PULPA sensual - Libro 4 Capítulo II
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Capítulo II

El domingo amaneció con esa luz grisácea de Lima que parece un reproche divino a quienes se acuestan tarde.

Yo había conseguido veinte mil soles de oro —una fortuna en aquel entonces, una miseria en cualquier otro— vendiendo mi radiograbadora a un compañero de la facultad que creía que la música de Los Shapis era el futuro del arte occidental.

César había obtenido un adelanto de su jefe de ventas.

El Gordo había... bueno, el Gordo tenía siempre dinero escondido en sus calcetines más pestilentes, a prueba de curiosos.

De procedencia desconocida, moralmente sospechosa, pero disponible.

A las once de la mañana, las chicas bajaron al lobby con el sigilo de fugitivas.

Nosotros estábamos ahí, como quienes buscan bueyes perdidos, leyendo periódicos viejos o mirando por el balcón.

El grupo de chicas se detuvo, pero de entre ellas se separaron tres.

Fabiola venía al frente, alta, morena, con esa piel de la selva que parece haber sido besada por el sol con más dedicación que la nuestra.

Llevaba una falda que se movía como si tuviera memoria propia, y cada paso revelaba un tobillo que parecía una promesa.

A su lado, Betty —menos alta, más curva, con una risa que se escapaba antes de que ella pudiera atraparla— y Julia, la más joven, la más callada, con ojos de cierva asustada que observaban todo como si el mundo fuera una película de la que no habían leído el guión.

Julia iba apretada contra la pared, como si intentara hacerse invisible, pero su camisa de algodón se adhería a su piel con una humedad que traicionaba cada contorno.

—¿Y las demás? —pregunté.

—Saldrán con doña Hilda, cuatro se fueron al Mercado Central con una tía que vino a buscarlas —susurró Fabiola, como si confesara un crimen—. No quisieron arriesgarse. Somos nosotras las únicas valientes.

—O las únicas tontas —añadió Betty, y se mordió el labio con una mezcla de nerviosismo y desafío.

—¿Vamos…? —apremió Julia.

—En mi experiencia —dije yo, extendiendo la mano con la ceremonia de quien tiende una alfombra—, la valentía y la tontería son vecinas de puerta. Lo importante es no tocar el timbre equivocado.

Fabiola me miró con esos ojos que ya empezaban a conocer el mundo pero que aún no habían decidido si les gustaba lo que veían.

—¿Y tú? ¿Eres valiente o tonto? —preguntó, mientras comenzábamos a andar.

—Depende del día. Hoy, con ustedes aquí, soy ambas cosas.

Salimos del hotel por la puerta de servicio, evitando el lobby donde doña Hilda estaba de centinela.

El aire de Lima nos recibió con su humedad característica, esa humedad que no moja pero que se adhiere a la piel como recuerdo imborrable.

Fabiola rozó mi mano al cruzar el umbral; fue un contacto breve, elástico, como si ambos probáramos la temperatura del agua antes de zambullirnos.

César y el Gordo Pérez iban con nosotros.

—Vamos al cine —dijeron las chicas a coro, al llegar a la Plaza San Martín.

—Bueno —respondí—, pero tendrá que ser en la tarde, no abren en las mañanas.

—Entonces, ¿dónde vamos?

—A pasear, a la Plaza de Armas —sugirió Cesar—, siempre hay algo que ver ahí.

Vimos el cambio de guardia en Palacio de Gobierno y escuchamos una retreta de una banda militar en la Plaza de Armas.

Luego fuimos al Mercado Central, a un chifa con compartimentos privados.

Allí trabajaba Facundo, un amigo nuestro, que por una buena propina dada de inicio, traía un montón de platos que luego cargaba a otras mesas, sin que nadie saliera ofendido ni perjudicado.

Los compartimentos eran diminutos, tabiques de madera que no llegaban al techo, donde el aire se volvía denso y el silencio de los vecinos parecía una presencia más.

Comimos hasta quedar satisfechos, y en la penumbra de aquel cubiculo, las rodillas de Fabiola y las mías se rozaron bajo la mesa con una persistencia que no pareció del todo accidental.

Luego, pasamos por la Biblioteca Nacional y el Congreso de la República, que miramos por fuera pues estaban cerrados.

Luego fuimos al cine. No a los cines de Miraflores, donde querían ir las chicas pero las entradas eran más caras. Fuimos a un cine del centro, a un cine de barrio donde las butacas chirriaban y el aire acondicionado no funcionaba. Apenas nos alcanzaba para las entradas, después del almuerzo.

Aquel cine era el más barato, pero daban una película italiana para mayores.

El encargado me vendió los boletos con un guiño cómplice:

—Para mayores, joven. Muy para mayores.

Le di una propina a la señora que recibía los boletos en platea, que no nos quiso dejar pasar en un principio. Era una mujer con cara de quien ha visto pasar toda la historia del cine mundial sin inmutarse, que apenas sonrió cuando recibió un billete de propina.

Entramos. La sala estaba casi vacía, salvo por un par de sombras solitarias en las últimas filas que preferí no identificar.

El aire olía a polvo húmedo, a butacas de terciopelo rancio y a algo más dulzón, como sudor contenido.

Fabiola se sentó a mi derecha. Betty y Julia se fueron un poco más adelante, acompañadas por César y el Gordo.

La película comenzó con un ritmo pausado y una fotografía distinta a todo lo que habían visto.

Al principio reinó el silencio, pero conforme aparecieron las escenas de romance y la sensualidad sugerida, Fabiola bajaba la mirada, Betty y Julia volteaban sorprendidas y se reían por lo bajo para disimular la incomodidad.

En la pantalla, un hombre desabrochaba lentamente el vestido de una mujer, y la cámara se demoraba en la curva de su espalda como quien saborea una fruta prohibida.

Fabiola preguntó en voz baja si todas las películas francesas eran así.

Les sorprendía que la historia hablara del descubrimiento del amor y los sentimientos con tan pocos diálogos y tantas imágenes.

Podía ser una experiencia desconcertante; o, simplemente fascinante.

A medida que avanzaba la trama, tomé valor.

Fabiola dejó que mi brazo rodeara sus hombros.

La pantalla proyectaba sombras azuladas sobre su rostro.

Su piel olía a jabón de coco y a algo más salvaje, algo que no tenía nombre en nuestra civilización de cemento.

Sentí el calor de su cuello contra mi antebrazo, un calor que parecía irradiar hacia arriba, hacia mi mano, hacia mi pecho.

Nos besamos. Fue un beso de adolescentes torpes, al principio, pero luego fue mejorando a ese beso que ocurre cuando dos personas deciden, sin hablarlo, que el mundo exterior ha dejado de existir temporalmente.

Su lengua era cálida, inquieta, como si buscara algo que yo aún no sabía que poseía.

Sus labios se entreabrían con una docilidad que me volvía loco, y yo me perdí en la humedad de su boca, en el sabor a menta y a miedo contenido.

Su mano se posó sobre mi rodilla, inmóvil al principio, luego apretando con una urgencia que me hizo estremecer.

De pronto se apagó la pantalla y se encendieron las luces.

—¿Qué pasó? —susurró ella, desorientada, con los labios aún hinchados.

Le expliqué que la cinta la pasaban en varios cines, que unos motoristas llevaban los rollos de un cine a otro y que a veces había demoras.

Se quedó pensativa. En la luz blanca de la sala, vi que sus ojos estaban húmedos, que su pecho subía y bajaba con una rapidez que no se debía solo al susto.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—Estoy pensando que la vida es muy rara. Que venimos de la selva, de un lugar donde todo es verde y ruidoso, y de pronto estamos aquí, en la oscuridad, viendo cómo otras personas hacen y desean lo mismo que nosotras…

—¿Te está gustando?

—Sí —dijo ella, y su voz era más profunda de lo que esperaba.

Se apagaron las luces y las imágenes volvieron.

La pantalla mostraba ahora una escena de playa, cuerpos jóvenes sobre toallas, manos que exploraban territorios recién descubiertos.

La cámara se demoraba en el roce de un muslo, en el arqueo de una espalda, en la boca de una chica que mordisqueaba el cuello de su amante con una dulzura que parecía dolor.

El calor de la sala se había vuelto sofocante.

Julia se levantó de pronto y se fue al lado de César, dejando al Gordo solo.

Pero César ya se besaba con Betty, enfrascados en una oscuridad propia.

Julia permaneció de pie unos segundos, una silueta pequeña e incómoda en el pasillo, y entonces se dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado.

Su presencia era casi imperceptible, pero sentí que el aire cambiaba, que se cargaba de una electricidad distinta.

Seguimos besándonos, cada vez con más frecuencia, Fabiola y yo. Pero sentía, cada vez más intensas, las miradas fijas de Julia. Eran como dedos imaginarios trazando líneas sobre mi cuello, sobre mi mandíbula, sobre los labios que aún conservaban el sabor de Fabiola.

En un momento, sentí que no me quitaba la vista. Incómodo, pregunté:

—¿Estás bien?

Julia no respondió con palabras. Tomó mi nuca con una mano que temblaba apenas perceptiblemente y me besó.

No fue como el beso de Fabiola. Fue... diferente.

Más hambriento, más desesperado, como si ella hubiera estado esperando toda la vida para robar ese momento y no estuviera dispuesta a devolverlo.

Su lengua danzaba con una destreza que me dejó atónito, sus labios se movían con una precisión casi musical, encontrando notas que yo no sabía que mi cuerpo pudiera tocar.

Se lanzó sobre mí con una fiereza contenida, como si quisiera arrancarme de Fabiola con solo la fuerza de su boca.

Sentí su aliento cálido, su pecho agitado contra mi costado, sus dedos enredándose en mi cabello con una posesión que me cortaba la respiración.

Estaba tan absorto —tan profundamente, estúpidamente absorto— que no oí a Fabiola levantarse.

Poco después, Fabiola regresó.

Tomé su mano cálida. La apreté. La mano me apretó de vuelta. Cuando giré la cabeza y vi en sus ojos —grandes, oscuros— algo que no supe interpretar, di un respingo que debió de oírse hasta en la proyección.

Ella se sobresaltó. Retiró la mano como si la hubiera quemado.

—Perdón —balbuceé—. No sé qué pasó…

—¿Ella? —su voz tenía un deje de amargura que me cortó el aliento.

—No. Quiero decir... sí. Pero no importa, no pensaba. Fui un idiota.

Fabiola me observó durante unos segundos que duraron siglos. Luego, algo cambió en su rostro. Una rendija se abrió en su armadura de chica de provincias.

—Vuelve a tomarme la mano —dijo.

—¿Qué?

—Vuelve a tomarme la mano. Pero esta vez, sabiendo que soy yo.

Lo hice. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una firmeza que me sorprendió.

Y entonces ella me besó otra vez. Un beso distinto al de Julia —más dulce, más triste, como despedida anticipada—.

Un beso que sabía a deseo contenido y a renuncia.

Sus labios se movían sobre los míos con una lentitud deliberada, como quien graba un mensaje que sabe que será el último.

Julia nos vio con las manos entrelazadas, y ella también entrelazó una con la que yo tenía libre. En la penumbra de la sala de cine de tercera, mientras en la pantalla unas chicas francesas descubrían lo que nosotros estábamos a punto de olvidar: que el placer es, ante todo, un acto de confianza.