Pulse (Wildwater Falls 4) TRES
7%

TRES

Sloane

L a camarera se acercó a nuestra mesa equilibrando las bandejas con una destreza envidiable.

Dejó el sándwich de pastrami y el café negro frente a Noah, dedicándole una sonrisa que iluminó toda su cara.

Era educada con nosotros, por supuesto, pero la devoción con la que le rellenó el vaso de agua a él rozaba la reverencia.

Noah le devolvió una sonrisa amable, un gesto cortés que no daba el menor pie al flirteo, y de inmediato centró toda su atención de nuevo en Jonah y en mí.

Acomodé mi postura contra el respaldo de la silla, cruzando mis piernas bajo la mesa.

Físicamente, sabía que era una mujer atractiva; mi figura era esbelta, cuidaba mi aspecto y la elegancia se había convertido en mi segunda piel.

Pero al mirar a Noah, me sentí dolorosamente consciente del abismo que nos separaba.

Noah era imponente. Su metro ochenta y cinco de puro músculo y agilidad llenaba el espacio de la mesa, irradiando una calidez magnética que te atrapaba sin remedio.

Era como un foco de luz pura en mitad del invierno.

No me extrañaba en absoluto que la camarera, o cualquiera en este pueblo, gravitara hacia él intentando absorber un poco de esa energía.

Mi diferencia con él no se medía en arrugas ni en pérdida de atractivo físico, sino en la pesada mochila de responsabilidades que llevaba a la espalda desde hacía doce años.

Esa era la carga que me hacía sentir mayor, fuera de lugar, y sin el más mínimo derecho a desearlo.

—Y bien, Sloane —dijo Noah, apoyando los antebrazos en la mesa y fijando sus ojos color chocolate en los míos, derritiendo el hielo de mi barrera profesional—. ¿Cómo va la reconstrucción del sótano tras la riada? He oído que el ala de trauma vuelve a estar operativa.

Dejé escapar un suspiro involuntario, rindiéndome a la sinceridad que él siempre me inspiraba, y me froté la sien.

—Operativa, sí, pero la gestión ha sido una auténtica pesadilla —confesé—. Lidiar con la junta directiva del hospital me agota más que las guardias dobles. Quieren aprovechar la inercia de los daños materiales para abrir una nueva especialidad en el hospital. La lucha con ellos es constante.

Noah me escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra con una atención absoluta. No me interrumpió, ni me ofreció soluciones de manual. Simplemente me escuchó cómo si de verdad le importara lo que yo tenía que decir.

Desvié la mirada hacia Jonah. Mi hijo le daba un mordisco a su almuerzo, relajado, integrado en la conversación de los adultos como si fuera lo más natural del mundo.

Noah le ofrecía un modelo de hombre dispuesto a validarlo por su inteligencia, sin compasión.

Pensar en lo inmensamente beneficioso que resultaba para mi hijo tener a alguien así a su lado me oprimió el pecho con una mezcla de gratitud y anhelo.

—Pero al menos mi esfuerzo está dando frutos —continué, forzándome a mantener el tono profesional para enmascarar el aleteo traicionero de mi estómago—.

Con la incorporación de Cormac el mes que viene, el equipo de Urgencias va a dar un salto cualitativo brutal.

Si todo sale según lo planeado, por fin completaré mi proyecto: convertir el Hospital Regional en un centro de trauma y emergencias de primer nivel.

Noah ladeó la cabeza, y una sonrisa se le dibujó en los labios.

—El trabajo que has hecho en los últimos años es increíble, Sloane. Has ido ejecutando ese plan maestro pieza a pieza. Fichar a los mejores... Lograr que Hannah y Logan volvieran a casa. Nadie más habría podido hacerlo.

Sentí que un rubor cálido me subía por el cuello. No estaba acostumbrada a que me elogiaran desde el respeto más absoluto.

—Hannah y Logan son la élite del bisturí, es cierto —repliqué, restándole importancia con un gesto suave de mis manos bien cuidadas—.

Pero la cirugía de trauma no sirve de nada si el paciente no llega vivo a la mesa.

El éxito de un hospital como el nuestro radica en Urgencias y, sobre todo, en los equipos de primera intervención.

Si vosotros, si el equipo Alfa no fuerais tan excepcionales sacando a la gente de la montaña, nada saldría bien.

El pecho de Noah se ensanchó. Asintió con lentitud, recibiendo el reconocimiento con un orgullo sereno, plenamente consciente de la importancia de su trabajo en la base aérea.

Jonah, que había estado devorando su plato con la atención dividida, vio la brecha perfecta y no dudó en atacar.

—Hablando de ser excepcionales y de técnicas de intervención... —Jonah se limpió la boca con la servilleta de papel y clavó su mirada más suplicante en Noah—. ¿Qué hay de las clases de artes marciales? Dijiste que me enseñarías.

Noah soltó una risa ronca, un sonido que me vibró directamente en el vientre, y levantó ambas manos en señal de rendición.

—Eh, frena, socio. Ya te lo he dicho antes. Yo soy un mandado. La jefa es tu madre. Si ella no da el visto bueno, yo no muevo un dedo.

Los dos giraron la cabeza hacia mí al unísono.

Jonah me miraba con una esperanza tan viva e ilusionada que casi me rompía el corazón. Y a su lado, Noah me observaba con esa sonrisa ladeada, cómplice y devastadoramente atractiva, que me desarmaba y hacía que el pulso se me desbocara bajo el suéter de cachemira.

Dejé escapar una sonrisa cálida y asentí.

—De acuerdo —concedí, clavando mis ojos oscuros en los de Noah—. Técnicas de autodefensa.

—¡Sí! —gritó Jonah, alzando los puños al aire con un entusiasmo que hizo girar un par de cabezas en la cafetería.

Noah se echó a reír a carcajadas. Verlos a los dos así, tan inmensamente felices, celebrando una pequeña victoria cotidiana, hizo que una ola de calidez me envolviera el alma. Por un instante precioso, mis propios miedos se disolvieron por completo.

✽✽✽

El frío cortante de noviembre nos recibió como una bofetada al abandonar el refugio del Blackbird Coffee .

Caminé un paso por detrás de Jonah, observando cómo mi hijo manejaba las muletas sobre la acera húmeda con una soltura renovada, animado por la promesa de las clases de defensa personal.

Estaba tan ensimismada observándolo, con la mente todavía enredada en la cadencia de la risa de Noah y en la forma en que su mirada me había desarmado en la cafetería, que no presté atención al asfalto.

Al bajar el bordillo para cruzar la calle, la suela de mi bota encontró una placa de hielo camuflada bajo la escarcha.

No llegué a caer.

Los brazos de Noah me rodearon la cintura como bandas de acero.

Me alzó ligeramente, tirando de mí hacia atrás y mi espalda chocó de lleno contra el muro duro y ancho de su pecho.

Sus muslos se tensaron contra la parte posterior de mis piernas, anclándome al asfalto, sosteniendo todo mi peso con una facilidad insultante.

Me quedé completamente paralizada. El oxígeno se atascó en mi garganta.

Estaba atrapada contra él, rodeada por el calor abrasador que desprendía su cuerpo.

El segundo impacto fue su olor: un rastro limpio a madera de cedro y a jabón masculino, tan intenso que me nubló el raciocinio.

Apenas me atreví a girar el rostro sobre mi hombro.

Noah tenía la mandíbula tensa a centímetros de mi sien.

Nos rozábamos en cada inhalación. Mi cuerpo, se aflojó instintivamente en su agarre.

Me enderezó con una lentitud agónica, asegurándose de que mis botas estuvieran firmes sobre el asfalto antes de aflojar su brazo en mi cintura.

—Lo... lo siento —murmuré, con la voz convertida en un hilo tembloroso, alisando el bajo de mi suéter violeta con manos torpes.

Me giré para captar su mirada. Y lo que vi fue el fantasma de una sonrisa ladeada y un calor en sus ojos que me secó la boca por completo.

—Es una suerte que estuviera yo aquí para atraparte, Sloane.

Su voz grave había bajado un tono hasta convertirse en un susurro, tragué saliva de forma compulsiva.

—¡Vaya, mamá! —exclamó Jonah desde el otro lado del coche, ajeno por completo a la tormenta eléctrica que acababa de desatarse entre nosotros—. Ahora resulta que eres tú la que tiene piernas de polluelo.

El comentario inocente de mi hijo —utilizando la misma expresión tierna que mi padre usaba para quitarle hierro a los temblores de su espasticidad— me devolvió de golpe a la realidad.

Un rubor violento me incendió las mejillas.

Me sentí profundamente fuera de lugar, una mujer adulta perdiendo el control de su propio cuerpo y de sus emociones en medio de la calle principal, pero cuando miré a Noah, él no se estaba riendo de mí.

Estaba tranquilo, sosegado, y se limitó a sonreírme con una calidez que me dejó completamente hechizada.

Noah rodeó el vehículo y ayudó a Jonah a acomodarse en el asiento trasero chocando los puños con él.

—La semana que viene empezamos con los bloqueos, socio. No te olvides.

—¡No lo haré! —respondió mi hijo, rebosante de energía.

Noah cerró la puerta trasera y se giró hacia mí. Nos quedamos frente a frente, de pie junto a la puerta del conductor. Un minuto entero se escurrió en el silencio de la calle semipeatonal. No hacían falta palabras; la electricidad seguía ahí, vibrando en el espacio que nos separaba, densa y pesada.

Finalmente, Noah tomó las riendas de la situación. Dio un paso atrás, esbozando otra de esas sonrisas suyas, luminosas y desinteresadas, y alargó la mano para darme un leve y reconfortante apretón en el brazo.

—Nos vemos, Sloane.

—Adiós, Noah. Gracias —le respondí, esbozando una sonrisa tímida, sintiendo la presión de sus dedos calándome hasta el alma, mucho después de que me hubiera soltado.

Me subí al coche y arranqué el motor con las manos aún temblorosas.

Al poner rumbo hacia mi cabaña, mi mirada voló por instinto hacia el espejo retrovisor.

Noah no se había marchado. Se había quedado apoyado contra el lateral de su propio todoterreno, con los brazos cruzados sobre el pecho y una pose profundamente masculina y arraigada, observando cómo mi coche desaparecía por la calle.