PULPA sensual - Libro 4 Capítulo V
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Capítulo V

Nos despertó el sol. Ese traidor luminoso que Lima reserva para los lunes, como castigo divino a quienes se atrevieron a olvidar, aunque fuera por una noche, que la vida es una serie de obligaciones interrumpidas ocasionalmente por momentos de gracia.

Fabiola se había ido. No de inmediato —recuerdo haberla sentido junto a mí en algún momento de la madrugada, su cuerpo cálido contra el mío, su respiración profunda y regular— pero cuando abrí los ojos, ella ya no estaba.

Solo quedaba una nota sobre la almohada, escrita en papel de la libreta que yo usaba para apuntes de Filosofía:

"Gracias por la película. La vida es más italiana de lo que creíamos. F."

Betty y Julia se habían ido también, aunque no recuerdo cuándo.

Quizás se fueron juntas, quizás una tras otra, con el sigilo de quienes saben que los finales no necesitan audiencia.

Solo quedaban sus presencias fantasmales: un cabello oscuro sobre la almohada, el olor residual de perfume barato mezclado con algo más salvaje, la indentación en el colchón donde tres cuerpos habían pesado más que tres cuerpos, donde habían pesado tres almas.

Me levanté. Me vestí con la ropa del día anterior, que olía a tabaco de segunda mano y a algo que no me atrevía a identificar.

Bajé a la terraza. El hotel bullía con la actividad matutina: el señor de la habitación tres lavándose en el lavamanos comunal, la señora que vendía café pasando con su termo,

los estudiantes que ya se preparaban para clase con la resignación de quienes saben que el fin de semana fue un préstamo que el lunes cobra con usura.

Manolo me encontró en el pasillo. Me miró. Sonrió. Esa sonrisa que los hombres reservan para quienes han cruzado al otro lado y regresado con historias que no se cuentan completas.

—¿Y bien? —preguntó.

—¿Y bien qué?

—No seas idiota. Las chicas. ¿Qué pasó?

Pensé en Fabiola, en su nota, en su cuerpo arqueándose bajo el mío. Pensé en Betty, acurrucada contra mi hombro, pidiendo solo no ser invisible. Pensé en Julia, arrodillada, observándonos con ojos de cierva que habían visto demasiado y demasiado poco.

—Nada —dije—. Fuimos al cine. No nos dejaron entrar a ninguna disco. Volvimos. Dormimos.

Manolo me estudió durante un largo momento.

—¡Dormimos, ja ja! , se las tiraron huevones, los escuché…

Bajé al segundo piso. Doña Hilda estaba en el lobby, organizando maletas con la eficiencia de un general en retirada. Las chicas del equipo de vóley se agrupaban cerca de la puerta, con sus buzos deportivos y sus caras de quienes han dormido poco y sueñan mucho.

Vi a Fabiola. Estaba de espaldas a mí, hablando con una compañera.

Vi a Betty, que al notar mi presencia bajó la vista rápidamente, con un rubor que le subió desde el cuello hasta las raíces del cabello.

Vi a Julia, que me miró directamente, sin sonreír, con una expresión que decía todo lo que las palabras de anoche habían prometido no decir.

Doña Hilda me vio. Su mirada se endureció. Caminó hacia mí con paso decidido, el pañuelo con encajes en la mano.

—Usted —dijo, señalándome con un dedo acusador—. Sé lo que hizo.

Mi corazón se detuvo. Literalmente. Esa sensación horrible de cuando el cuerpo olvida su función principal durante un segundo que dura una eternidad.

—Doña Hilda, yo...

—No me interrumpa. Sé que usted les mostró la ciudad. Que las llevó al cine. Que les hizo perder el tiempo que debían dedicar al descanso.

—Pero yo...

—¡Silencio! —chilló—. Gracias a Dios, la competencia no es hoy ni mañana y pueden recuperarse. Pero usted... usted debería avergonzarse. Aprovecharse de chicas inocentes de provincia. ¿Es eso lo que aprenden en la universidad?

Abrió la boca para continuar su sermón, pero en ese momento ocurrió algo. Algo que ni el más optimista de los guionistas habría previsto.

Fabiola se giró. Caminó hacia nosotros con esa elegancia natural que tienen las personas que no saben que son elegantes. Se detuvo junto a doña Hilda. Y habló.

—Doña Hilda —dijo, con una voz clara, firme, que no admitía réplica—.

Este joven no nos hizo nada. Él fue un caballero.

Nos invitó al cine porque nosotras se lo pedimos.

Nos protegió cuando unos muchachos en la calle nos molestaron.

Y cuando vimos que no podíamos entrar a ninguna parte, nos acompañó de vuelta al hotel. Nada más.

Dona Hilda la miró, incrédula.

—¿Nada más?

—Nada más —confirmó Fabiola, y sus ojos encontraron los míos durante un instante que duró lo suficiente para decir todo lo contrario—. A veces, doña Hilda, la gente es simplemente... buena. Aunque usted no lo crea.

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo.

Doña Hilda nos miró alternativamente, a Fabiola y a mí, buscando la mentira en nuestros rostros.

No la encontró —o no quiso encontrarla— porque finalmente, con un resoplido que habría hecho honor a un toro en la plaza de Acho, se giró y regresó a sus maletas.

Fabiola me sonrió. No la sonrisa de anoche —esa era propiedad del pasado, alquilada por horas y ya devuelta—. Era otra sonrisa, más triste, más definitiva.

—Adiós —dijo.

—Adiós —respondí.

—La vida es más italiana de lo que creíamos —repitió ella, y por un instante pensé que iba a añadir algo más.

Pero no lo hizo. Se giró y se alejó, hacia el microbús que esperaba en la puerta, que nos llevaría hasta el avión que a su vez las llevaría hacia su ciudad del oriente, hacia una vida donde yo no tenía entrada, donde solo existía como nota al margen en una libreta de Filosofía.

Epílogo: En el que el hotel sigue en pie

Pasaron los años. Lima cambió —o quizás solo nosotros cambiamos y la ciudad siguió siendo la misma mentira piadosa de siempre—.

Terminé la universidad. Trabajé. Dejé de trabajar.

Trabajé de nuevo. Me casé. Me divorcié. Me casé otra vez, con más cautela y menos esperanza, que es la fórmula que recomiendan los que saben.

El hotel de las terrazas fue demolido a principios de los noventa.

En su lugar levantaron un edificio de departamentos con nombre en inglés y precios en dólares.

A veces paso por ahí —porque Lima es pequeña y la nostalgia es perversa— y miro hacia arriba, hacia donde solía estar mi ventana, hacia donde una gata blanca me observaba con desdén mientras yo observaba a una chica que tendía blusas en el barandal.

Nunca supe de Fabiola. Ni de Betty. Ni de Julia.

En la era de Internet, podría haberlas buscado.

A veces lo intenté, tecleando nombres comunes en buscadores, escaneando fotos de equipos de vóley de los ochenta.

Pero siempre me detuve antes de encontrarlas.

Porque ¿qué habría encontrado? ¿Mujeres de cuarenta y tantos años con hijos y esposos y hipotecas?

¿O peor aún, mujeres que no eran ellas, que nunca fueron ellas, porque las que yo conocí solo existieron una noche, en una habitación de hotel que ya no existe, en una ciudad que se niega a recordar?

César murió hace tres años. Infarto, dicen, aunque yo sé que fue algo más lento, algo que empezó en aquellos años cuando vendía enciclopedias y creía que el conocimiento podía salvarnos.

El Gordo vive en Miami, donde vende seguros y envía fotos de puestas de sol que parecen compradas en internet.

Manolo se hizo cura en el Cusco, lo cual no me sorprende: ya leía a los filósofos con la atención de quien busca salida de emergencia.

Y yo sigo aquí. Escribiendo esto, quizás, en una noche de invierno limeño donde la humedad se adhiere a la piel como recuerdo imborrable. Pensando en esa nota sobre la almohada: "La vida es más italiana de lo que creíamos."

¿Lo es? A veces pienso que Fabiola tenía razón.

Que la vida, como el cine italiano de los ochenta, está llena de escenas que no deberían funcionar pero funcionan.

De personajes que se encuentran sin razón aparente y se despiden sin desenlaces.

De momentos de gracia en habitaciones de hotel de tercera, donde tres chicas de la selva y un estudiante hambriento deciden, por una noche, que las reglas son para otros.

Otras veces pienso que ella se equivocaba.

Que la vida no es italiana ni francesa ni peruana.

Que la vida es simplemente eso: una serie de habitaciones que entramos y de las que salimos, llevándonos solo lo que cabe en una nota escrita a mano, en papel de libreta de Filosofía, dejando atrás el olor a jabón de coco y la certeza de que, aunque solo haya sido por una noche, fuimos absoluta,

terriblemente, irremediablemente reales.

El otro día, en una librería de libros usados, encontré en un almanaque de una bebida gaseosa de la selva, una foto de un equipo de vóley femenino, de los años ochenta, colores que ya no existen.

Hay una chica en el centro, alta, morena, sonriendo con la seguridad de quien sabe que es hermosa pero no le importa demasiado.

No estoy seguro de que sea ella. Probablemente no lo sea.

Pero la compré de todos modos. La tengo en mi escritorio, junto a una libreta vieja de Filosofía donde alguien escribió, en letra que ya no reconozco como mía:

"Gracias por la película."

Y a veces, cuando Lima amanece con esa luz grisácea que parece un reproche divino, pienso en volver a escribirle una respuesta. Una nota que diga: "De nada. La entrada valió cada centavo. Incluso la propina."

Pero no lo hago. Porque algunas películas no necesitan secuela.

Algunas noches no necesitan amanecer. Y algunos hoteles, aunque ya no existan, siguen alquilando habitaciones en la memoria de quienes supieron, una noche de domingo en los ochenta, que el deseo es lo único que nos mantiene vivos en esta ciudad gris.