac consiguió pulsar un botón que ni yo sabía que existía.
—Espero que puedan arreglar sus diferencias pronto. El pueblo es demasiado pequeño para estar en guerra.
—Lo harán. O se matarán. Una de dos.
Sloane esbozó una sonrisa diminuta, esta vez más sincera. Y entonces, las palabras se nos agotaron.
Nos quedamos mirándonos. El silencio del despacho se volvió denso, eléctrico, zumbando en mis oídos. El pulso me latía en la sien con tanta fuerza que casi podía escucharlo. Carraspeé, rompiendo la parálisis, y di un último paso hacia ella para entregarle la sudadera.
Sloane levantó la mano para recogerla. Sus dedos fríos rozaron los míos.
La fricción fue mínima, apenas un toque sobre el algodón de la prenda, pero fue suficiente para que nuestras miradas se engancharan como si estuvieran unidas por un imán.
Observé la dilatación de sus pupilas. El contraste de su piel clara contra la seda blanca de la blusa.
Olía a ese perfume floral, limpio y femenino que me había atormentado durante noches enteras.
Era tan jodidamente sexy, tan inalcanzable y perfecta dentro de su mundo ejecutivo, que la necesidad de destrozar esa barrera me nubló la mente.
Bajé la vista hacia sus labios. Estaban entreabiertos, temblando imperceptiblemente.
Me incliné hacia ella. Fue un movimiento de milímetros, una gravedad inevitable tirando de mi pecho hacia el suyo.
Quería besarla. Iba a besarla. Y por un segundo de pura y ardiente vulnerabilidad, leí en los ojos de Sloane la misma urgencia.
Vi cómo el deseo quemaba el miedo, vi cómo su respiración se entrecortaba, lista para ceder, lista para recibirme.
Pero en un parpadeo todo se esfumó.
Sloane cerró los ojos y apretó los labios, retrocediendo medio paso, arrancando la sudadera de mis manos como si la tela estuviera en llamas. La coraza cayó de nuevo sobre sus facciones como un bloque de hormigón.
—Gracias por traerla, Noah —dijo, con la voz ahogada.
Tragué saliva, sintiendo el rechazo como un puñetazo en el estómago. La había acorralado.
—De nada, Sloane —murmuré, endureciendo mi propia expresión, dando un paso atrás para concederle el espacio que tan desesperadamente me exigía—. Nos vemos.
Sloane asintió levemente, incapaz de articular otra palabra.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.
Cerré los dedos alrededor del pomo de metal frío, dispuesto a salir de allí y no volver a cruzar esa línea.
Pero mis músculos se negaron a obedecer.
Me quedé inmóvil, con la espalda tensa, el pomo aferrado en la mano y la respiración contenida, incapaz de marcharme.
Giré el cuello.
Sloane seguía exactamente en el mismo sitio.
Estaba de pie en el centro de la estancia, aferrando la sudadera gris de Jonah contra su pecho como si fuera un escudo.
Tenía la respiración agitada y los labios ligeramente entreabiertos, mirándome con una mezcla de pánico y un anhelo tan crudo que me golpeó como un puñetazo directo al esternón.
La razón se esfumó.
Solté el pomo de la puerta. Me di la vuelta y caminé hacia ella.
No fueron pasos dudosos; fueron zancadas largas, predatorias y decididas, devorando los metros de moqueta que nos separaban.
Al verme avanzar con esa determinación, el instinto de Sloane la obligó a retroceder.
Dio un paso atrás, y luego otro, huyendo de la colisión inminente hasta que su espalda chocó de lleno contra el cristal helado del gran ventanal.
La acorralé de nuevo.
Apoyé una mano en el cristal, a escasos centímetros de su cabeza, encerrándola en mi espacio.
Me incliné sobre ella, invadiendo su campo de visión por completo, y me detuve.
Mantuve el rostro a un palmo del suyo, con la respiración pesada chocando con sus labios temblorosos.
La miré a los ojos, dándole el margen de maniobra que necesitaba.
Un segundo. Una vía de escape. Solo tenía que decir que no, solo tenía que empujarme el pecho, y yo retrocedería al instante.
Pero Sloane no me apartó. Sus ojos castaños me suplicaron que no me detuviera.
El último hilo de mi autocontrol se rompió.
Levanté la mano libre y enganché la nuca de Sloane, hundiendo los dedos en la raíz de su impecable melena rubia con firmeza. Con el pulgar, tracé la línea húmeda de su labio inferior entreabierto, sintiendo su estremecimiento, y descendí sin darle tiempo a pensar.
La besé.
Estrellé mi boca contra la suya, absorbiendo su gemido ahogado.
Me enloqueció al instante. Sabía a café y a algo puramente suyo, un sabor dulce y vertiginoso que me nubló la mente.
Tiré de su nuca para pegarla contra mi pecho, aplastando la seda blanca de su blusa ejecutiva contra la franela áspera de mi camisa.
Sloane cerró los ojos con fuerza, soltó un suspiro trémulo que me vibró en la garganta y abrió más los labios. Cedió. Me dejó entrar. En el momento en que mi lengua rozó la suya, todo el hielo de la directora médica se derritió contra mi cuerpo.