CUATRO
Noah
E l café de la sala de descanso de la base sabía a rayos, pero a media mañana de un jueves, te mantenía los reflejos alerta.
Estaba apoyado contra la encimera, dándole un sorbo a la taza mientras Caleb miraba distraídamente por la ventana hacia la pista e Ian revisaba un inventario de mosquetones en la mesa central.
La sirena de emergencias desgarró la tranquilidad con un aullido eléctrico.
Dejé la taza de golpe. Ian ya estaba de pie. Caleb cruzó la puerta antes de que el sonido terminara de rebotar en las paredes.
—Desprendimiento en Granite Pass —anunció Clover a través de la megafonía—. Roca y hielo en la cara norte. Hay un grupo de senderistas atrapados en la zona de impacto. Desconocemos el número de heridos.
Granite Pass no era un lugar para cometer errores. Era un paso elevado, un embudo natural de piedra negra y vientos racheados donde la montaña no perdonaba la estupidez ni la mala suerte.
Corrimos hacia el hangar. El olor denso y acre a combustible nos recibió mientras el Alfa Uno encendía rotores.
Subimos a bordo en menos de un minuto, una coreografía ensayada hasta el agotamiento.
Me ajusté el arnés y me coloqué los auriculares con micrófono.
La vibración de la máquina subió por mis botas, un latido mecánico que siempre me centraba.
— Despegamos —confirmó Caleb por el intercomunicador.
El helicóptero se elevó, inclinando el morro, y devoró la distancia hacia el paso de montaña. A través de la puerta lateral Ian escudriñaba el paisaje bajo nosotros con la precisión de un halcón, sujetándose del anclaje superior.
— Visual del objetivo —informó Ian a los pocos minutos, señalando hacia abajo con dos dedos—. A las once.
Me asomé al vacío. El paisaje blanco y gris de Granite Pass estaba marcado por una fea cicatriz de tierra removida, rocas del tamaño de furgonetas y bloques de hielo fracturado.
El desprendimiento había barrido parte del sendero.
En un pequeño balcón natural que había quedado aislado, vi las chaquetas de colores vivos de los senderistas.
— No hay sitio seguro en esa cornisa para posar los patines —evaluó Caleb por el canal interno, su voz desprovista de cualquier tensión, puramente técnica—. Os dejaré en esa cresta elevada, a unos cuarenta metros por encima de ellos. Tendréis que descender a pie.
— Entendido —confirmó Ian—. Prepara el equipo de trauma, Noah .
Caleb maniobró el helicóptero contra las corrientes de aire traicioneras del cañón y lo sostuvo en un vuelo estacionario perfecto.
Los patines rozaron apenas el granito de la cresta superior.
Ian y yo saltamos a la nieve, cargados con las pesadas mochilas rojas de rescate.
Caleb elevó el aparato de inmediato para no desestabilizar la nieve suelta y se mantuvo en órbita.
El descenso por la ladera escarpada exigió crampones y agarres rápidos.
Ian y yo nos movíamos en una sincronización silenciosa.
Al llegar a la repisa donde se apiñaban los senderistas, el caos nos golpeó de frente.
Había llantos y gritos apagados, pero mi barrido visual inicial me tranquilizó: nadie estaba sepultado bajo el granito o el hielo.
—¡Equipo de rescate! —gritó Ian por encima del rugido del viento—. ¡Nadie se mueve! Noah, haz el triaje.
Me moví entre los escombros y el hielo con rapidez. Había cinco personas. Tres de ellos solo tenían magulladuras, cortes superficiales y un shock comprensible, pero los otros dos se habían llevado la peor parte del desprendimiento periférico.
Llegué hasta una chica joven que estaba sentada en el suelo, pálida y temblando, con las manos aferradas a su muslo derecho. Un bloque de piedra del tamaño de un microondas le había aplastado la parte inferior de la pierna y había rodado después hacia el abismo.
Me arrodillé a su lado en la nieve.
—Mírame a mí, no te mires la pierna —le ordené con un tono suave pero firme, atrayendo su atención para sacarla del bucle de pánico—. Soy Noah. ¿Cómo te llamas?
—Sarah —sollozó, con los dientes castañeteando.
Rompí la pernera del pantalón técnico con las tijeras de trauma. La deformidad bajo la piel era evidente. Fractura cerrada de tibia. El hueso no había rasgado el músculo, pero la inflamación era brutal y un movimiento en falso podía seccionar una arteria.
—Alfa Uno, aquí Ian —escuché la voz a mis espaldas, hablando por la radio mientras acorralaba a los ilesos en una zona alejada de la caída vertical—. Activa al Beta Dos. Necesitamos otro pájaro para evacuar a los ilesos. Nosotros sacaremos a los críticos. Prepara la eslinga.
Crucé una mirada con Ian y le hice una señal con la mano, indicando el estado de Sarah. Era la prioridad uno. Con la movilidad reducida a cero y el riesgo de shock por dolor, debía ser la primera en volar.
Ian asintió, organizando el perímetro de seguridad. Yo abrí el botiquín para preparar la férula y la vía intravenosa.
Y entonces, la montaña cedió de nuevo.
Alcé la vista. A unos diez metros por encima de nosotros, un bloque de hielo oscuro y piedra negra se desprendió de la pared. Caía en picado. Directo hacia Sarah.
Podía esquivarlo. Mi cuerpo entero reaccionó al instante; mis músculos se tensaron, listos para impulsarme hacia un lado, fuera de la trayectoria. Pero si yo me apartaba, la roca destrozaría a la chica.
El instinto hizo que mi cuerpo se moviera antes de que cualquier pensamiento cruzara mi mente.
Me abalancé sobre ella. Agarré a Sarah por los tirantes de la mochila y tiré hacia atrás con toda la fuerza bruta de la que fui capaz, utilizando mi propio cuerpo como escudo. La envolví contra el suelo rocoso, dándole la espalda a la montaña, y apreté los dientes.
El impacto sonó como un disparo.
La roca se estrelló contra el granito a medio metro de nosotros, estallando en decenas de fragmentos, pero el cuerpo principal del bloque me golpeó de lleno en el omóplato izquierdo antes de rebotar.
El dolor fue una explosión que me dejó sin aire. Un latigazo de fuego y fuerza contundente que me hundió contra el hielo. Se me escapó un gruñido ahogado, el sabor a polvo invadiéndome la boca.
—¡Noah!
La voz de Ian cortó el aire. Me incorporé como pude, jadeando, escaneando el cielo gris por si caían más escombros, antes de mirar a Sarah.
La chica estaba aterrorizada, pero intacta.
Mantuve mi hombro izquierdo tenso, haciendo un rápido recuento de daños en mi propia anatomía.
Podía mover el brazo. No había nada roto, pero sabía, con la certeza absoluta de la experiencia, que al quitarme la chaqueta tendría un hematoma negro del tamaño de un plato en la espalda y un dolor sordo que me amargaría la vida durante al menos diez días.
Ian se dejó caer de rodillas a mi lado, aferrándome por el equipo.
—¿Estás bien? —me exigió, pasando las manos por mis cervicales y mi hombro buscando lesiones críticas.
—Sí. Sí, estoy bien —jadeé, asintiendo para tranquilizarlo—. Solo ha sido un buen golpe. Sin consecuencias. Mueve a los heridos hacia la izquierda, joder, esto sigue inestable.
Ian no perdió un segundo. Me soltó, activó la radio y su voz volvió a resonar, cortante e imperativa.
—Caleb, aquí tierra. Hemos tenido una caída secundaria. Un impacto no crítico en el equipo de rescate. Extrema las precauciones con las vibraciones del rotor. Empezamos la evacuación ya.
Tragué aire frío, forzando al dolor a quedarse en un rincón de mi cerebro, y me giré de nuevo hacia la pierna de Sarah.
A lo lejos, el rugido de las aspas del Beta Dos empezaba a mezclarse con el de nuestro helicóptero. La adrenalina estaba al máximo. Ignoré el latido de fuego en mi hombro, preparé la férula y seguí haciendo mi trabajo. Nada iba a pararme.
✽✽✽
El Alfa Uno tocó la plataforma del helipuerto del hospital con una contundencia que me hizo estremecer, el dolor en el hombro no había disminuido.
Apenas los patines se asentaron sobre el asfalto, abrí la puerta lateral.
Descargamos las camillas bajo la luz plomiza de mediodía; primero a Sarah, con la pierna inmovilizada, y luego al senderista que se había llevado el impacto en la cadera.
Las puertas de se abrieron de golpe y el equipo de trauma, con Logan Pierce al frente impartiendo órdenes con su habitual frialdad, se hizo cargo de los pacientes en cuestión de segundos, desapareciendo por los pasillos del hospital.
Me pasé el dorso de la mano por la frente, sintiendo cómo el pico de adrenalina empezaba a desmoronarse. Al girarme, me topé de bruces con la mirada de Ian. Estaba de pie junto al umbral, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Puse los ojos en blanco, soltando un resoplido cansado.
—Estoy bien, Ian.
—No vas a ir a ningún lado hasta que yo te eche un ojo a ese golpe.
La voz no fue la de Ian. Hannah O'Malley emergió de las puertas automáticas, impecable con su uniforme quirúrgico y esa autoridad innata que la convertía en la jefa indiscutible del área de trauma.
Pero no venía sola. Un paso por detrás de ella estaba Sloane.
Llevaba su impecable ropa ejecutiva, pero toda su elegancia quedaba ensombrecida por la palidez de su rostro y la tensión rígida de sus hombros.
Estaba fastidiado por el dolor sordo que me taladraba la espalda, pero esbocé una sonrisa torcida, intentando restarle peso al momento.
—Hannah, es solo un golpe. Las rocas de Granite Pass son más blandas de lo que parecen —bromeé, alzando las manos en señal de rendición—. Pero si quieres perder tu valioso tiempo palpándome la espalda, soy todo tuyo.
Hannah me fulminó con la mirada y me señaló con un dedo enguantado hacia Urgencias. Asentí, dócil, y la seguí hasta uno de los boxes vacíos.
El espacio olía a antiséptico y a gasas estériles.
Una enfermera joven se acercó de inmediato para ayudarme.
Me bajé la cremallera central del mono de vuelo técnico y, con cuidado de no forzar la articulación, dejé caer la parte superior de la prenda hasta la cintura, sacando los brazos de las mangas térmicas.