Pulse (Wildwater Falls 4) CINCO #2
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CINCO #2

Me pilló observándolo. Y no apartó los ojos.

El murmullo del salón desapareció. Sus ojos color chocolate se oscurecieron, fijos en los míos, cargados de una electricidad espesa, sexual y devoradora que me robó el aliento.

No pude apartar la mirada. Quise retroceder, quise levantar mis muros, pero me quedé allí, paralizada como un cervatillo, dejándome consumir por el deseo puro que Noah me estaba proyectando desde el otro lado de la habitación.

El hechizo se rompió en mil pedazos cuando la puerta principal se abrió de golpe, trayendo consigo una ráfaga de aire helado.

Patrick O'Malley entró en la cabaña sacudiéndose la nieve de la chaqueta técnica. Apenas había puesto un pie en el recibidor cuando Clover apareció desde el pasillo, cruzándose de brazos, con los ojos echando chispas.

—Típico de ti, O'Malley. Llegando tarde a una comida que empezó hace una hora —le espetó Clover, con la voz cargada de un veneno que no ocultaba la tensión vibrante entre ambos—. Eres un irresponsable de manual.

Patrick se detuvo, apoyando todo su peso en una pierna. Una sonrisa ladeada, chulesca y puramente canalla le transformó el rostro.

—Tranquilízate, muñeca —replicó Patrick, arrastrando las sílabas con la clara intención de hacerla explotar—. Estaba salvando el mundo. Alguien tiene que hacer el trabajo duro mientras tú te dedicas a jugar con las radios.

Clover apretó los puños, a punto de lanzarse a su yugular, y empezó a proferir todo tipos de comentarios sarcásticos que Patrick solo contrarrestaba con un “Vale, muñeca”.

El fragor de la comida fue dando paso al letargo cálido de la sobremesa.

Tras la entrega oficial de los regalos de bienvenida para Mac, el salón de la cabaña se sumió en un murmullo relajado.

Me refugié en la cocina, dispuesta a ser útil, y me uní a Mary O'Malley, Hannah y a mi tía Vera en la tarea de recoger y organizar los restos del bufé.

Mientras secaba una fuente de cristal, mi mirada se desvió por inercia hacia la zona del salón.

Mac estaba sentado en el centro del sofá de cuero oscuro.

A su lado, Jonah y Octavia lo habían acorralado.

Los dos niños lo estaban acribillando a preguntas con una curiosidad insaciable.

Mac, el médico de combate endurecido y hosco que apenas había sonreído en toda la tarde, parecía rendido ante el interrogatorio cruzado de la niña de once años y de mi hijo, respondiendo con una paciencia que le suavizaba levemente las facciones.

—Tengo que admitir que mi ego está sufriendo un duro golpe.

La voz de Noah vibró a escasos centímetros de mí. Me giré, sobresaltada por la suavidad con la que se había acercado. Se apoyó contra el borde de la isla de la cocina, cruzando los tobillos, con los pulgares enganchados en los bolsillos de sus vaqueros.

—¿Tu ego? —pregunté, alzando una ceja y reprimiendo la sonrisa que amenazaba con curvarme los labios.

Noah señaló con la barbilla hacia el sofá.

—Míralos —murmuró, adoptando un tono de falsa tragedia—. Hace un par de horas yo era el héroe absoluto de Jonah. Ahora ha llegado el comando de operaciones especiales y he pasado a ser historia antigua. Me siento profundamente celoso.

Dejé escapar una risa suave, sacudiendo la cabeza mientras dejaba el trapo de cocina sobre el mármol.

—Es solo la emoción por la novedad, Noah —le aseguré, bajando la voz para mantener nuestra propia burbuja—.

Además, Mac no puede competir contigo. Dudo mucho que él esté dispuesto a enseñarle a mi hijo técnicas de artes marciales para inmovilizar a un oponente usando solo los brazos. Ese es tu territorio.

Noah soltó una carcajada baja que me erizó el vello de todo el cuerpo.

—No te confíes, Sloane. Mac ha estado en el ejército. Seguro que se sabe alguna técnica clasificada para dejar inconsciente a un adulto usando solo dos dedos y un clip.

Me reí abiertamente, olvidando por un segundo que debía mantener mis muros elevados. Pero al mirar el brillo divertido en sus ojos color chocolate, mi expresión se volvió seria. El humor dejó paso a una certeza aplastante.

—Nadie puede sustituirte en la vida de Jonah —le aseguré, sosteniéndole la mirada con una intensidad que no me molesté en camuflar—. Lo que haces por él, el tiempo que le dedicas... Nadie podría ocupar ese lugar, Noah.

La broma desapareció del rostro de Noah.

Su expresión se suavizó por completo, despojándose de cualquier escudo, y una sonrisa genuina, profunda y asombrosamente tierna afloró en sus labios.

El pulso me golpeó con fuerza en la base del cuello.

Estar a un palmo de él y ser el único objetivo de esa mirada me aceleraba el corazón a un ritmo peligroso.

Tragué saliva, buscando un salvavidas.

—¿Cómo está el hombro? —le pregunté en un murmullo—. ¿Y el golpe de la espalda?

—Mucho mejor —respondió él, girándose un poco hacia mí, reduciendo la distancia milímetro a milímetro—. Aunque según la dictadura de Hannah, aún debo estar un par de días más de reposo estricto para que la contusión termine de drenar.

—Hazle caso a la jefa de trauma —le advertí medio en broma.

—Siempre obedezco las órdenes médicas, jefa. Por cierto —añadió, cambiando ligeramente el tono—, tengo una sudadera de Jonah en el coche. Se la dejó ayer en el dojo.

—Oh. Perfecto. —Asentí —. Puedes dársela luego, antes de que nos vayamos.

—Claro.

Nos quedamos en silencio. Inmóviles. El aire entre nosotros volvió a espesarse, cargado de una tensión eléctrica y cruda que pedía a gritos romper la distancia. Sus ojos bajaron una fracción de segundo hacia mi boca.

Pero el caos estalló a nuestra espalda.

Un golpe sordo contra la madera del suelo y un grito ronco y furioso rasgaron la tranquilidad del salón. Noah y yo nos giramos de golpe.

Los niños ya no estaban en el sofá. En su lugar, Violet estaba de pie frente a Mac. Un vaso de cristal rodaba por la alfombra y una mancha oscura de bebida empapaba los vaqueros y el regazo de mi primo.

Mac se había puesto en pie de un salto, con los puños apretados y el rostro desfigurado por una rabia instintiva y desproporcionada.

Le estaba gritando a Violet con una hostilidad brutal, utilizando ese tono de mando militar cortante que helaba la sangre.

Cualquier persona en su sano juicio habría retrocedido ante la mole de granito enfurecida en la que se había convertido Cormac Donovan.

Violet no retrocedió ni un milímetro.

Se quedó plantada frente a él, impertérrita, con la barbilla en alto y sus ojos oscuros clavados en los turquesa de él. Soportó el chaparrón verbal durante tres segundos exactos. Al cuarto, la paciencia de Violet se agotó.

—¡Cállate ya, gruñón cavernícola! —le gritó Violet a pleno pulmón, con una furia incendiaria que nadie en esa habitación esperaba.

El salón enmudeció. Todos nos quedamos de piedra. Violet Grant, la instructora de artes marciales seria, introvertida y observadora, acababa de perder los estribos por completo, estallando de rabia frente al hombre más intimidante del pueblo.

Noah no perdió una décima de segundo. Su instinto tomó el control. Se separó de la isla de la cocina y cruzó el salón con zancadas rápidas y precisas.

Clover ya había llegado junto a su hermano, poniéndole una mano en el pecho para frenar su avance, intentando apagar la rabia de Mac, pero fue Noah quien zanjó la escena.

Se interpuso físicamente entre Mac y su hermana pequeña, creando un muro con su propia espalda.

No levantó la voz ni perdió la calma. Su aplomo fue absoluto.

Agarró a Violet del brazo con una firmeza que no admitía debate, la giró hacia la puerta y la obligó a caminar.

Me quedé congelada junto a la isla, con los labios entreabiertos, observando la escena.

En mitad del caos y del choque de trenes que acababan de protagonizar Violet y Mac, la presencia de Noah era la de un ancla perfecta.

Controló la situación, absorbió la furia del ambiente, se despidió de todos con un gesto escueto de la cabeza y sacó a su hermana de la cabaña, llevándosela a rastras hacia el aire helado de la montaña.