Pulse (Wildwater Falls 4) UNO #2
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UNO #2

El instinto maternal, esa necesidad de envolverlo en algodón para evitar que se fatigara o que cayera de rodillas contra el asfalto helado, chocó de frente con un orgullo tan vasto que casi me cortó la respiración.

Mi hijo de doce años estaba eligiendo el camino difícil porque alguien le había demostrado que era capaz de soportarlo.

Tragué saliva, obligando a mis músculos a destensarse, y le ofrecí una sonrisa.

—De acuerdo. —Asentí, dándole espacio para maniobrar—. Muletas entonces.

Salimos al porche delantero. El viento de noviembre nos golpeó el rostro con la crudeza de una cuchilla, cargado con el inconfundible olor metálico y húmedo de la nieve inminente.

El cielo colgaba sobre el pueblo como una pesada manta de nubes oscuras.

Acompañé a Jonah a paso lento por el sendero de grava hasta mi coche, observando en silencio la tensión de sus hombros en cada paso, hasta que logró acomodarse en el pequeño alzador del asiento trasero, un accesorio del que pronto se libraría por completo.

Cerré su puerta con suavidad y me froté los brazos para entrar en calor.

A pesar del frío cortante que me entumecía los dedos y del cansancio crónico que arrastraba, al rodear el coche para sentarme al volante sentí un latido firme en el pecho.

La anticipación y el nerviosismo se mezclaban en mi estómago haciendo que cada respiración fuera una montaña rusa.

✽✽✽

Aparqué el todoterreno en uno de los espacios delimitados de la calle comercial, a escasos metros del dojo de Violet.

El vaho de la cafetería cercana empañaba los ventanales contiguos a la librería local y a los pequeños comercios de artesanía, impregnando el aire helado con un rastro a café recién molido y leña quemada.

Ese era el olor de Wildwater Falls, hogareño y reconfortante.

Apagué el motor y solté el cinturón, girándome por instinto para abrir la puerta trasera, pero la voz de Jonah me detuvo en seco.

—Yo puedo, mamá.

Retiré la mano del tirador, apretando las manos sobre la tela vaquera que me cubría los muslos, para obligarme a no intervenir.

A través del retrovisor, observé cómo mi hijo empujaba la pesada puerta del vehículo.

El esfuerzo tensó los tendones de su cuello.

Apoyó la punta de las muletas en el asfalto húmedo y, con un impulso logró izar el peso de su cuerpo fuera del habitáculo.

Cuando lo vi enderezarse, encajar los antebrazos en los soportes y colgarse la mochila de deporte al hombro con una soltura que no le conocía, un nudo de orgullo me cerró la garganta.

Jonah se estaba haciendo mayor. El niño frágil que había protegido durante doce años estaba empezando a reclamar su espacio en el mundo.

Cruzamos la calle a su ritmo. Al empujar la puerta de cristal del dojo, el contraste térmico nos envolvió, seguido de inmediato por el inconfundible olor a tatami limpio y esfuerzo físico.

En el área principal, delimitada por colchonetas azules y rojas, Violet Grant dictaba el ritmo de la clase de judo con una cadencia marcial impecable.

En la segunda fila de alumnos, reconociendo nuestra entrada, Octavia rompió la postura de guardia por un microsegundo para lanzarnos un saludo enérgico con la mano.

Violet no tuvo ni que levantar la voz; bastó una mirada severa de la instructora para que mi sobrina retirara la sonrisa, recuperara la verticalidad y volviera a centrar toda su atención en el agarre de su oponente.

—¡Mirad quién ha decidido abandonar la cueva del hospital!

La voz risueña y vibrante de Clover nos asaltó desde la zona de recepción. Mi prima menor rodeó el mostrador con pasos ágiles y me envolvió en un abrazo cálido.

—Yo también me alegro de verte, Clo —murmuré, devolviéndole el apretón con una sonrisa sincera.

Clover se separó de mí para revolotear alrededor de Jonah, chocando los puños con él con esa camaradería natural que la caracterizaba.

—¿Qué tal la jefa de Comunicaciones? —preguntó Jonah de inmediato, yendo directo a lo que realmente le importaba.

—Sobreviviendo al equipo Alfa, que no es poco —bromeó ella, apoyando las manos en las caderas—. Las últimas cuarenta y ocho horas han estado tranquilas, pero anoche tuvimos que triangular una señal de emergencia cerca del paso oeste.

—¿En Granite Pass ? —Los ojos de Jonah se iluminaron—. Pero la cota de nieve allí estaba por encima de los cuarenta centímetros y los vientos cruzados superaban los sesenta kilómetros por hora. ¿El helicóptero pudo mantener el vuelo estacionario en la cara norte del barranco?

Mientras Clover, fascinada por la precisión técnica de mi hijo, le explicaba los pormenores de las corrientes ascendentes de la zona de rescate, mi atención se desvió de forma involuntaria.

Por el rabillo del ojo, capté movimiento al fondo del pasillo que conectaba los vestuarios con las salas de rehabilitación. Era Noah.

Avanzaba hacia nosotros con esa zancada silenciosa, tan propia de alguien que lleva media vida entrenando el cuerpo para responder en una fracción de segundo.

Llevaba unos pantalones de deporte de algodón negros, lo suficientemente ceñidos como para delinear la musculatura de sus muslos y cuádriceps en cada paso.

Una camiseta térmica negra de manga larga se adhería a su torso, esculpiendo sus pectorales y la firmeza de sus bíceps con una precisión que amenazaba mi claridad mental.

Tragué saliva, sintiendo cómo un golpe de calor me subía por el cuello hasta incendiarme las mejillas.

Aparté la mirada de inmediato, fijándola con excesiva intensidad en el suelo de linóleo, maldiciendo mi propia falta de control.

Era una mujer adulta, la directora médica de un hospital, no una adolescente hormonada escaneando el cuerpo del fisioterapeuta de mi hijo y un compañero de trabajo.

—Sloane.

Su voz grave vibró a escasos centímetros de mí. Alcé el rostro. Noah me estaba sonriendo. Sus ojos color chocolate, enmarcados por aquellas pestañas espesas y larguísimas, se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo olvidar cómo se respiraba con normalidad.

—Noah —logré articular, manteniendo el tono neutral y profesional a duras penas.

Su sonrisa se ensanchó, asimilando mi barrera de hielo sin inmutarse, antes de girar el rostro hacia abajo para centrar toda su energía en mi hijo.

—¡Parker! —exclamó, acuclillándose con una agilidad felina para quedar exactamente a la altura de los ojos de Jonah—. Tienes buena cara. ¿Qué tal ha ido la semana? He visto que el nuevo episodio de Naruto tiene una animación de combate espectacular.

—La animación es pasable —replicó Jonah, acomodando el peso en las muletas con una naturalidad pasmosa—, pero se saltan las leyes de la termodinámica.

He estado leyendo sobre la transferencia de energía térmica, pero hay un par de conceptos que no entiendo sobre el punto de ebullición en condiciones de baja presión.

Noah soltó una carcajada ronca, genuina y profunda, que resonó en la acústica del dojo .

—Termodinámica un sábado por la mañana. Eres implacable, socio.

—Noah se incorporó, apoyando una mano en el hombro de Jonah con una familiaridad que no exigía nada a cambio—.

Vamos a la sala. Tú me explicas por qué los ninjas violan las leyes de la física, y yo te machaco los tríceps en las paralelas. ¿Trato?

—Trato —asintió Jonah, iniciando la marcha hacia el pasillo.

No se despidió. Ni siquiera miró hacia atrás.

Lo vi alejarse junto a Noah, el chico frágil y el rescatista imponente, debatiendo sobre física y anime con la naturalidad de dos colegas de toda la vida.

Noah no le hablaba con la condescendencia reservada a los niños o a los pacientes; le hablaba con el respeto de un igual.

Dejé escapar un suspiro largo, mientras la tensión abandonaba mis hombros.

—Bueno —intervino Clover a mi lado, enlazando su brazo con el mío con decisión, ajena a la tormenta que acababa de calmarse en mi interior—.

Octavia tiene para una hora y Jonah acaba de secuestrar a nuestro paramédico estrella.

¿Te apetece cruzar a Blackbird Coffee y pedir algo que tenga demasiada cafeína y azúcar?

Miré el pasillo vacío una última vez y asentí, resignada.

—Por favor. Lo necesito más de lo que crees.