Pulse (Wildwater Falls 4) UNO
2%

UNO

Sloane

E l vaho empañaba el cristal del espejo, difuminando los contornos del baño y otorgándome, por un instante, el espejismo de que el mundo no iba a aplastarme.

Apoyé las palmas de las manos sobre la encimera de mármol y dejé escapar un suspiro largo y tembloroso que rasgó el silencio de la mañana.

Era sábado y hoy tocaba sesión de terapia para Jonah.

Pasé el reverso de la mano por el cristal para despejar mi reflejo.

Las ojeras bajo mis ojos castaños eran el testimonio de las últimas tres semanas.

Una vorágine absoluta. La riada había dejado una cicatriz de fango y escombros que partía Wildwater Falls por la mitad, inundando los niveles inferiores de nuestro hospital y paralizando el pueblo.

No habíamos tenido que lamentar víctimas mortales, un auténtico milagro dadas las circunstancias, pero la avalancha de traumatismos, hipotermias y contusiones nos había empujado al límite de nuestra capacidad operativa, a eso había que añadir las plantas inferiores clausuradas por el agua.

Había dormido una media de tres horas diarias, alimentándome de café negro y pura adrenalina.

Todo mi equipo se había dejado la piel en aquellos boxes.

Hannah y Logan habían encadenado cirugías de trauma sin apenas descanso; Georgia había mantenido Urgencias a flote como un titán; e incluso Avery, con cinco meses de embarazo, se había negado a apartarse de la línea de fuego, instrumentando con una ferocidad que me había obligado a ordenarle, casi a gritos, que se sentara a descansar.

Por culpa de esa vorágine, me había perdido las tres últimas sesiones de rehabilitación de Jonah. Tres sábados enteros sin pisar el dojo de Violet Grant. Tres sábados sin ver a Noah.

Cerré los ojos, sintiendo un latigazo de calor subiendo por mi cuello al recordar el día de la riada.

El instante exacto en que el equipo Alfa logró sacar a Savannah del sótano anegado.

Recordé el terror que me había paralizado, el pánico visceral a perder a mi amiga, a perder a mi equipo.

Pero, sobre todo, recordé el momento en que vi aparecer a Noah.

Estaba empapado, exhausto, oliendo a lluvia sucia y adrenalina, y yo, perdiendo cualquier ápice de la compostura que se esperaba de la directora médica del Regional, me había abalanzado sobre él.

Lo abracé con una desesperación impropia de mí, aferrándome a su arnés táctico como si fuera el único anclaje seguro en un mundo que se desmoronaba.

Aún recordaba la firmeza de sus brazos rodeándome, la solidez de su pecho contra el mío, el tono grave y suave de su voz asegurándome que todo estaba bien.

Abrí los ojos y me froté las sienes, repentinamente avergonzada.

Aquel impulso había estado completamente fuera de lugar.

Sentir ese nivel de apego por Noah Grant rozaba lo absurdo.

Él era un técnico sanitario de rescate, un compañero de trabajo y el instructor que ayudaba a mi hijo a no perder movilidad en las piernas.

Nada más.

No podía haber absolutamente nada más entre una mujer de treinta y dos años, exhausta y con una mochila vital inmensa, y un hombre de veintisiete, vibrante, que irradiaba una luz que yo sentía haber perdido hacía una década.

Algunos dirían que solo eran cinco años, pero yo lo sentía como un siglo de diferencia.

Me alejé del lavabo y caminé hacia el vestidor, envolviéndome en la toalla.

Abrí las puertas y me enfrenté a mi armario.

Las blusas de seda, los pantalones de pinzas, las americanas de corte impecable y los tacones discretos me devolvieron la mirada.

Mi uniforme. La ropa ejecutiva era mi escudo diario, la piel que me permitía ser fuerte, implacable y respetada en un entorno donde los hombres de mediana edad, ricos y arrogantes se creían con el derecho de mangonearme.

Pero enfundarme en un traje de chaqueta un sábado por la mañana para llevar a mi hijo al dojo de artes marciales rozaba lo excéntrico.

Deslicé las perchas, indecisa. La idea de despojarme de mi uniforme habitual me hacía sentir extrañamente vulnerable.

Finalmente, saqué unos vaqueros oscuros de corte recto y un suéter de lana y cachemira de un tono violeta suave.

Me vestí en silencio, me peiné la media melena rubia, dejando que cayera con naturalidad, y me apliqué apenas un toque de rímel y bálsamo labial.

Me detuve de nuevo frente al espejo de cuerpo entero. A pesar del suéter de diseño y la joyería discreta que nunca me quitaba, me vi mayor. Cansada. Una madre soltera intentando sostener el peso de un hospital y la salud de su hijo sin resquebrajarse.

Y, sin embargo, muy a mi pesar, un cosquilleo traicionero e irracional me revoloteó en la boca del estómago ante la certeza de que, en menos de media hora, volvería a tener los ojos color chocolate de Noah Grant fijos en mí.

—Inapropiado, Sloane —me susurré a mí misma, endureciendo el gesto para ahuyentar el hormigueo—. Total y absolutamente inapropiado.

Salí al pasillo, dispuesta a buscar a Jonah, obligándome a enterrar bajo siete llaves aquel inoportuno y ardiente aleteo en el estómago.

Me detuve en el umbral del salón. Nuestra cabaña, de una sola planta y diseñada con espacios diáfanos para minimizar cualquier barrera arquitectónica, me envolvió con su calidez habitual.

A través de las cristaleras del amplio porche trasero, el bosque denso de Wildwater Falls se alzaba como una muralla de troncos oscuros y sombras profundas.

Vivir aquí, en una de las zonas más serenas del pueblo y a escasos minutos en coche de mis padres, Victoria y Albert, era mi refugio.

Jonah estaba allí, en el centro de la estancia, sentado en su silla de ruedas frente al televisor.

Estaba absorto en el final de un capítulo de anime, con el tazón de cereales casi vacío descansando sobre sus muslos.

Me tomé un segundo para observarlo en silencio, apoyando el hombro contra el marco de la puerta.

El parecido físico era innegable; tenía mi mismo tono de cabello rubio y mis ojos castaños.

Pero ahí terminaban las similitudes superficiales.

Detrás de esa mirada atenta bullía una chispa, una inteligencia desbordante que siempre lograba que el pecho se me ensanchara de orgullo.

Mi hijo era amable y de una generosidad instintiva, pero su mente funcionaba a otra velocidad.

Le apasionaba la ciencia, la física detrás de los frentes tormentosos, la geología y la logística de los rescates.

Eso creaba un abismo invisible con los chicos de su edad.

Se sentía infinitamente más cómodo debatiendo sobre la presión atmosférica con adultos que jugando a videojuegos superficiales. Y ahí era donde entraba Noah.

Un nudo áspero se me formó en la garganta.

Noah no se limitaba a escuchar las disertaciones de Jonah con condescendencia; las alimentaba.

Le hacía preguntas técnicas, debatía con él como si fuera un colega de la base aérea, y validaba su intelecto de una forma que nadie más, fuera de la familia, había intentado jamás.

La gratitud que sentía hacia él era inmensa, y precisamente por eso, el calor traicionero que me invadía la sangre al recordar su olor o la firmeza de sus brazos me resultaba tan inaceptable.

Noah Grant le estaba devolviendo a mi hijo la confianza en su propia autonomía.

Sentir atracción por él no solo me hacía sentir fuera de lugar, sino que me parecía una traición al vínculo que había formado con Jonah.

Apreté la mandíbula, alisando un pliegue invisible en mi suéter violeta.

Cuando cruzara las puertas del dojo, mi actitud sería irreprochable.

Me armaría con una sonrisa amable, educada, pero mantendría la distancia de seguridad.

—¿Has terminado de desayunar, cariño? —pregunté, rompiendo el silencio mientras avanzaba hacia la cocina abierta.

—Sí —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—, pero quiero ver cómo acaba este episodio. Solo le quedan unos minutos.

—Tendrán que ser a la vuelta, Jonah. Vamos a llegar tarde.

Dejó escapar un bufido prolongado y teatral, arrugando la nariz.

Maniobró la silla con pericia, acercándose al lavavajillas abierto para dejar el tazón en la bandeja inferior, refunfuñando por lo bajo sobre héroes interrumpidos en mitad de una batalla crucial.

No pude evitar que una risa suave, casi un suspiro, me relajara el rostro.

—¿Tienes la bolsa de deporte lista? —le pregunté, acercándome a las asas del respaldo de su silla.

—Está junto a la puerta. —Jonah frenó las ruedas en seco justo cuando mis manos rozaron los asideros para empujarlo—. Mamá, no me lleves.

Retiré las manos de inmediato, sorprendida por la seriedad de su tono. Jonah se inclinó hacia delante y, en lugar de continuar en la silla, alargó el brazo hacia las muletas ortopédicas que descansaban contra el mueble de la entrada.

—¿Vas a llevar las muletas hoy? —El pulso se me aceleró levemente—. Normalmente solo las usas por casa. El dojo tiene un escalón en la entrada y las aceras pueden estar resbaladizas con este clima.

Jonah ajustó los agarres a sus antebrazos y se impulsó hacia arriba con un esfuerzo visible, bloqueando las rodillas con esa tensión rígida y desigual que le exigía la espasticidad.

—Noah me dijo que sería una buena forma de fortalecer el tren superior —argumentó mi hijo, alzando la barbilla con determinación y mirándome directamente a los ojos—.

Me dijo que eso me daría más autonomía para el futuro.

Y cuando me pregunte qué ejercicios de fuerza he hecho esta semana, quiero poder decirle la verdad. Quiero decirle que lo he hecho yo solo.