Pulse (Wildwater Falls 4) PRÓLOGO
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Pulse (Wildwater Falls 4)

Pulse (Wildwater Falls 4)

Por Amelia S.

© inepub.com

PRÓLOGO

Noah

Doce años antes

E l vértigo aún me latía en las sienes, un eco fantasma del instante en que el mundo perdió la gravedad y el metal comenzó a chocar con la roca viva.

Estaba sentado sobre una losa de piedra húmeda y afilada, rodeado por la blancura implacable de la nieve.

A mi espalda, el autobús escolar destrozado, volcado de costado sobre el barranco, nos servía como un escudo precario contra la furia de la ventisca.

Me acababa de arrastrar fuera del vehículo a través del hueco de la luna trasera.

Aún estaba aturdido. El aire de la montaña me cortaba la respiración, pero lo que realmente me impactó fue el olor.

No olía a invierno ni a bosque. Era una mezcla nauseabunda de gasoil derramado empapando la tierra mojada, el rastro acre del caucho quemado, el polvo metálico de la carrocería rasgada y un tufo dulzón que se me pegó al paladar. Sangre.

A pocos metros de mí, un grupo de alumnos lloraba en silencio, abrazándose entre sí, con los rostros manchados de hollín y las ropas técnicas desgarradas.

Miré hacia lo que quedaba del morro del vehículo.

Nuestro conductor sollozaba con la cabeza entre las manos, un sonido roto y hueco, completamente desbordado por la culpa y el terror, incapaz de articular palabra o de evaluar a los ocupantes, su pierna izquierda estaba en un ángulo imposible.

Los profesores deambulaban cerca de él con la mirada vacía, sumidos en un shock absoluto.

Los adultos, aquellos que debían salvarnos, estaban completamente perdidos.

A mi derecha, Carson Donovan estaba sentado en la nieve.

Se aferraba el costado derecho con un brazo, doblando el torso sobre sí mismo.

Tenía el rostro cruzado por cortes finos y la escarcha comenzaba a cuajar en su pelo.

A pesar de que cada respiración le costaba un esfuerzo agónico, silbando en su garganta como papel de lija, mantenía la vista fija en Avery.

—¿Cómo estás? —le preguntó Carson, con la voz convertida en un hilo rasposo—. ¿Estás bien, Ave?

Avery asintió. Estaba de rodillas, con el rostro pálido y las manos manchadas.

Podía ver la quietud forzada en sus hombros, la manera en que apretaba la mandíbula para no temblar.

Sus ojos verdes estaban desorbitados, repletos pánico, pero se contenía.

No se permitía llorar porque Carson, no dejaba de maldecir, rezando en un murmullo para que un helicóptero apareciera en el cielo.

El pánico de Carson no era por él mismo; su mirada no dejaba de desviarse hacia nuestra izquierda, buscando a Hannah. Estaba aterrorizado por ella.

Giré el cuello, siguiendo su mirada, y el estómago se me encogió.

Hannah, mi amiga inteligente, divertida y amable, estaba medio recostada contra una pared de roca lisa, casi engullida por la sombra del barranco.

El contraste de su sangre oscureciendo la nieve era aterrador.

Lo peor no era la cantidad de sangre que brotaba de la fractura abierta de su pierna, sino su absoluto silencio.

No gritaba. No lloraba. Simplemente tenía los ojos muy abiertos, fijos en la nada, con la piel transformada en cera translúcida. Se estaba apagando.

A su lado, Savannah trabajaba con una urgencia letal.

Tenía una brecha en la frente de la que manaba un hilo rojo, pero parecía no notarlo.

Se afanaba sobre la pierna de Hannah, improvisando un torniquete con tiras de tela rasgada.

Avery se apartó de Carson y corrió a arrodillarse junto a Savannah, uniendo sus manos temblorosas a las de ella.

Ninguna de las dos sabía realmente lo que hacía, actuaban impulsadas por el instinto de supervivencia, apretando la herida con desesperación.

Savannah levantó la vista un segundo, evaluando la gravedad de la masacre con una frialdad impropia de una chica de quince años. Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Noah? —Su voz cortó el sonido del viento—. ¿Cómo estás?

Intenté moverme hacia ellas, pero una sacudida de agonía ciega me taladró el lado izquierdo del cuerpo, dejándome sin aliento.

—No... no puedo mover el brazo —logré articular, apretando los dientes—. Tengo un bulto enorme aquí.

Me toqué el hombro izquierdo con los dedos congelados de la mano derecha. La deformidad bajo la chaqueta era evidente.

—Tienes la clavícula rota, o el hombro dislocado —dictaminó Savannah, sin perder el contacto visual, asumiendo un mando que los profesores habían abandonado—. No te muevas. Mantén el brazo pegado al pecho. No hagas esfuerzos.

Asentí, y fue entonces cuando la primera lágrima caliente me quemó la mejilla helada.

Lloré. Lloré no por el dolor punzante del hombro, sino por la aplastante y humillante sensación de inutilidad.

Estaba inmovilizado en la nieve, viendo a Hannah desangrarse, escuchando a Carson respirar cada vez más lento, mientras Savannah y Avery cargaban con el peso de mantenernos vivos.

Era un estorbo. Una víctima más esperando a morir de frío.

Habían pasado casi dos horas cuando el aire vibró. Fue un repiqueteo rítmico que sacudió la nieve acumulada en las rocas. El estruendo de los rotores rasgó la tormenta y, de pronto, un inmenso haz de luz halógena barrió la oscuridad del cañón, iluminándonos como un milagro.

Carson dejó caer la cabeza hacia atrás contra la roca, cerrando los ojos. Soltó un suspiro trémulo y exhausto.

—Es Caleb —susurró, y por primera vez en toda la noche, su voz sonó a la de un niño—. Es mi hermano.

El helicóptero descendió desafiando los vientos racheados, posándose sobre un claro de nieve aplastada con una precisión matemática.

Las puertas laterales se abrieron antes de que los patines tocaran el suelo por completo.

Tres figuras saltaron a la tormenta. Reconocí al instante la envergadura de Caleb Donovan, seguido por un técnico sanitario y por Ian Collins.

Corrieron hacia nosotros esquivando los escombros.

Caleb llegó directo a dónde estábamos. Su mirada barrió la escena en un microsegundo, cruzó un par de palabras tensas con Carson y, casi de inmediato, se dejó caer de rodillas junto a Hannah.

Evaluó el torniquete, la palidez cadavérica, el charco oscuro.

—Hay que sacarla de aquí ya —gritó Caleb por encima del rugido de las aspas, mirando a Ian—. Está en estado crítico.

Ian Collins no dudó. Se mantuvo firme e inquebrantable ante el pánico.

—Llévatela. Yo me quedo —sentenció Ian, con una autoridad que no admitía réplica—. Yo me encargo del resto hasta que vuelva el segundo pájaro. ¡Vete!

Caleb asintió, cargó la camilla con ayuda del técnico, y se llevó a Hannah hacia la luz cegadora del helicóptero, dejando a Ian en la oscuridad, de pie frente a nosotros.

Ian se giró, me miró a los ojos, miró a Carson, a Avery y a Savannah, y su sola presencia cambió las cosas.

El miedo seguía ahí, pero ahora teníamos una oportunidad.

Observé a Ian moverse entre los heridos, estabilizando fracturas, taponando heridas, asumiendo el peso de nuestras vidas sobre sus hombros sin dudar un segundo. El dolor de mi clavícula pasó a un segundo plano.

Con la mejilla apoyada en la rodilla, tiritando de frío, sentí que algo en mi pecho se cristalizaba. Miré mis propias manos temblorosas y, allí mismo, rodeado de sangre y combustible, me hice un juramento silencioso.

Nunca más. Nunca más volvería a ser el chico roto que espera impotente en la oscuridad a que otros lo salven. Y, sobre todo, jamás permitiría que nadie más tuviera que experimentar este nivel de absoluta y aterradora indefensión.