Capítulo XV
No tenía fuerzas ni para levantarme.
Eso no era metáfora. Era una constatación médica. Mis piernas no respondían. Mi espalda parecía haber sido reemplazada por una tabla de madera. Y mi pene... mi pobre pene, que había sido el héroe de la noche, ahora descansaba en un estado de abandono que rayaba en la compasión.
—Muerto —dije, mirando al techo.
—¿Quién? —preguntó Mishelle, a mi lado, con la voz ronca de quien ha gritado más de lo que sus cuerdas vocales permiten.
—Yo. Estoy muerto. Ustedes me mataron. Llámen a Edilberto para que me entierre en el sótano.
Leyla, desde el otro lado de la cama, soltó una carcajada.
Estaba boca abajo, desnuda, con las sábanas apenas cubriendo la mitad de sus nalgas.
Su pelo rojo, despeinado, formaba un halo sobre la almohada que parecía sacado de una pintura renacentista, aunque dudo que Miguel Ángel hubiera pintado a sus ángeles con marcas de látigo en los muslos.
—Edilberto no entierra cadáveres —dijo Leyla—. Solo comparte pizza con ellos.
—Entonces seré la primera excepción —respondí, cerrando los ojos.
Pero no me dejaron descansar. Mishelle se levantó.
Fue a la cocina —desnuda, completamente desnuda, con esa naturalidad que solo tienen las mujeres que se sienten dueñas de su cuerpo y del espacio que lo rodea— y volvió con café.
Café negro, fuerte, humeante. Me sentó en la cama y me lo puso en las manos.
—Bebe —ordenó—. Necesitas recuperar fuerzas.
—¿Para qué? —gemí—. ¿Para morir de nuevo?
—Para no morir todavía —susurró ella, y su aliento en mi oído despertó algo que yo creía enterrado.
Desayunamos en la cama. Pan tostado, mantequilla, mermelada de fresa. Leyla se sentó a horcajadas sobre mí, desnuda, comiendo una tostada y dejando que las migajas cayeran sobre mi pecho. Mishelle lamió las migajas. Una cosa llevó a la otra. Y antes de que pudiera decir ya no puedo, ya podía.
Lo hicimos otra vez. No con la furia de la noche, sino con la lentitud de quienes saben que es la última vez, o al menos la última vez por ahora.
Mishelle se sentó sobre mí, moviéndose con una suavidad que era casi triste.
Leyla se acurrucó a mi lado, acariciándome, besándome, susurrándome cosas que no recuerdo pero que sé que eran hermosas.
Cuando terminamos, cuando el sol de la mañana ya entraba por la ventana con la indiscreción de quien no respeta los secretos nocturnos, Mishelle dijo:
—Tienes que irte.
—Lo sé —respondí.
—El personal llega a las nueve —añadió Leyla, mirando el reloj—. Y ya son las ocho y media.
Me levanté. Me vestí con la torpeza de un hombre que ha envejecido veinte años en una noche. La camisa a cuadros estaba arrugada, manchada, irreconocible. Los jeans olían a sexo y a vino. El sombrero estaba en el suelo, aplastado, como un símbolo de mi propia dignidad.
Me despedí con besos. Uno para Mishelle, largo, profundo, cargado de todo lo que no podíamos decir. Otro para Leyla, más dulce, más triste, más de hermana menor que se despide de algo que no sabe si volverá a tener.
—Cuidaos —dije, en la puerta.
—Cuida tú —respondió Mishelle—. A tu esposa. A ti mismo. A esta puerta.
Asentí. Bajé las escaleras.
Y entonces ocurrió.
El personal del restaurante ya había llegado.
Había una mesera nueva, una cocinera, un chico de delivery.
Estaban en la cocina, preparando todo para el día.
Y cuando bajé del segundo piso, cuando cruzé el local con mi camisa arrugada, mi pelo revuelto, mi sombrero aplastado bajo el brazo, se produjo un silencio.
No un silencio cualquiera. Un silencio de teatro. Todos dejaron de hablar. Todos me miraron.
Y entonces, como si hubieran ensayado, como si fueran un coro de ópera, se cruzaron miradas burlonas entre ellos.
La mesera nueva sonrió con complicidad. El chico de delivery le guiñó un ojo a la cocinera.
Y la cocinera, una señora de nombre Doña Cata que llevaba veinte años viendo de todo en la cocina, soltó una risita que no pudo contener.
Me sentí expuesto. No avergonzado —la vergüenza es para quienes aún creen en la inocencia— sino expuesto como lo que era: un hombre que había pasado la noche con las dueñas del local, que bajaba con el olor de ellas impregnado en la piel, con las marcas de sus manos en mi espalda,
con la evidencia escrita en cada arruga de mi ropa.
—Buenos días, señor Carlos —dijo la mesera de siempre, con una sonrisa que no era de cortesía.
—Buenos días —respondí, intentando recuperar la dignidad que había dejado en la cama king size.
—¿Le atendieron bien? —preguntó Doña Cata, y la pregunta tenía capas que no necesitaban ser desentrañadas.
—Excelentemente —dije, y me atreví a sonreír—. El servicio de este local es... inigualable.
Salí a la calle. El sol me golpeó con la fuerza de una acusación divina. Lima estaba viva, ruidosa, indiferente a mis noches de látigo y de gelatina comestible.
Me subí al auto. Encendí el motor. Y antes de arrancar, me miré en el espejo retrovisor.
Vi a un hombre de cuarenta y tantos años, con ojeras de poeta maldito, con una sonrisa que no podía borrar, con un sombrero de charro aplastado sobre el asiento del copiloto.
Vi a un hombre que había sido esclavo y rey en la misma noche.
Que había compartido pizza con un vigilante y semen con dos hermanas.
Que había ido a un concierto de Bronco y había vuelto convertido en otra cosa.
Y entonces sonó el teléfono.
Teresa.
—Carlos —dijo, y su voz era el eco de otro mundo, de otra vida, de otra versión de mí mismo que aún existía en alguna parte—. Vuelvo mañana. El vuelo llega a las cuatro.
—Mañana —repetí, y la palabra sonó a condena y a liberación a la vez.
—¿Me extrañaste? —preguntó ella.
La miré en el espejo. A mí mismo. Al hombre de las ojeras y de la sonrisa imborrable.
—Todos los días —dije, y no era mentira. Era una verdad que cabía en varios universos al mismo tiempo.
—Yo también te extrañé —dijo Teresa—. Y estoy pensando... estoy pensando en que quizás deberíamos hablar. Sobre nosotros. Sobre lo que queremos. Sobre si todavía queremos lo mismo.
El silencio que siguió fue largo. Demasiado largo. En algún lugar de la ciudad, una bocina sonó. Un vendedor gritó su oferta de periódicos. Y yo, en mi auto, con el olor de dos pelirrojas aún pegado a mi piel, supe que la puerta entreabierta no era solo la del restaurante.
Era la de mi matrimonio. Era la de mi vida. Era la de todas las preguntas que había evitado hacer en voz alta.
—Hablemos —dije finalmente—. Cuando vuelvas. Hablemos de todo.
—De todo —repitió ella, y en su voz hubo algo que no supe identificar: miedo, alivio, o quizás la misma mezcla de idealismo y desencanto que yo sentía en mi pecho.
Colgué. Arranqué el auto. Y mientras conducía hacia casa, hacia la cama que aún olía a vainilla y a ausencia, pasé frente al restaurante.
La puerta estaba abierta. El letrero decía Abierto. Y en la ventana del segundo piso, por un instante, por una fracción de segundo que pudo haber sido un reflejo o un deseo, vi dos figuras. Dos siluetas de pelo rojo. Dos manos que se alzaron en un gesto de despedida.
No toqué la bocina. No frené. Solo seguí conduciendo, con la sonrisa pensativa que el usuario había pedido, con la certeza de que algunas historias no terminan.
Simplemente se detienen.
Para que el lector, con el corazón acelerado y una pregunta en la garganta, decida si quiere volver a tocar la puerta.