CINCO
Sloane
E l crujido de los neumáticos sobre la grava escarchada de Raven Ridge me devolvió de golpe al presente. Había conducido hasta la cabaña de madera y piedra de Caleb y Hannah en una especie de letargo automático.
Apagué el motor y dejé caer la cabeza contra el asiento, liberando un suspiro largo que empañó el aire frío del habitáculo.
Había sido una semana brutal. La junta directiva del hospital, espoleada por los ingresos del seguro tras la riada, me había acorralado en la última reunión para exigirme la apertura inminente de un programa avanzado de cardiología.
Mi frustración era absoluta. Mis esfuerzos, como directora médica, estaban enfocados en asentar nuestras verdaderas especialidades: el trauma pesado, la ortopedia y la urgencia extrema de montaña.
Nuestra unidad de cardiología actual era funcional y más que suficiente para un pueblo como Wildwater Falls; para los casos críticos, el protocolo dictaba el traslado en helicóptero al Hospital de Springwater.
Pero sabía leer entre líneas. Sabía exactamente qué tipo de perfiles estaba buscando la junta para liderar un programa así. Médicos estrella de grandes ciudades. Cirujanos cardíacos de éxito en Portland.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con el noviembre helado me recorrió la espina dorsal. La sola idea de que Richard Hawthorne tuviera una excusa profesional para aparecer por el pueblo me revolvía el estómago. No lo quería cerca. Ni un segundo más del estrictamente necesario.
—Mamá. ¿Vas a salir o te vas a quedar ahí a invernar?
La voz cargada de ironía de mi hijo rompió mi espiral de ansiedad.
Levanté la cabeza. A través del cristal, vi a Jonah.
Ya había abierto la pesada puerta trasera del todoterreno por sus propios medios y estaba encajando los antebrazos en las abrazaderas de sus muletas ortopédicas.
El orgullo desterró la sombra de Hawthorne en un latido.
Verlo utilizar su autonomía, irguiéndose con esa determinación, me arrancó una sonrisa genuina.
Cogí el recipiente hermético del asiento del copiloto y abrí mi puerta. El viento gélido de la montaña nos recibió al instante, impregnado con el olor a leña quemada y a pino húmedo.
—¡Tía Gia! —exclamó Jonah, girándose sobre las muletas con una agilidad sorprendente.
Alcé la vista hacia el sendero de tierra compacta.
Georgia se acercaba caminando desde su propia cabaña, situada apenas a cincuenta metros de la propiedad de los Donovan.
Llevaba un abrigo largo de lana y esa sonrisa que solo reservaba para las personas que realmente amaba.
Abrazó a Jonah con cuidado de no desestabilizarlo, revolviéndole el pelo rubio antes de dedicarme una mirada cómplice.
—¿Son lo que creo que son? —preguntó Georgia, señalando el recipiente en mis manos.
—Las galletas de chocolate de doble horneado —asentí—. Las favoritas de Cormac cuando éramos pequeños. Espero que una ración masiva de azúcar ablande un poco al ogro.
Avanzamos juntas hacia el porche iluminado de la cabaña.
El interior nos envolvió en un abrazo de calor, ruido y olor a carne asada.
La casa estaba a rebosar. Me abrí paso por el salón, saludando primero a mis tíos, Vera y Sean Donovan, que conversaban cerca de la chimenea de piedra.
Luego abracé a Hannah y a Caleb, los anfitriones, y a los padres de Hannah, Mary y Ben O’Malley, que se habían integrado en la familia extendida con una naturalidad preciosa.
El núcleo duro del hospital y la base también estaba allí. Saludé a Ian, que mantenía su mano protectora anclada en la cintura de Savannah; a Logan y a una radiante Avery, que a sus casi cinco meses de embarazo ya lucía una curva incipiente bajo el jersey de lana.
—¡Pero bueno, si es mi físico cuántico favorito! —El grito entusiasta de Clover resonó por encima de las conversaciones.
Mi prima irrumpió desde la cocina y achuchó a Jonah con esa energía arrolladora y risueña que la caracterizaba. Apenas un segundo después, la pequeña Octavia, de once años, apareció como un torbellino, entusiasmada por tener a alguien de su bando entre tanto adulto.
—¡Jonah! Tienes que venir a ver los libros de anatomía nuevos que me ha comprado mi madre —le suplicó Octavia, tirando suavemente de la manga de su chaqueta. Mi hijo no lo dudó un instante y se dejó guiar hacia la parte trasera de la cabaña.
El ambiente era perfecto. Cálido. Seguro. Hasta que la puerta principal volvió a abrirse a mi espalda.
El frío se coló por el umbral durante un segundo, acompañado por dos voces inconfundibles. Noah y Violet acababan de llegar. Se despojaron de los abrigos en el recibidor, saludando al grupo con la distensión y la camaradería de quienes se sienten en casa.
Los ojos color chocolate de Noah barrieron el salón y me encontraron.
El ruido de la sala pareció desvanecerse.
Noah iba vestido de civil, con una camisa oscura de franela que se adaptaba a la anchura de sus hombros con una perfección insultante, y esa sonrisa deslumbrante, cargada de luz y de promesas, estalló en su rostro al mirarme.
Un temblor sordo y violento me subió desde la boca del estómago hasta la garganta.
Le devolví una sonrisa vacilante, dolorosamente tímida, y me obligué a apartar la mirada hacia la chimenea, aterrorizada de que cualquiera en aquella sala pudiera leer la necesidad que sentía cada vez que Noah Grant me sonreía.
Un calor sutil rozó mi brazo. Georgia no se había separado de mi lado.
Mi mejor amiga se inclinó imperceptiblemente hacia mí, ocultando el movimiento tras copa, y su voz fue un susurro directo en mi oído.
—Respira, Sloane —me ordenó en un tono bajo, implacable—. Y recuerda lo que hablamos. Tienes derecho a vivir. Tienes derecho a pasarlo bien, a rendirte y a dejarte llevar, aunque solo sea por una vez en la vida.
Apreté las manos alrededor del recipiente hermético de las galletas hasta que los nudillos me dolieron. Me giré despacio hacia ella, clavando mis ojos aterrados en los suyos, y me mordí el labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor a sangre.
—La última vez que me dejé llevar por un impulso —le susurré, con la garganta ahogada en cenizas—, acabé embarazada a los veinte años.
✽✽✽
Una hora después, el salón vibraba con un bullicio cálido, un murmullo de conversaciones cruzadas, risas y el tintineo de los cubiertos. Hannah había dispuesto la comida en forma de bufé libre, desplegando bandejas humeantes y ensaladas sobre la inmensa isla de cuarzo de la cocina abierta.
Yo me mantenía cerca del extremo de la isla, con una copa de vino tinto a medio terminar entre las manos, observando la escena.
Mis ojos se posaron irremediablemente en mi primo.
Cormac estaba de pie cerca del ventanal.
Llevaba una postura rígida con un rictus excesivamente serio y hosco endureciéndole la mandíbula.
Estaba a años luz del chico bromista, vibrante y descarado que yo recordaba de nuestra infancia y adolescencia, antes de que el Ejército y la medicina de combate lo engulleran.
Parecía un bloque de hielo en mitad del salón, y solo permitía que sus facciones se suavizaran un milímetro cuando Octavia, Jonah, Hannah o Clover se dirigían a él.
Para el resto de los invitados, la barrera de hielo era infranqueable.
Caleb se acercó a mi lado, apoyando la cadera contra el mármol de la isla. Seguí su mirada y comprobé que él también estaba observando a su mellizo.
—¿Cómo está Mac de verdad? —le pregunté en un susurro apenas audible, cuidando que mi voz no superara el ruido de fondo.
Caleb dejó escapar un suspiro largo y pesado, pasándose una mano por el pelo oscuro. Sus ojos turquesa que compartían todos los Donovan, reflejaron una impotencia profunda.
—Honestamente, Sloane, no lo sé —confesó Caleb, bajando aún más la voz—. Ojalá lo supiera. Pero sospecho lo que está pasando y me vuelve loco no saber cómo ayudarlo.
—¿Qué crees que es?
Caleb apretó la mandíbula antes de mirarme de frente.
—Todos nosotros llevamos doce años arrastrando el peso de lo que pasó en aquel autobús.
Doce años cayéndonos, odiándonos y volviéndonos a levantar.
Hemos tenido tiempo para sanar, o al menos para asimilar que Carson no va a volver.
Pero Mac... —Caleb tragó saliva, desviando la mirada hacia su hermano—.
Él estaba desplegado cuando sucedió todo.
Ni siquiera pudo venir al entierro. Tengo la sensación de que para Mac es como si el accidente hubiera sido ayer.
Está en la casilla de salida, con las emociones en carne viva, intentando procesar que el pueblo que él llamaba hogar ya no existe. Y nosotros tampoco somos los mismos.
Asentí en silencio, sintiendo una punzada de dolor por ambos. La fractura de los Donovan era profunda.
—El hospital le vendrá bien —le aseguré, apoyando una mano reconfortante sobre el brazo de Caleb—. Trabajar en Urgencias lo obligará a anclarse al presente. Ayudar a otros a sobrevivir es la mejor forma que tenemos de adaptarnos.
—Ojalá sea así —murmuró Caleb, poco convencido, antes de forzar una sonrisa y alejarse para atender a sus suegros.
Me quedé sola de nuevo en la isla, dándole un sorbo al vino. Dejé que mi mirada vagara por el salón, hasta que mi propio radar interno lo localizó.
Noah estaba junto al respaldo del sofá, riendo a carcajadas mientras charlaba animadamente con Hannah, Savannah y Logan.
La sola visión de su sonrisa me sacudió por dentro.
Sentí que me derretía, que una calidez líquida y pesada se me acumulaba en el vientre, recordándome la fuerza con la que me había sostenido en la calle helada y la intensidad de su mirada en la sala de descanso.
Era tan jodidamente inapropiado. Él era un técnico de rescate joven y radiante; yo era una madre soltera cargada de responsabilidades, con la sombra de Richard Hawthorne acechando en el horizonte.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, Noah levantó la vista en ese preciso instante.