Capítulo IV
Empezamos con los besos. Eso habíamos dicho. Eso habíamos prometido.
Pero los besos, como los tratados de paz, tienen cláusulas ocultas que nadie lee hasta que es demasiado tarde.
Fabiola fue la primera. Se inclinó sobre mí desde la derecha, y su boca encontró la mía con la certeza de quien sabe exactamente qué busca.
No fue el beso del cine —ese había sido preludio, ensayo general—.
Esta era la función completa, con orquesta y coro.
Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con una fuerza que rayaba en la urgencia.
Su lengua exploraba con una curiosidad que me hacía sentir, alternativamente, como mapa y como territorio por conquistar.
—Eres tú —susurró contra mis labios—. Desde que te vi en la ventana de la terraza. Sabía que serías tú.
—¿Yo qué? —logré articular entre jadeos.
—El que me haría sentir que estoy viva en esta ciudad gris.
Betty no esperó turno. Se deslizó por mi izquierda, y su boca encontró mi cuello, mi clavícula, ese espacio vulnerable donde el pulso late con la honestidad de un reloj que no sabe mentir.
Sus labios eran más suaves que los de Fabiola, más inseguros en su trayectoria, como si cada centímetro de piel conquistado fuera una sorpresa. Cesar estaba besando a Julia.
—Yo no sabía —murmuró Betty contra mi piel—. Yo no sabía que esto podía ser así. En Pucallpa, todo es diferente. Todo es... más lento. Más predecible.
—¿Y esto? —pregunté, arqueándome cuando sus dientes rozaron mi oreja con una delicadeza que me erizó la espalda.
—Esto es caos —dijo ella, y había una especie de éxtasis en su voz—. Caos hermoso.
Julia se mantuvo aparte unos segundos, observando.
Luego, con un movimiento que pareció costarle toda la valentía acumulada en sus diecinueve años, se arrodilló frente a mí.
Sus manos —esas manos de jugadora de vóley, fuertes, callosas, capaces de bloquear cualquier ataque— subieron por mis muslos con una timidez que contrastaba violentamente con su destreza deportiva.
—Julia... —musité.
—Shhh —dijo ella, y su voz era un susurro de hojas en la selva—. No hables. Solo siente.
Sus manos llegaron a mi cintura. Desabrocharon el cinturón con una torpeza encantadora, como quien abre un regalo que teme no merecer.
Cuando sus dedos rozaron mi pene, solo cubierto por el elástico tejido del calzoncillo, un estremecimiento recorrió mi cuerpo desde la nuca hasta los talones, una ola de electricidad que me hizo jadear en voz alta.
Fabiola aprovechó mi jadeo para reclamar mi boca de nuevo.
Su beso era ahora más profundo, más exigente.
Una de sus manos bajó por mi pecho, trazando círculos alrededor de mis pezones a través de la camisa, hasta que la tela se convirtió en obstáculo insoportable y ella misma la desabrochó, botón por botón, con la paciencia de una arqueóloga revelando un tesoro.
Betty, por su parte, había descendido. Sus labios recorrían mi torso, deteniéndose en cada cicatriz, cada imperfección, como si las estuviera catalogando para memoria futura. Cuando llegó a mi ombligo, su lengua trazó un círculo que me hizo contraer el abdomen involuntariamente.
—Eres hermoso —dijo Betty, y su voz venía de muy abajo, de algún lugar oscuro y cálido—. No sabes cuánto.
—No soy hermoso —protesté débilmente.
—Calla —ordenó Fabiola, mordisqueando mi labio inferior con una fuerza que dolió deliciosamente—. Déjanos decidir qué eres. Eso es nuestro privilegio.
Se levantó y fue hacía Cesar que había quedado solo, y lo besó.
Julia había logrado liberarme de los pantalones.
Su rostro, iluminado por la luz amarillenta de la única lámpara del cuarto, mostraba una expresión que no supe interpretar: era mitad asombro, mitad hambre, mitad algo tan puro que me avergonzó por un instante.
Me quitó la trusa y sus manos me acariciaron con una reverencia que me hizo sentir, no deseado, sino adorado.
—Nunca había... —empezó ella, y se detuvo.
—¿Nunca habías qué? —pregunté, aunque temía la respuesta.
—Nunca había querido tanto tocar algo —dijo, y sus ojos se humedecieron—. Es ridículo, ¿verdad? Parece que estoy hablando de un museo. Pero es que... es que tu piel parece decir cosas. Cosas que yo quiero escuchar.
Fabiola se reincorporó. Se quitó la blusa con un movimiento fluido, casi atlético, y su sostén —blanco, sencillo, con un pequeño lazo entre los pechos— quedó expuesto a la luz temblorosa.
Se inclinó de nuevo, y esta vez fue su piel contra la mía, cálida, suave, con ese olor a jabón de coco que ya había empezado a obsesionarme.
—Tú eliges —susurró en mi oído, mientras sus caderas se movían contra las mías con una lentitud calculada para volverme loco—.
Puedes detener esto ahora. Podemos vestirnos, bajar las escaleras, y fingir que nada pasó.
Seremos tres chicas de provincias y dos estudiantes de Lima que se cruzaron una noche de domingo y no pasó nada.
Su mano descendió, encontrándome, rodeándome con una firmeza que me arrancó un gemido que acompañó al de César, que estaba siendo besado y desnudado por Betty.
—O —continuó, su aliento caliente contra mi mandíbula—. O puedes dejar que esto sea lo que ambos sabemos que es. Un momento. Uno solo. Pero verdadero.
Miré a Betty. Ella había suspendido su exploración y me observaba con ojos enormes, esperando. Miré a Julia, que aún estaba arrodillada, con las manos sobre mis rodillas, temblando apenas.
—No puedo elegir entre ustedes —dije, y mi voz sonó extraña, ronca, como perteneciente a otro hombre.
—No tienen que elegir —dijo Fabiola—. Esta noche no existe la elección. Solo existe esto. Nosotros. Ustedes.
Y entonces me besó de nuevo, y el mundo se redujo a la cama estrecha, a las sombras danzantes en las paredes, al olor a selva y a jabón y a deseo contenido que finalmente se derramaba.
Fabiola fue quien me guió. Se quitó el sostén, liberando pechos perfectos, morenos, con pezones oscuros que se tensuraban bajo mi mirada.
Tomó mi mano y la llevó a su cintura, donde la falda se cerraba con un botón que ella misma desabrochó.
Cuando quedó solo en ropa interior —unas bragas blancas que parecían promesa más que prenda—, se tendió sobre la cama y me jaló hacia ella.
—Ven —dijo—. Antes de que el miedo vuelva.
La cubrí con mi cuerpo. La estrechez de la cama nos obligó a una intimidad física que era, al mismo tiempo, incómoda y perfecta.
Nuestros muslos se enredaron, nuestras caderas buscaron ángulos que solo la urgencia puede inventar.
Cuando la penetré —lentamente, porque ella era estrecha y yo estaba temblando tanto como ella—, Fabiola arqueó la espalda y dejó escapar un sonido que no fue gemido ni suspiro, sino algo intermedio, algo que no tenía nombre en ningún idioma que yo conociera.
—Mírame —ordenó ella, tomando mi rostro entre sus manos—. No cierres los ojos. Quiero verte. Quiero saber que estás aquí, que eres real, que esto no es otra película europea.
La miré. Y en sus ojos encontré algo que me asustó más que cualquier consecuencia: encontré reconocimiento.
El reconocimiento de dos almas que, por razones inexplicables, habían decidido encontrarse en una habitación de hotel de tercera, en una ciudad que no quería a ninguno de los dos, en una época que no tenía tiempo para el amor.
Mientras nos movíamos —ella levantando las caderas para encontrar cada embestida, yo perdiéndome en el ritmo que ella dictaba—, sentí otras manos sobre mi espalda.
Betty. Se había acostado a nuestro lado, completamente vestida todavía, pero con sus manos bajo mi camisa, trazando la columna vertebral con una ternura que contrastaba con la urgencia de mi unión con Fabiola.
—Estoy aquí —susurró Betty contra mi omóplato—. No te olvides de que estoy aquí.
Como si pudiera. Como si el calor de sus palmas no estuviera grabándose permanentemente en mi piel.
Estiré mi mano hasta posarla sobre su sexo mojado y caliente, y empecé a sobar delicadamente sus pliegues y sus clitoris. Disfrutaba tanto de mis caricias que estaba arqueada sobre la cama dejándome hacer a mi antojo.
Y Julia... Julia se había arrodillado al borde de la cama, entre las rodillas de César, lamiendo su miembro como un helado, observándonos.
Pero no era una mirada de voyeurismo barato.
Era la mirada de quien presencia algo sagrado, algo que sabe que no volverá a repetirse.
Una de sus manos había desaparecido bajo su falda, y el movimiento rítmico de su hombro me dijo todo lo que sus labios no podían.
—Julia... —jadeé, porque Fabiola me estaba llevando al borde con cada movimiento de sus caderas.
—No pares —dijo Julia, y su voz era un hilo, un susurro, una oración—. Por favor, no pares. Quiero verlo. Quiero ver cómo te pierdes.
Fabiola aceleró el ritmo. Sus uñas se clavaron en mis hombros, dejando marcas que llevaría durante días como trofeos secretos. Su respiración se volvió entrecortada, jadeos que subían de tono, que llenaban la habitación con una música primitiva y hermosa.
—Voy a... —empezó ella.
—Yo también —dije, porque ya no podía contenerme, porque el espectáculo de ella debajo de mí, de Betty a mi lado con dos dedos insertados profundamente , de Julia observando con ojos de cierva en celo, era demasiado para cualquier hombre, para cualquier mortal.
—Juntos —ordenó Fabiola—. Quiero que sea juntos.
—Espérenme —casi gritó Julia, quitándose las bragas y encajando el pene de César. Empezando pronto una cabalgata apresurada.
—Ahora —dijo Fabiola— Quiero que sepas que estuviste aquí. Que sepas que esto fue real.
Y fue real. Tan real que dolió. Tan real que cuando llegamos —cuando ella se contrajo a mi alrededor con espasmos que parecían sacudirla desde lo más profundo, cuando yo me vacié en ella con un gemido que debió de oírse en toda la terraza—, sentí que algo se rompía en mí.
No algo malo. Algo que llevaba años petrificado, algo que esta chica de la selva, esta desconocida que había llegado a mi vida en un equipo de vóley, había resquebrajado con sus manos, con su boca, con su mirada.
Nos quedamos inmóviles durante largos segundos, jadeando, sudando, pegados el uno al otro como sobrevivientes de un naufragio.
Betty seguía acariciando mi espalda, ahora con una lentitud hipnótica.
Julia había suspendido el movimiento y nos miraba con una expresión que no pude descifrar: era felicidad mezclada con melancolía, satisfacción con anhelo.
—Fue... —empecé.
—No digas nada —interrumpió Fabiola, poniendo un dedo sobre mis labios—. No lo arruines con palabras. Las palabras son para mañana. Esta noche, solo existe esto.
Pero las palabras vinieron de todos modos. No de mí. De Betty.
—¿Y nosotras? —preguntó, con una voz tan pequeña que casi se perdió en la oscuridad—. ¿Qué somos nosotras? ¿El coro? ¿Los extras?
Me giré hacia ella. Su rostro estaba iluminado por la lámpara desde un ángulo que borraba las sombras, que la hacía parecer más joven de lo que era, más vulnerable, más hermosa.
—Ven —dije, extendiendo un brazo.
Ella dudó. Miró a Fabiola, que asintió con una sonrisa perezosa, satisfecha, de gato que ha capturado al canario y ahora permite que los demás admiren la presa.
Betty se acercó. Se acurrucó contra mi lado, su cabeza sobre mi hombro, su mano sobre mi pecho donde el corazón aún latía desbocado.
—Esto es suficiente —murmuró ella—. No necesito más. Solo esto. Solo saber que no fui invisible. Me subí encima y la penetré.
Julia se acostó al otro lado de Fabiola, formando una cadena humana en la cama estrecha que ya no parecía estrecha, que parecía el tamaño exacto para contener lo que estábamos construyendo: César la penetraba también.
Aquello sería un recuerdo, un refugio, una mentira piadosa que duraría hasta que la luz del día la disolviera.
—En la selva —dijo Julia, mirando al techo manchado de humedad—, dicen que las noches más oscuras son las que más estrellas tienen.
—¿Y aquí? —preguntó Fabiola, jadeando, sus dedos profundamente insertados en su vagina.—. ¿Qué dicen aquí?
—Aquí —respondí yo, besando la frente de Betty, luego la de Fabiola, alcanzando con la mirada a Julia al otro extremo—. Aquí no decimos nada. Aquí solo existimos. Y a veces, existir es suficiente.