DOS #2
Dimos la sesión por finalizada. Acompañé a Jonah, que se movía con sus muletas, hacia la zona donde nos esperaba Sloane.
Ella no hizo el menor ademán de levantarse o de correr a ayudar a su hijo; se quedó quieta, dándole el espacio perfecto para que él maniobrara con autonomía, llegara al banco contiguo y descansara.
Era evidente que se estaba conteniendo y eso me resultó aún más fascinante.
Confiaba en su hijo, y esa era la mejor forma de que Jonah también confiara en sí mismo.
Me detuve frente a Sloane. Ella alzó la vista, encajando sus ojos castaños en los míos.
—Disculpa —murmuré, inclinándome sobre su espacio personal.
Pasé el brazo derecho por detrás de su espalda para alcanzar mi toalla.
Al hacerlo, acorté la distancia entre nosotros a cero.
La cara interna de mi antebrazo rozó su hombro.
El calor de su cuerpo traspasó la lana del suéter violeta, y de repente, su aroma me envolvió por completo.
Olía a mujer, a aire frío, a jabón limpio y a algo floral, un rastro que me aceleró el pulso de inmediato.
Sloane se quedó completamente paralizada.
Con mi rostro a escasos centímetros del suyo, vi cómo se le cortaba la respiración.
Su pecho subió en una inhalación abrupta y el pulso le empezó a latir deprisa, desbocado, en el hueco de la clavícula.
Detrás de sus enormes ojos asustados, bajo toda esa capa de responsabilidad, había una chispa pura de necesidad que respondía exactamente a la mía.
Nos quedamos mirándonos un segundo de más. Una eternidad suspendida donde nadie respiraba.
—Noah.
La voz de Jonah rompió la burbuja. Sloane parpadeó rápidamente, apartando la vista como si se hubiera quemado, y tragó saliva, aferrándose al borde de su asiento.
Me enderecé lentamente, con la toalla en la mano, y miré al chico.
—¿Qué pasa, socio?
—¿Te vienes a almorzar con nosotros? —preguntó Jonah, con la ilusión desbordándole en la voz—. Aún no me has explicado qué opinas sobre la singularidad de los agujeros negros, y tengo un par de teorías.
Mantuve el silencio. Desvié mis ojos hacia Sloane. La vi debatiéndose internamente, buscando una excusa para huir, hasta que miró la cara de anticipación absoluta de su hijo. Sloane se mordió el labio inferior con fuerza, y asintió levemente hacia mí.
Una sonrisa lenta y satisfecha se me dibujó en la cara.
—Será un placer —le confirmé a Jonah, clavando mi mirada de nuevo en Sloane—. Me muero de hambre.
✽✽✽
El vapor de las duchas aún se aferraba a mi piel cuando salí del vestuario.
Llevaba el pelo húmedo, revuelto tras habérmelo secado a medias con la toalla, y me había enfundado en mi ropa de calle, unos vaqueros desgastados, una camiseta básica oscura y una camisa de franela desabrochada.
Al final del pasillo, en la zona de recepción, divisé a Sloane y a Jonah esperándome. Clover y Octavia ya se habían marchado.
Hice ademán de avanzar hacia ellos, pero una mano pequeña y firme se interpuso en mi camino, frenándome en seco agarrándome por la camisa.
Violet estaba apoyada contra el marco de la puerta de su despacho. Tenía los brazos cruzados sobre su kimono de instructora y esa inconfundible media sonrisa sarcástica que reservaba exclusivamente para mí.
—La abuela nos quiere en casa para la cena de este sábado —murmuró mi hermana—. No te retrases. Y ni se te ocurra aparecer con las manos vacías, le debes un postre desde que te saltaste la comida del domingo.
—No llegaré tarde, tranquila —le aseguré, pasándole una mano por el hombro con afecto—. Solo voy a cruzar la calle para almorzar con Jonah. Estaré en casa de sobra para aguantar los interrogatorios de Gladys.
Violet arqueó una ceja oscura. Sus ojos escudriñaron mi rostro.
—No te engañes, hermanito —replicó, arrastrando las palabras con una suavidad letal—. Vas por Jonah, sí. Pero también vas por Sloane.
Sentí que el calor me subía a la nuca, pero mantuve la expresión imperturbable. Violet me conocía demasiado bien. Sabía leer mis silencios mejor que nadie en este pueblo.
—No te hagas ideas locas en la cabeza, Vi —contesté, sacudiendo la cabeza con una risa seca—. Sloane pasa olímpicamente de mí. Apenas me mira.
La sonrisa de Violet se ensanchó un milímetro.
—Ya veremos, Noah. Ya veremos.
Me soltó la camisa con una palmada en el pecho y me dejó vía libre.
Recorrí los metros que me separaban de los Parker obligando a mi pulso a mantener un ritmo estable.
Jonah estaba apoyado en sus muletas ortopédicas.
Sus hombros delataban la fatiga muscular de la sesión de fisioterapia, pero su rostro irradiaba una ilusión que me borró cualquier otra preocupación de la cabeza.
A su lado, Sloane evitó mi mirada de forma casi clínica, fijando su atención en abrocharle la chaqueta a su hijo, pero la suave sonrisa que curvaba sus labios al ver a Jonah tan exultante la delataba.
Me centré en el crío, asumiendo mi papel. Entendía la distancia de Sloane; la respetaba. Jonah, en cambio, reclamaba y merecía toda mi atención.
—¿Listo para reponer calorías, socio? —le pregunté, abriéndole la puerta del dojo para salir a la calle.
—Me comería un rinoceronte —aseguró Jonah, emprendiendo la marcha por la acera húmeda a un ritmo constante.
—Tendremos que conformarnos con los sándwiches del Blackbird , están fuera de temporada de rinocerontes.
Jonah soltó una carcajada, y mientras cruzábamos la calle semipeatonal bajo el cielo plomizo, me dediqué a mantener esa risa viva. Sloane caminaba a mi izquierda, en silencio. Respetando la distancia de seguridad que ella misma había marcado.
Al empujar la pesada puerta de madera negra del Blackbird Coffee , la campanilla tintineó y el contraste térmico nos golpeó el rostro.
El interior era un refugio. Olía a canela, a pan recién tostado y a lana húmeda secándose cerca de los radiadores.
Identifiqué de inmediato una mesa redonda en el lateral, con suficiente espacio entre las sillas para que Jonah no tuviera que maniobrar demasiado con las muletas.
Me adelanté un paso, retirando la silla para Sloane con un gesto fluido, sin hacer un espectáculo de ello. Ella murmuró un agradecimiento tenso, y luego ayudé a Jonah a acomodarse, apartando las muletas a un rincón seguro donde no entorpecieran el paso, pero estuvieran a su alcance.
Apenas nos habíamos sentado y abierto las cartas cuando una camarera se acercó a nuestra mesa. Era una chica del pueblo, de la quinta de Clover y Violet, con el pelo recogido en una coleta alta y una libreta en la mano.
—¡Noah! —exclamó con una sonrisa deslumbrante, apoyando el peso en una cadera—. Qué alegría verte por aquí. Te vi en las noticias la semana pasada por lo de la inundación. El mono de rescate te queda de escándalo.
La chica era pura dulzura. Su coqueteo no tenía malicia ni doble fondo; simplemente era transparente. Saludó a Sloane y a Jonah con la misma amabilidad abierta. Para ella, yo solo era el técnico sanitario local almorzando con el niño al que entrenaba y su madre. Nada más.
—Hicimos lo que pudimos, el mérito es de todo el equipo —le respondí, regalándole una sonrisa educada y afable, pero cortando de raíz cualquier hilo de flirteo—. Yo tomaré el sándwich de pastrami y un café negro, por favor. ¿Vosotros qué vais a querer?
Desvié toda mi atención hacia Sloane y Jonah. La camarera tomó nota con rapidez, ajena a mi muro invisible, y se marchó hacia la barra.
Me recosté en la silla, estirando las piernas bajo la mesa, y me centré de nuevo en Jonah, preguntándole por el último libro de astrofísica que le había prestado. Fue entonces, justo cuando la camarera desaparecía tras la máquina de café, cuando Sloane carraspeó suavemente.
—Noah —murmuró. Alcé la vista y, por primera vez en toda la mañana, sus ojos castaños no huyeron de los míos.
Estaba apoyando los antebrazos sobre la mesa, con los dedos entrelazados alrededor de la servilleta de papel—.
¿Cómo han ido las cosas en la base estas últimas semanas?
Sé que después de la riada la logística ha debido de ser una pesadilla.
La sorpresa me detuvo el pulso una fracción de segundo. No parecía la directora médica hablando en tono profesional, era Sloane interesándose por mí.
Una sonrisa genuina se abrió paso en mi rostro.
—Ha sido un caos interesante —admití, bajando el tono, inclinándome imperceptiblemente hacia ella—. El hangar sur estuvo a punto de convertirse en una piscina cubierta, y tuvimos que improvisar una pista de aterrizaje secundaria. Caleb casi se sube por las paredes.
Le conté un par de anécdotas sobre los malabares técnicos que habíamos tenido que hacer. Le hablé de las broncas de Ian con los proveedores y de cómo Clover había logrado coordinar tres rescates simultáneos.
Mientras hablaba, observé cómo la armadura de Sloane se agrietaba milímetro a milímetro. La tensión abandonó sus hombros. Sus dedos dejaron de estrujar la servilleta y una risa cristalina se le escapó cuando le describí la cara de Caleb al aterrizar sobre un barrizal.
Sentado allí, con el murmullo de la cafetería de fondo, viendo a Jonah sonreír al escuchar mis anécdotas y a Sloane relajarse por fin, supe que estaba perdido. Completamente perdido. Y no me importaba en absoluto.