Capítulo III
Salimos del cine con la cabeza ligeramente aturdida y el cuerpo lleno de preguntas que ninguno se atrevía a formular. La tarde limeña se había convertido en noche sin pedir permiso, como suele hacer.
—¿Y ahora? —preguntó Fabiola, ajustándose el cinturón de su falda con un gesto que pretendía ser casual pero que traicionaba nerviosismo.
—La disco —propuso Betty con entusiasmo forzado.
—Hay una en la avenida Arequipa que no son tan estrictos…
—No dejan pasar a nadie que no sea viejo —interrumpió Julia, que caminaba un paso detrás, observando las luces de la ciudad como quien mira un acuario—. Unas amigas me contaron. Fueron a tres y en todas les pidieron la libreta electoral.
—Pero seguro estaban solas —insistió Betty—. Ahora los tenemos a ellos. Los hombres siempre hacen que parezcamos más mayores.
Miré a César, al Gordo y a Manolo, que se habían unido a nosotros en la esquina con la resignación de quienes saben que su papel en la historia es secundario pero necesario.
—Nosotros hacemos que parezcan más mayores —corrigió César—, pero no tanto como para engañar a un portero con complejo de cachaco.
El gordo, estaba mortificado por el desplante de Julia, y de pronto dijo.
—Me disculpan, Yo tengo cosas que hacer, los dejo.
Intentamos en cuatro discotecas. En la primera, el portero —un señor con bigote de villano de telenovela— nos escaneó como si estuviéramos intentando venderle droga en lugar de entrar a bailar.
—Veintiuno —dijo, señalando un cartel amarillento.
—En años o en IQ? —preguntó el Gordo, y el señor cogió una gruesa vara de policia, que nos hizo volar de allí.
En la segunda, la tercera y la cuarta, la historia fue similar, con variantes menores: un portero más joven, otro más viejo que aceptó pero pedía un dineral, uno que nos miró con lástima y otro que nos miró con desprecio.
Lima en los ochenta era una ciudad que protegía sus vicios con celo inquisitorial, como si el pecado fuera contagioso y la juventud su vector principal.
—Son apenas las ocho —dije, consultando un reloj que no tenía—. ¿Qué hacemos?
Fabiola, Betty y Julia intercambiaron una mirada. Esa mirada que las mujeres comparten desde el principio de los tiempos, una mirada que no necesita palabras porque fue inventada antes que ellas, en alguna caverna donde las hembras decidieron que los machos nunca entenderían del todo.
—Volvemos al hotel —dijo Fabiola.
—¿Y doña Hilda? —preguntó Manolo, siempre práctico, siempre existencial.
—Entramos a escondidas, que no nos vea…
No entramos por la puerta principal. Fabiola conocía —¿cómo la conocía?
— la existencia de la escalera de servicio, ese conducto estrecho y maloliente que subía desde el hall hasta las terrazas.
Subimos en fila india, como exploradores en territorio hostil, con el corazón latiendo en lugares donde el corazón no debería latir.
Fabiola iba delante mio y yo cerraba la marcha, no pude evitar acariciar sus caderas y culo, ella me dejó hacer.
Llegamos a la terraza y fuimos a mi habitación.
Era pequeña, sí, pero ordenada con la precisión de quien no tiene mucho, pero cuida lo poco que tiene.
Dos camas individuales —estrechas, como todas las camas de soltero que aspiran a no serlo—, un escritorio con libros apilados, una ventana que daba al tejado del vecino, donde una gorda gata blanca nos observaba con el desdén de quien ha visto todo esto mil veces.
—¿Vives solo? —preguntó Fabiola al ver la otra cama— No, pero mi compañero está de viaje.
Las tres entraron y Cesar fue el último. Cerraron la puerta. El clic de la chapa sonó como estruendo en la quietud.
—Queremos besos —dijo Fabiola—. Solo besos.
—Las tres —añadió Betty.
—Solo besarnos —aclaró Julia, aunque su voz tembló en la última sílaba, como si la palabra "solo" le pesara demasiado—. Nada más.
Me senté en el borde de la cama. Ellas se quedaron de pie, formando un semicírculo que me pareció, por un instante, el tribunal más hermoso ante el que jamás habría de comparecer.
—Solo besarnos —repetí, porque a veces las palabras necesitan ser dichas dos veces para creer en ellas—. Eso es... ambicioso.
—¿Ambicioso? —Fabiola arqueó una ceja.
—Besar a tres mujeres hermosas y pretender que no pase nada más. Es como pedirle al fuego que caliente pero no queme.... al agua que moje, pero no ahogue —sentencié.
Me miraron como si estuviera loco, pero Cesar, les dijo:
—Es que este pata, está loco. Le pasa por leer mucho, no le hagan caso.
Betty se rio. Era una risa genuina, sin artificio, la risa de quien ha encontrado algo inesperado en un lugar donde no buscaba nada.
—Tú hablas muy bonito —dijo—. ¿Siempre hablas así?
—Solo cuando tengo miedo.
—¿Y ahora tienes miedo?
—Ahora estoy aterrorizado.
Julia dio un paso adelante. Se sentó a mi izquierda en la cama, tan cerca que podía sentir el calor de su muslo contra el mío.
—El miedo no es malo —murmuró—. En la selva, el miedo es lo que te mantiene vivo. Sin miedo, no te cuidas, te muerde una serpiente o te caes de un árbol.
—¿Y aquí? —pregunté—. ¿En Lima? ¿Qué nos mantiene vivos aquí?
Ella me miró. Me beso en respuesta, largo y tendido, Fabiola me abrazaba por detras. Cuando Julia se separó, sus ojos eran pozos oscuros donde alguien había arrojado estrellas.
—El deseo —dijo simplemente—. El deseo de que algo pase. De que algo signifique algo —concluyó, pero ya Fabiola me estaba besando y Betty hacía lo propio con Cesar. .