EL HOTEL DE LAS TERRAZAS
Capítulo 1
—No se hagan ilusiones, muchachos. Nuestras chicas son aún niñas. Han venido a competir, no a divertirse. Así que, por favor, aléjense de ellas.
La profesora doña Hilda —así la llamaban, con esa mezcla peruana de respeto y mofa que otorga el tratamiento a quienes creen merecerlo sin haberlo solicitado— nos fulminaba con una mirada que habría hecho temblar a un centinela de la Gestapo.
Llevaba un vestido gris hasta los tobillos que parecía confeccionado con las cortinas de un orfanato, y en su mano derecha, crispada como garra de ave rapaz, sostenía un pañuelo pañuelo blanco con bordes de encaje, y tenía sus largos dedos crispados,
como si en cualquier momento fuera a estrangularnos por el bien de la moral nacional.
—Doña Hilda —respondí yo, apoyándome con la elegancia de quien no tiene nada que perder contra el marco de la puerta—, le aseguro que nuestras intenciones son puras, solo queremos mostrarles la ciudad, pasear con ellas, y tengo entendido que ya son mayores de edad.
—¿Y qué va a saber usted? —suspicaz, entrecerró los ojos— No se atreva a desafiarme, jovencito.
—No señora, mi ánimo está muy lejos de eso. Solo quiero explicar nuestras intenciones, no es nada malo.
A mi derecha, César —que estudiaba Derecho y vendía enciclopedias puerta por puerta para pagarse los estudios— soltó una carcajada que disimuló tosiendo.
A la izquierda, el Gordo Pérez, que no era gordo ni se apellidaba Pérez, pero así lo bautizó el destino, se ajustó los lentes con gesto teatral de un abogado defensor en juicio final.
—Nosotros, dona Hilda —intervino el Gordo con la voz melosa de quien vende electrodomésticos usados—, solo queremos ofrecerles una experiencia cultural de la capital. El Parque de las Leyendas, el Museo de la Nación, una incursión gastronómica por los mejores...
—¡Basta! —cortó ella, agitando el pañuelo como bandera de rendición—. Conozco, estas artimañas. Ustedes los hombres son todos iguales: solo quieren una cosa de mis chicas, y no lo van a conseguir ustedes, sarta de desempleados…
—Estudiantes —corregí yo—. Hay una diferencia sutil pero importante. El desempleado no tiene trabajo. El estudiante no lo busca todavía.
Dona Hilda nos escaneó uno por uno, como quien evalúa ganado en feria.
Yo, con mi camisa de cuello abierto que olía a detergente barato y a ambición; César, con su saco de corte italiano que había comprado en Gamarra y que ya se deshilachaba por las puntadas; el Gordo, con su eterna sonrisa de superviviente; y Manolo, el cuarto de la tropa,
que no había dicho una palabra pero que observaba a la profesora con la atención de un antropólogo descubriendo una tribu desconocida.
—El lunes nos vamos —dijo ella finalmente, como sentencia—. El domingo tienen una hora libre, aprovéchenla, pero les advierto: las estaré vigilando. Cada paso. Cada respiración.
—¿Incluso cuando vayan al baño? —preguntó Manolo, inocente como un ángel caído en descuento.
Doña Hilda se sonrojó hasta las raíces del moño gris que adornaba su cabeza como una corona de viuda anticipada.
—¡Sinvergüenzas! —exclamó, y se alejó tambaleándose sobre tacones que parecían instrumentos de tortura medieval, el pañuelo escocés ondeando tras ella como estandarte de una batalla que, sin saberlo, acababa de perder.
Esa noche, en la terraza, el aire de Lima olía a mar distante y a frustración contenida.
Las habitaciones de los estudiantes —esos cubículos de triplay con ventanas, situados alrededor del patio interior del hotel— bullían de conspiraciones.
Alguien había conseguido información de inteligencia: el domingo, las chicas del equipo de vóley saldrían después del desayuno y estaban dispuestas a no volver hasta la hora de la cena.
Solo estará Doña Hilda, pues sus dos compañeras —la callada doña Rosa, que parecía haber nacido para susurrar, y la joven doña Carmen, que aún conservaba restos de belleza bajo su severidad— se irían a visitar a una hermana de la primera en el Callao.
—Es nuestra oportunidad. Es, si se quiere decirlo así, nuestra obligación histórica —dijo el gordo Pérez, que además de estudiante de Antropología, era aprista y le gustaba hablar como Álan García.
—El destino nos sonríe —dijo César, recostado en mi cama con las manos entrelazadas detrás de la nuca.
—Doce chicas de la selva, César. Una docena. Es más de lo que la naturaleza había previsto para nosotros en toda la década —dijo manolo, emocionado
—Son seres humanos, no botín de guerra —repliqué, aunque mi voz carecía de la convicción que pretendía.
—¿Y qué somos nosotros, entonces? —preguntó Juan Carlos desde su rincón, donde leía a Sartre con una linterna porque el foco de su lámpara había muerto hacía tres días —. ¿Somos conquistadores o somos simplemente... solitarios?
—Solitarios con hambre —murmuró el Gordo—. Eso es peor. La soledad se cura leyendo. El hambre no.
Me acerqué a la ventana. En el patio del hotel, una de las chicas —creo que era Fabiola, aunque todavía no sabía su nombre— tendía unas prendas sobre el barandal.
El viento de la tarde la hacía flamear como bandera blanca.
Ella levantó la vista, nuestros ojos se encontraron a distancia, y algo pasó.
Algo tan rápido y tan definitivo como el cierre de una puerta que no se volverá a abrir.
Sonrió. No una sonrisa de coquetería barata, sino esa sonrisa que otorgan las mujeres que aún no han aprendido a calcular el daño que pueden causar, o el placer.
Me disponía a salir, pero apareció doña Hilda, disuadiendo en el acto.
—Me voy a dormir —dije, alejándome de la ventana—. Mañana hay que conseguir dinero para el domingo. Los misios no van, sentencié.