TRES #2
Mantuve los ojos fijos en su silueta en el cristal hasta que giré la esquina.
El contraste era devastador: yo vivía en un mundo gris y exigente, cargado de responsabilidades, y Noah Grant, con su nobleza desinteresada y su imponente presencia, era la criatura más llena de luz que había cruzado mi camino en los últimos doce años.
Y lo deseaba con una intensidad que me aterraba.
✽✽✽
La oscuridad de mi habitación era casi absoluta. Me había deslizado entre las sábanas hace más de una hora, buscando el descanso que mis músculos exigían, pero mi mente se negaba a apagar los motores.
Me giré sobre el costado, hundiendo la mejilla en la almohada fría, incapaz de detenerlas imágenes de lo que había sucedido durante el almuerzo.
Cada detalle volvía a mí con una nitidez abrumadora.
El roce de mi espalda contra el pecho duro de Noah.
La presión firme y posesiva de sus muslos anclándome al asfalto.
El olor inconfundible a madera de cedro y aire helado que desprendía su camisa de franela.
Y, sobre todo, esa sonrisa. Esa maldita sonrisa ladeada, cargada de una nobleza tan desinteresada que me había desarmado por completo.
Me froté el rostro con ambas manos, sintiendo el calor residual en mis propias mejillas.
Mi atracción por Noah Grant estaba completamente fuera de lugar.
Era una irresponsabilidad. Yo llevaba a la espalda la dirección de un hospital al borde del colapso logístico, el cuidado incesante de un hijo con necesidades médicas complejas y una herida en el amor propio que llevaba doce años supurando.
Noah, en cambio, era un técnico sanitario espectacular, un hombre joven, vibrante y lleno de luz, que merecía encontrar a alguien que no estuviera sepultada bajo una montaña responsabilidades.
No podía dejarme llevar. No debía.
Alargué el brazo hacia la mesita de noche, cogí el móvil y marqué el número de la única persona capaz de poner en orden mi caos interno.
—Dime que alguien te ha regalado una botella de tinto y que me estás llamando para compartirla —respondió Georgia, con la voz ligeramente ronca. La había despertado.
—Ojalá, Gia. Ojalá —suspiré, esbozando una media sonrisa en la penumbra—. Solo necesitaba escuchar otra voz que no fuera la mía propia dándole vueltas a todo. Siento haberte despertado.
—¿El hospital otra vez? —preguntó, y pude escuchar el sonido de las sábanas mientras se sentaba en la cama. —Y no me has despertado, no estaba durmiendo.
—No. Hoy he llevado a Jonah a su sesión en el dojo.
—¿Qué tal ha ido?
—Bien. Demasiado bien, de hecho. —Me acomodé bocarriba, clavando la vista en el techo oscurecido—. Jonah ha conseguido convencer a Noah para que le dé clases de artes marciales. Autodefensa.
Georgia soltó una carcajada limpia al otro lado de la línea.
—Ese niño tiene un poder de persuasión letal. Pero seamos sinceras, Sloane: Noah Grant tampoco debe haberse resistido mucho. Se nota a kilómetros que adora a Jonah.
—Lo sé —admití, sintiendo cómo el nudo de mi garganta se aflojaba un poco—. Y me encanta que hayan forjado esa confianza. Jonah jamás ha tenido una figura así en su vida. Alguien presente, alguien que se interese en él genuinamente, que lo escuche y que estimule su cerebro.
—El estímulo intelectual es vital para él, Sloane, no te lo niego —rebatió mi amiga—. Pero el cariño también lo es. Tener a un hombre como Noah cerca, que lo cuida y lo valora por quién es... eso le está cambiando la vida a tu hijo.
Asentí en la oscuridad, dándole la razón en silencio.
—Y tal vez... —dejó caer Georgia, alargando la vocal con una intención que me tensó todos los músculos de la espalda—, Noah también podría ser bueno para ti.
Una risa irónica, áspera y carente de humor, se me escapó de los labios.
—Estoy absolutamente segura de que Noah sería maravilloso para mí, Gia.
Cualquiera querría tener esa luz cerca. Pero también estoy segura de que yo sería un desastre para él.
—Apreté el puente de mi nariz, cerrando los ojos—.
Le complicaría la vida de una forma injusta.
Él no necesita el equipaje que yo arrastro.
No quiero hacerle daño a nadie, y menos a él.
—Estás corriendo demasiado, Sloane —me interrumpió Georgia, su voz volviéndose firme y cortante—. Nadie ha hablado de casarse ni de firmar una hipoteca. ¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro contigo?
—Porque mi vida no tiene espacio para los grises.
—Tu vida no tiene espacio porque tú te niegas a dejárselo.
—Escuché su respiración profunda al otro lado de la línea—.
Sloane... escúchame. Tienes derecho a divertirte.
Tienes derecho a dejarte llevar, a sentirte libre por un rato.
A rendirte y dejar que alguien más tome el control.
Haz algo solo para ti misma, por una vez en la jodida vida.
—Eso es egoísta.
—No es egoísta si ambos sois adultos y estáis de acuerdo en lo que hacéis —sentenció—. No le quites a él la capacidad de elegir qué es lo que quiere. Piénsalo.
—Estamos suponiendo muchas cosas aquí. Quizá todo está en mi cabeza, y Noah no está interesado de esa forma. Quizá solo es amable y simpático y agradable y con una sonrisa como un rayo de sol que duele hasta mirar de lo bonita que es….
—Ay, amiga… tu sólo piénsalo. Creo que el interés de Noah está fuera de discusión.
Nos despedimos poco después. Dejé el móvil sobre las sábanas, sintiendo el eco de sus palabras rebotando en las paredes de la habitación.
«Dejarte llevar. Rendirte. Dejar que alguien más tome el control» .
Un escalofrío puramente físico, un fuego líquido, me recorrió la espina dorsal ante la imagen mental de las manos de Noah inmovilizándome las muñecas, exigiéndome que dejara de pensar y me limitara a sentir.
Estiré el brazo para apagar la lámpara de la mesita, cuando la pantalla del móvil se iluminó de golpe con una vibración continua.
Lo cogí, frunciendo el ceño al ver las notificaciones. Me habían añadido a un grupo de chat nuevo:
OPERACIÓN: DOMAR AL OGRO MILITAR
El grupo había sido creado por Clover. Al abrir la información, vi que la lista de integrantes era inmensa: estaban mis padres, los O'Malley, toda la familia Donovan, y la plana mayor de la base de rescate y del hospital: Ian, Savannah, Violet, Logan, Avery, Georgia y Noah.
Cormac, mi primo y el mellizo de Caleb, llevaba ya una semana de regreso en Wildwater Falls tras su periodo como médico de combate, y su hermana pequeña había decidido que era el momento de organizar una bienvenida oficial.
Los mensajes empezaron a caer en cascada. Estaban organizando el menú y debatiendo sobre qué regalo de bienvenida hacerle.
Clover: Propongo comprarle una taza que diga "Soy un rayo de sol", a ver si se le pega algo. Ahora mismo su nivel de hostilidad asusta a los animales salvajes de Raven Ridge.
Noah: Yo voto por regalarle un saco de boxeo. O quizá ofrezca a Ian como tributo voluntario para que libere tensión.
Ian: Sigue soñando, Grant. Además, tú eres el de las artes marciales. Karate Kid.
Patrick: Cuidado con la taza que eliges, muñeca. A ver si te la va a tirar a la cabeza.
Clover: Cállate , O'Malley. Y no me llames muñeca.
Patrick: Lo que tú digas, muñeca.
No pude evitarlo. Una carcajada genuina me sacudió el pecho en la soledad de mi habitación. Las réplicas ingeniosas de Noah, combinadas con el pique eterno e infantil entre Clover y Patrick, barrieron los restos de mi agotamiento.
Respondí al grupo confirmando la asistencia de Jonah y la mía para la cena, bloqueé la pantalla y la luz azul desapareció, devolviéndome a la oscuridad de mi cuarto.
Me acomodé por fin contra las sábanas. Cerré los ojos, pero esta vez, la ansiedad había desaparecido.
Me dormí con una sonrisa curvándome los labios.
En apenas unos días, en aquella fiesta, tendría otra oportunidad de estar cerca de Noah, lejos del hospital, de los uniformes y de las camillas de rehabilitación.