PULPA sensual - Libro 4 Capítulo XIV
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Capítulo XIV

Salieron del baño como quienes salen de un sueño erótico que no te atreves a contar. Mishelle a la izquierda. Leyla a la derecha. Y entre ellas, el aire parecía haberse vuelto sólido, tangible, algo que podías cortar con un cuchillo y servir en copas.

Llevaban lencería negra. Pero no esa lencería de catálogo que promete más de lo que cumple.

Era otra cosa: conjuntos de encaje y cuero, de transparencias calculadas y de cubrimientos que revelaban más que lo que ocultaban.

Medias de red que subían hasta sus muslos, sujetadas por ligas que parecían puentes hacia el paraíso. Y en sus manos... Dios, en sus manos.

Látigos. No los de circo, no los de domador.

Eran finos, elegantes, de cuero negro que brillaba bajo la luz tenue como si tuvieran vida propia.

Y en sus rostros, máscaras de gatúbela. Negras, seductoras, transformándolas en criaturas de otra especie, de otra moral, de otra noche que no tenía nada que ver con la que yo había vivido hasta entonces.

—Santa madre de Dios —dije, y la frase salió como un suspiro, como una oración, como una rendición.

—No hay santas aquí —dijo Mishelle, y su voz, filtrada por la máscara, sonaba más grave, más peligrosa.

—Solo hay gatas —añadió Leyla, y el látigo en su mano hizo un chasquido seco que resonó en mi espalda antes de que el cuero tocara mi piel.

El golpe cayó sobre mi muslo. No dolió. O mejor dicho, dolió de una manera que no era dolor, sino electricidad, sino despertar, sino el ruido de una puerta que se abre de par en par.

El látigo era de algún material inteligente, algo que sonaba como el trueno pero que apenas dejaba una huella rosada en la piel.

—¡Ten las manos quietas! —ordenó Leyla, y su voz tenía una autoridad que no le había escuchado nunca.

—¡Abre los brazos! —añadió Mishelle—. ¡No seas comodón, esclavo!

Esclavo. La palabra me debería haber humillado. Pero en boca de ellas, con esa lencería, con esas máscaras, con ese poder que emanaba de sus cuerpos como un perfume, la humillación se transformó en algo más complejo. En algo que no tenía nombre en mi vocabulario de contable fiel.

Obedecí. Abrí los brazos. Me quedé quieto, boca arriba en la cama king size, con mi pene —ya erecto, ya duro, ya apuntando al techo con una urgencia que me avergonzaba y me enorgullecía a la vez— como única bandera de rendición.

—De rodillas —ordenó Mishelle.

Bajé de la cama. Caí de rodillas sobre la alfombra. El ángulo cambió. Ahora las miraba desde abajo, desde la humedad del suelo, desde la posición de quien ruega. Y ellas, altas, imperiosas, hermosas en su dominio, se acercaron.

—Lámelas —dijo Leyla, levantando una bota negra de tacón aguja hasta mi boca.

Obedecí. Lamí el cuero. Sabía a nada y a todo.

A polvo, a camino, a la idea misma de sumisión.

Mishelle acercó su bota. Alterné entre ambas, lamiendo, besando, succionando el tacón con una devoción que me sorprendió a mí mismo.

Subí por las botas. Por los tobillos. Por las pantorrillas.

Mis manos querían tocar, pero un chasquido del látigo de Mishelle me recordó que las manos debían quedarse quietas, a los costados, inútiles.

Subí más. Por las rodillas. Por los muslos. Y entonces llegué a las entrepiernas.

Fue entonces cuando descubrí el siguiente nivel de su juego.

Los calzones —si es que se les podía llamar así— eran de una gelatina delgada, transparente, que se adhería a sus sexos como una segunda piel.

Y era comestible. No de plástico. No de látex.

Era gelatina. Sabor a uva, descubrí cuando mi lengua rozó la tela —¿tela?

— y el sabor dulce y artificial inundó mi boca.

—Cómetelos —ordenó Mishelle.

Y me los comí. A ambas. Empecé por Mishelle, cuyo sexo estaba completamente afeitado, liso, impecable, una piel de niña que contrastaba con la mujer adulta que dominaba con el látigo.

Mi lengua deshizo la gelatina, la devoró, se perdió en los pliegues de su carne, en su clítoris que ya estaba erecto, palpitante, exigiendo.

Ella gimió detrás de la máscara. Un gemido que no pudo contener, que rompió el personaje de gatúbela por un instante.

Luego Leyla. Su sexo era diferente. No afeitado.

Una hermosa mata de vello rojizo, perfilada con geometría de arquitecto, que enmarcaba sus labios como un cuadro.

La gelatina sabía igual —a uva, siempre a uva, ese sabor de infancia que ahora se había vuelto obsceno— pero la textura era distinta.

Más áspera, más salvaje. Lamí con la misma devoción, con la misma hambre, hasta que la gelatina desapareció y solo quedó su carne, su sabor, su calor.

—Suficiente —dijo Mishelle, tirando de mi pelo para levantarme—. Arriba.

Me obligaron a seguir. A lamer hacia arriba. Por los vientres. Por los ombligos. Y entonces se quitaron las prendas que cubrían sus senos. Los liberaron con un movimiento simultáneo que me dejó sin aliento.

Mishelle tenía unas tetas exuberantes. Grandes, pesadas, perfectamente simétricas, con pezones marrones y duros que parecían exigir mi boca.

Leyla, en cambio, tenía senos más pequeños, pero igualmente firmes, igualmente hermosos, con pezones que eran calcos de los de su hermana: del mismo tono canela, de la misma dureza, de la misma forma de pequeños tamborcitos que rogaban ser succionados.

Me deleité. Alterné entre una y otra. Lamí los pezones de Mishelle hasta que ella jadeó, hasta que dejó caer el látigo y se agarró de mi cabeza, presionándome contra su carne.

Luego Leyla. Los sabores se mezclaban. La piel de una y de otra.

Era un festín de carne y de poder, de ternura y de dominación.

—A la cama —ordenó Mishelle, recuperando el látigo.

Me empujaron. Caí boca arriba sobre el colchón. Y entonces, con una coordinación que solo pueden tener las hermanas o las diosas, se apoderaron de mi pene.

Se quitaron las máscaras. Ya no necesitaban esconderse. Sus rostros, ahora desnudos de artificio, brillaban con una mezcla de lujuria y de ternura que me resultó más desarmante que cualquier látigo. Mishelle tomó la base. Leyla la punta. Y empezaron a lamer.

No era una caricia. Era un asedio. Una por un lado, otra por el otro.

Sus lenguas se encontraban en mi glande, se rozaban entre sí, creando una fricción que me volvía loco.

Una me lamía el tronco mientras la otra lamía mis testículos.

Luego cambiaban. Un ritmo que no era mío, sino de ellas.

Que me llevaba al borde y me mantenía allí, suspendido, suplicando con la mirada, con la voz ronca:

—Por favor... no puedo más...

—Puedes —dijo Mishelle.

—Y debes —añadió Leyla.

Y entonces, cuando ya no podía contenerlo, cuando sentía que el orgasmo era una ola inminente que me arrastraría, no pararon. Siguieron. Me llevaron al borde y me empujaron.

Explosión.

Un orgasmo que no fue un suspiro, sino un terremoto. Un estallido que salió de lo más profundo, que me dejó ciego durante segundos, que llenó la boca de Leyla —que había sido la elegida para recibirlo— con una cantidad de semen que me pareció inagotable.

Pero no desperdiciaron nada. Leyla guardó todo en su boca. Mishelle se acercó y juntando sus labios, compartieron y con las bocas llenas de mi leche, me besaron.

Fue el beso más obsceno y más hermoso que jamás dk. El semen blanco en sus lenguas, mezclándose, intercambiándose.

Sentí mi propio sabor. Salado, almizclado, extraño. Era una simetría perfecta: yo las había devorado a ellas, y ahora ellas me devolvían el favor, cerrando el círculo con una boca que sabía a mí mismo.

—¿Te gusta? —preguntó Leyla, sonriente, con un hilo de semen en la comisura de los labios.

—Es... —busqué la palabra—. Es como besarme a mí mismo en el espejo. Pero con mejor compañía.

Rieron. Las dos. Y en esa risa, el poder cambió de manos. Ya no eran las gatúbelas y el esclavo. Éramos tres cuerpos que habían encontrado, por fin, el mismo idioma.

Y entonces, como si el primer orgasmo no hubiera sido más que el calentamiento, mi pene volvió a la vida. Al cien por ciento. Más duro, más grande, más urgente que nunca. Era una resurrección anatomía, una negación de la edad y de la lógica.

—Míralo —dijo Mishelle, asombrada—. No se cansa.

—Es que tiene deudas pendientes —respondió Mishelle, y se montó sobre mí.

Fue ella la primera. Se clavó en mi miembro con un gemido que arrancó de sus labios sin permiso. Se movió con una cadencia lenta, profunda, torturadora. Leyla, desde un lado, se acariciaba a sí misma, observándonos con una mezcla de celos y de excitación que la hacía aún más hermosa.

Luego se alternaron. Mishelle se levantó, dejándome al borde de la locura, y Meyma tomó su lugar. Se sentó con la misma lentitud deliberada, pero con una angostura diferente, una textura distinta, un calor que me hizo entender que no había dos mujeres iguales en el mundo, ni siquiera hermanas.

Cambiamos de posiciones mil veces. O eso me pareció.

Estaba sobre Mishelle, penetrándola desde arriba, mientras Leyla se sentaba en su cara y ella la lamía.

Luego Leyla a cuatro patas, yo detrás de ella, mientras Mishelle se tumbaba bajo nosotras y lamía mis testículos con cada embestida.

Luego las dos boca arriba, una al lado de la otra, y yo alternando entre sus sexos, perdiendo la noción de cuál era cuál, de dónde terminaba una y empezaba la otra, de si era la medianoche o el amanecer.

Fue una noche espectacular. No había otra palabra. Espectacular en el sentido etimológico: un espectáculo digno de ser visto por los dioses, si es que los dioses se interesan por estas cosas. Y creo que sí. Creo que en algún Olimpo particular, los dioses estaban aplaudiendo.

Cuando terminamos, cuando los tres cuerpos sudados y exhaustos cayeron sobre la cama king size como naufragos en una isla de sábanas revueltas, no hablamos. No hacía falta. El silencio era el mejor diálogo que podíamos tener.