Pulse (Wildwater Falls 4) CUATRO #2
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CUATRO #2

Al girar el cuello, los vi a través de la cristalera.

Ian, Caleb y Sloane se habían quedado en el umbral con los ojos clavados en mí.

Caleb mantenía su postura inquebrantable de piloto, pero Sloane parecía incapaz de apartar la vista de mi omóplato izquierdo.

Sus dedos, finos y adornados con joyería discreta, aferraban el borde del marco de la puerta con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Le guiñé un ojo, curvando los labios en una sonrisa descarada.

—No me estoy muriendo, jefa. Hace falta más que un par de rocas para derribarme.

Sloane no me devolvió la sonrisa. Ni un milímetro. Sus ojos castaños estaban oscurecidos por una angustia visible que me borró cualquier amago de humor del rostro.

—Madre mía, Noah —murmuró Hannah a mis espaldas. Sentí el roce de sus dedos fríos sobre mi piel. Me encogí instintivamente cuando presionó el centro del impacto—. Se te está formando un hematoma del tamaño de una rueda de coche. El tejido blando está reventado.

—Sobreviviré —mascullé, cerrando los ojos para concentrarme en la respiración.

—Vas a tener que hacerte un par de radiografías —dictaminó la cirujana, girándose hacia el dispensador de guantes—. Quiero descartar fisuras en la escápula o en la clavícula antes de dejarte salir de este box.

Me incorporé, tensando los pectorales.

—No hace falta, Hannah. Conozco mi cuerpo. El hueso está intacto. Me pondré hielo y en un par de días estaré...

—Vas a hacerte esas radiografías sin rechistar.

La voz de Sloane restalló en el box como un latigazo.

El silencio cayó a plomo. Giré la cabeza hacia la puerta. Sloane había dado un paso al frente. Tenía la barbilla alta, los labios fruncidos en una línea severa y la mirada ardiendo.

—Vas a dejar que la doctora O'Malley haga su trabajo y no vas a poner una sola pega más, Noah —ordenó, marcando cada sílaba con una firmeza que no admitía la más mínima réplica—. ¿He sido clara?

Por el rabillo del ojo, vi cómo Caleb y Hannah intercambiaban una mirada cargada de electricidad.

Sabía exactamente lo que estaban pensando.

Se estaban preguntando a santo de qué la directora médica del hospital perdía su impecable compostura institucional para imponerle su voluntad a un técnico sanitario por un simple golpe en el hombro.

Pero a mí me daba igual lo que pensaran los demás.

Al verla allí de pie con esa ferocidad protectora vibrando en cada centímetro de su figura esbelta, un calor oscuro, denso y pesadísimo me inundó la sangre.

El dolor de mi espalda desapareció, devorado por una fantasía brutal.

Lo único que quería en ese momento era saltar de la camilla, acorralarla contra la maldita puerta de cristal, usar toda la envergadura de mi cuerpo para encerrarla y besarle esos labios fruncidos hasta que se rindiera en mis brazos.

Me tragué la réplica sarcástica que tenía en la punta de la lengua. Mis ojos se clavaron en los suyos.

—Fuerte y claro —murmuré, inclinando levemente la cabeza, con la voz un tono más ronca de lo normal—. Lo que usted mande.

✽✽✽

Había cedido el box de Urgencias en cuanto me sacaron la radiografía; con la llegada del resto de los heridos de Granite Pass, el hospital necesitaba cada metro cuadrado disponible, y yo me negaba a ocupar una cama por una simple contusión.

Caleb había regresado a la plataforma para revisar los rotores del Alfa Uno tras las vibraciones del rescate, e Ian... bueno, Ian había aprovechado para escabullirse hacia la planta y robarle un beso a Savannah.

Llevaba la parte superior del mono de vuelo técnico desabrochada y anudada a la cadera. La camiseta térmica negra, equipada con una cremallera en el cuello, estaba bajada hasta la mitad de mi pecho para evitar que el tejido me rozara la inflamación de la escápula izquierda.

El clic metálico de la puerta abriéndose a mis espaldas me hizo girar.

Sloane estaba de pie en el umbral. Había cerrado la puerta tras de sí.

Su rostro seguía marcado por esa palidez tensa y preocupada que había exhibido en el box.

Durante un largo minuto, no articuló palabra.

Se quedó inmóvil, con los ojos castaños trazando un recorrido lento, casi táctil, por mi torso expuesto.

Sentí su mirada como una quemadura física mientras escrutaba mi pecho, bajando por la línea del esternón hasta el nudo del mono de vuelo.

La boca se me secó al instante.

—Estoy bien, Sloane —le aseguré. Mi voz salió más ronca de lo que pretendía, rasposa en la intimidad repentina de la pequeña sala—. No tengo nada grave. Solo es el golpe.

Sloane asintió despacio, elevando la barbilla hasta clavar sus ojos en los míos.

—Podría haber sido mucho más grave, Noah —susurró, con un temblor casi imperceptible en la voz.

—Lo sé —concedí, acortando la distancia con un paso lento, dejándole espacio para retroceder si lo necesitaba—. Pero son los riesgos de este trabajo. Jamás se me habría pasado por la cabeza saltar fuera del alcance de la roca y dejar a esa chica desprotegida. No funciono así.

Me detuve a menos de un metro de ella. El silencio se espesó, cargado con el zumbido del tubo fluorescente.

—Hace doce años aprendí de la forma más dura posible lo despiadada que es la montaña —continué, manteniendo el tono firme y sosegado, sin un ápice de autocompasión—.

Aquella noche, en el autobús, entendí que la naturaleza no perdona.

Y lo único que puede marcar la diferencia, lo único que se interpone entre la vida y la muerte, son las personas dispuestas a arriesgarse para salvar a otros.

Sloane dejó escapar un suspiro tembloroso y, para mi absoluta sorpresa, dio un paso hacia mí.

Su cercanía me envolvió de nuevo en ese perfume floral y limpio que me volvía loco.

Alzó la mano, dudando en el aire. Sus dedos, finos y pálidos, se detuvieron a milímetros de mi piel, flotando sobre el inicio de mi clavícula, justo donde el púrpura oscuro del inmenso hematoma asomaba.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó, anticipando el contacto.

Anhelaba que cerrara esa distancia. Quería agarrarle la muñeca, guiar su mano hasta mi pecho y destrozar, de una vez por todas, las malditas barreras que se empeñaba en levantar entre nosotros.

Pero mi propio control frenó el impulso.

Sabía que no debía forzarla; el paso definitivo tenía que darlo ella.

Sloane cerró los ojos, incapaz de cruzar la línea, y dejó caer la mano suavemente a un costado.

—No me gusta que te hagas daño —susurró, con una honestidad tan cruda que me partió el alma.

Abrí la boca para responderle, para prometerle que mi cuerpo estaba entrenado para aguantar esos golpes, pero la puerta de la sala de descanso se abrió de golpe.

Hannah irrumpió en la sala con una carpeta en la mano, seguida de cerca por la imponente envergadura de Caleb. Sloane retrocedió de inmediato, reconstruyendo su armadura en una fracción de segundo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Las placas están limpias, Noah—anunció Hannah, yendo directa al grano con la eficiencia implacable que la caracterizaba como jefa de trauma—.

No hay fisuras en la escápula ni en la clavícula.

El hueso está intacto. Pero tienes una contusión severa de tejidos blandos.

Vas a tener que hacer reposo unos cuantos días y aplicar frío para evitar que el hematoma siga bajando por la espalda.

Asentí, asimilando el diagnóstico con resignación. Sloane exhaló de forma inaudible, visiblemente aliviada de que el diagnóstico.

—De acuerdo. Reposo —confirmé, mirando a Caleb, que me respondió con un gesto afirmativo.

Sloane se aclaró la garganta, rompiendo la tensión acumulada. La incomodidad se había adueñado de ella al verse expuesta de nuevo en un entorno tan íntimo frente a mis compañeros.

—Bueno. Si todo está en orden, yo... yo debería volver al despacho. Tengo muchas cosas pendientes —anunció, recuperando su tono formal de directora médica—. Me alegro de que solo haya sido un susto, Noah.

Se despidió de Hannah y Caleb con un asentimiento educado y salió de la sala con paso rápido.

Me quedé mirando la puerta cerrada. Hasta ese mismo día, había estado convencido de que Sloane Parker pasaba olímpicamente de mí, que toda su distancia nacía de la indiferencia.

Pero tras haber sentido su mirada ardiente en el pasillo, su pánico en el box, la perspectiva había cambiado por completo.

Sloane me deseaba. Estaba interesada en mí de una forma tan visceral que la aterraba. Solo que seguía habiendo una cadena invisible, una carga que yo aún no alcanzaba a ver, impidiéndole dejarse llevar. Y yo estaba absolutamente decidido a descubrir cuál era para romperla.