DOS
Noah
Jonah flexionó los brazos con un control agónico y dejó que sus pies tocaran el suelo del tatami.
Sus piernas, atenazadas por la rigidez constante de la espasticidad, cedieron ligeramente al recibir el peso, pero yo ya estaba allí, sujetándolo con firmeza por el cinturón pélvico hasta que encontró el equilibrio.
—Buen trabajo —lo elogié, dándole un apretón suave en el hombro—. Esa estabilización del core ha sido impecable. Sé que quema, pero es lo que te dará la potencia para volar con las muletas ahí fuera.
—Creo... creo que mis tríceps se quieren ir de vacaciones —jadeó, regalándome una media sonrisa exhausta.
—Se lo han ganado. Tómate un respiro, vamos a hidratarnos antes de pasar a los estiramientos de isquiotibiales.
Lo acompañé a paso lento hasta el lateral de la sala de rehabilitación.
Le serví un vaso de agua fría del dispensador y luego llené otro para mí.
Jonah se dejó caer en una de las sillas de plástico reforzado con un suspiro sordo, mientras yo me sentaba en el banco de madera a su lado, apoyando los antebrazos en las rodillas.
Lo observé de reojo. Jonah no era un niño común. Tenía una madurez forjada a base de esfuerzo físico y de observar demasiado el mundo de los adultos.
—¿Cómo estás, socio? —le pregunté, bajando el tono—. ¿Cómo van las cosas por el colegio? ¿Y en casa?
Jonah hizo rodar el vaso de plástico entre las manos. Su mirada se fijó en el patrón geométrico del suelo de linóleo.
—En general, bien —respondió, encogiéndose de hombros—. El colegio es el colegio. Me aburro mortalmente, pero al menos tengo a mi grupo, así que sobrevivo.
—¿Y en casa?
Hubo una pausa. Un leve tic de preocupación le ensombreció los ojos castaños, tan idénticos a los de Sloane.
—Todo bien, supongo —murmuró, arrastrando las palabras—. Pero... no sé. Veo a mi madre más estresada de lo normal. Está trabajando muchísimas horas.
Sentí una punzada de empatía. Sabía la carga aplastante que Sloane llevaba sobre los hombros.
—Es normal que te preocupes, Jonah —le dije, midiendo mis palabras, proyectando toda la calma de la que era capaz—.
Tu madre es la directora médica. Desde las inundaciones de hace unas semanas, el hospital ha estado al borde del colapso.
Ha tenido que gestionar un nivel de caos brutal para que todos nosotros pudiéramos hacer nuestro trabajo.
Pero lo peor ya ha pasado. Las cosas están volviendo a la normalidad, dale un poco de tiempo.
Jonah volvió a encogerse de hombros, pero esta vez el movimiento estuvo cargado de una inseguridad que no le pegaba nada.
—¿Hay algo más, socio? —presioné suavemente, inclinándome hacia él.
—Ya estaba estresada antes de la riada —confesó, alzando la vista hacia mí, buscando un anclaje—. Lleva así desde antes de mi cumpleaños, en octubre.
El cumpleaños de Jonah. Habíamos ido casi todos los equipos de emergencias. Recordaba la fascinación en el rostro del crío al ver a Ian, a Caleb y a la mitad de la base aérea invadiendo su jardín. Todo había sido ruidoso, alegre y cálido, hasta que apareció el doctor Richard Hawthorne.
Su padre biológico.
Solo recordar la escena me hizo apretar la mandíbula con tanta fuerza que los molares me crujieron.
No suelo odiar a la gente; en mi línea de trabajo, el rencor es un lujo que te distrae.
Pero el desprecio que sentía por ese hombre era visceral.
Hawthorne era un cirujano de éxito en Portland, un narcisista de manual que había seducido a Sloane cuando ella apenas tenía veinte años.
La había dejado tirada con un niño al que jamás había prestado atención, apareciendo esporádicamente solo para alimentar su propio ego y destrozar la estabilidad de ambos.
El día de la fiesta, Hawthorne había irrumpido arruinando el ambiente. Recordaba perfectamente cómo, al quedarme rezagado para ayudar a recoger, la había visto a través del cristal de la cocina. Sloane, estaba llorando en silencio mientras se afanaba en recoger los restos de comida de la fiesta.
Me hervía la sangre al pensar en el daño que ese imbécil dejaba a su paso. Pero Jonah no necesitaba mi rabia.
—Tu madre es una persona brillante, Jonah —dije, apartando a Hawthorne de mi mente—.
Y es cierto que tiene unas responsabilidades enormes.
Pero te prometo una cosa: no hay nada en este mundo que le importe más que tú.
Todo lo que hace, cada hora extra que trabaja, lo hace para asegurarse de que tú estés bien.
No lo digo para que te sientas culpable ni nada así.
Ella lo hace con todo el amor del mundo, porque lo único que quiere es lo mejor para ti.
Jonah asintió despacio, y la rigidez de sus pequeños hombros se aflojó.
—Lo sé —susurró.
—Además —añadí, esbozando una sonrisa torcida—, apostaría lo que fuera a que también está estresada intentando entender tus teorías sobre física cuántica.
El otro día me dejaste el cerebro frito explicándome la dilatación temporal.
¿De verdad el tiempo va más lento si viajas a la velocidad de la luz, o te lo inventaste para ganarme la discusión?
La chispa regresó a sus ojos al instante.
—¡Es la teoría de la relatividad especial, Noah! —exclamó, riendo con ganas, un sonido abierto y libre de sombras—. No me lo inventé.
Me reí con él, sintiendo una calidez inmensa en el pecho. Me encantaba estar con aquel crío. Su inteligencia, su amabilidad y su sentido del humor me resultaban magnéticos.
Y mientras lo veía reír, un pensamiento furtivo se me clavó en la mente.
Ojalá. Ojalá pudiera tener esta misma conexión libre y honesta con su madre.
El deseo me asaltó sin previo aviso, apretándome los pulmones.
Recordé el día del rescate en el sótano inundado, cuando sacamos a Savannah de las entrañas del Hospital Regional.
Recordé el pánico en el rostro de Sloane, el momento exacto en que rompió todo su protocolo y voló hacia mí para abrazarme a la vista de todos.
El peso de su cuerpo contra el mío, su olor, la forma en que sus dedos se aferraron a mi arnés como si yo fuera su única tabla de salvación.
Por un segundo ilusorio, había creído que me veía de verdad.
Pero la realidad era que Sloane Parker había tardado apenas unas horas en reconstruir su muralla de hielo, parapetándose detrás, empeñada en mantener entre nosotros una barrera que ella creía insalvable.
—Bueno, Einstein —dije, poniéndome en pie de un salto, desterrando el recuerdo de los labios de Sloane antes de que mi propio cuerpo reaccionara a él—. Suficiente descanso. Vamos al tatami. Es hora de estirar esos tendones antes de que te conviertas en una estatua.
Media hora después observaba la mueca de dolor en el rostro de Jonah mientras lo ayudaba a estirar sus piernas.
—Exhala despacio, socio. No luches contra el músculo, déjalo ceder.
Yo sostenía el talón derecho de Jonah con una mano y, con la otra, empujaba suavemente la punta de su pie hacia la rodilla para elongar el tendón de Aquiles.
La resistencia de la espasticidad era constante, como intentar doblar la rama de un árbol viejo que se niega a ceder.
Sabía cuánto dolía. El chico apretaba los labios, bloqueando cualquier sonido, mientras yo le mantenía la mente ocupada bromeando sobre lo ridículo que sería aplicar las leyes de la física a los animes de peleas.
La puerta del dojo se abrió. Apenas hizo ruido, un simple clic metálico, pero mis sentidos llevaban semanas sincronizados para detectar su presencia.
El aire en la sala pareció volverse más denso de golpe.
Por el rabillo del ojo, capté a Sloane deslizarse por un lado del tatami con pasos inaudibles, buscando pasar desapercibida, hasta sentarse en una de las sillas de plástico del fondo.
Se sentó justo en la silla donde yo había dejado mi toalla blanca apoyada en el respaldo.
Cambié de posición para empezar con los isquiotibiales de Jonah, pero mi cabeza seguía allí atrás.
Sloane llevaba unos vaqueros que se ceñían a la curva de sus caderas con una precisión devastadora, rematados por aquel suéter violeta, suave y ajustado, que delineaba su pecho y contrastaba con el rubio de su melena.
Estaba espectacular. Irradiaba tal belleza que un tirón eléctrico me atravesó directo hasta la boca del estómago.
Me obligué a devolver mi atención al chico que tenía delante.
Palpé la tensión brutal bajo la piel de Jonah, forzando un estiramiento activo.
Un nudo sordo me apretó la garganta. Imaginé el desgaste silencioso que este crío soportaba a diario, el dolor invisible contra el que peleaba cada vez que intentaba dar un paso.
Y, sin embargo, su fuerza de voluntad era de titanio.
La resiliencia de Jonah me llenaba de un orgullo feroz.
Estaba decidido a dar todo de mí en cada maldita sesión si eso le regalaba un ápice más de calidad de vida.
—Noah —soltó Jonah de pronto, con la respiración entrecortada por el esfuerzo y una chispa desafiante en los ojos—. ¿Me enseñarías artes marciales?
Me eché a reír, soltando su pierna con cuidado para que descansara.
—Hablo en serio —insistió el chico, irguiéndose un poco—. Podrías enseñarme bloqueos y golpes en los que solo necesite usar los brazos. Podría hacerlo.
Alcé la vista hacia el fondo de la sala.
Sloane nos estaba escuchando. Sus labios, habitualmente tensos, se habían curvado en una sonrisa pequeña.
Era tan jodidamente preciosa. Un instinto posesivo me golpeó la mente: quería acortar la distancia que nos separaba, acorralarla contra esa misma pared y besar esa sonrisa hasta borrarle todo el cansancio de los últimos doce años. Cada maldito día.
—Eso tendrás que negociarlo con la jefa —le respondí a Jonah, señalando a su madre con un movimiento de barbilla—. Si ella da luz verde, te enseñaré a estrangular a un oponente con una sola mano.