Capítulo XIII
Tuve que pedir permiso en el trabajo para salir antes. Mi jefe, un señor que creía que la productividad se medía en horas de sufrimiento compartido, me miró por encima de sus lentes como quien mira a un reo que pide la última cena antes del fusilamiento.
—¿Salir antes? —repitió, como si la frase fuera en sánscrito.
—Es una cuestión de vida o muerte —mentí, con la solemnidad de quien está dispuesto a ir al infierno por una buena causa.
—¿Y qué causa es esa?
—Un concierto —admití, viendo que la mentira no colaba.
El hombre suspiró. Un suspiro que cargaba treinta años de matrimonio sin conciertos, sin sorpresas, sin pelirrojas que griten Bronco en medio de un restaurante.
—Vaya —dijo—. Pero mañana llega una hora antes.
—Dos, si es necesario —prometí, y salí de su oficina con la velocidad de un adolescente que ha conseguido permiso para ir a la fiesta de graduación.
Me duché con una dedicación que no había empleado ni en mi boda.
Me examiné en el espejo: el pelo, las cejas, esa barriga incipiente que Teresa llamaba mi almohadita y que yo llamaba el precio de los almuerzos de negocios.
Me vestí dejando los trajes ejecutivos en el armario.
Jeans oscuros, una camisa a cuadros que Teresa decía que me hacía ver como un vaquero urbano, y botas que había comprado en una época en la que aún creía que podía ser otra persona.
Me miré en el espejo.
—Solo te falta el sombrero —dije en voz alta.
Y salí.
Llegué puntual. Las siete en punto. Toqué el claxon una vez. La puerta del segundo piso se abrió. Y entonces bajaron.
Dios mío.
Mishelle llevaba una microfalda negra que no era una prenda; era una provocación legislativa.
Unas botas altas que se comían sus piernas —esas piernas— hasta medio muslo.
Una blusa roja que se adhería a su torso como si le debiera dinero.
Y Leyla... Leyla llevaba una falda a cuadros que era aún más corta, si eso era posible, medias de red, y una camiseta blanca que dejaba ver la sombra de un sostén negro que parecía dibujado con intención criminal.
Subieron al auto. El perfume se multiplicó.
El espacio se redujo. Y cuando se sentaron, una al lado de la otra en el asiento trasero —insistieron en ir juntas atrás, para ver la ciudad, dijeron—, las microfaldas subieron unos centímetros más, revelando territorios que yo conocía íntimamente pero que, bajo la luz del crepúsculo,
parecían nuevos.
—Señor Carlitos —dijo Mishelle, acomodándose—. Huele bien.
—Es colonia de vaquero —respondí, y mi voz salió ronca.
—¿Y el sombrero? —preguntó Leyla, inclinándose entre los asientos, dejando que su escote se abriera frente a mis ojos en el espejo retrovisor.
—Si el destino me lo pone enfrente, lo compro —dije.
El destino, ese bromista, me lo puso enfrente. En la entrada del estadio, un vendedor ambulante ofrecía sombreros. Me detuve. Compré uno negro, de vaquero Me lo puse frente al espejo del auto.
—¿Cómo me veo? —pregunté.
—Como para montar un toro —dijo Mishelle.
—O para que nos monte a nosotras —susurró Leyla, y el aire del auto se volvió irrespirable.
El concierto fue un terremoto. Bronco, con su romanticismo ranchero, sus guitarras eléctricas y su capacidad para hacer llorar a hombres de barba de tres días, desató una euforia colectiva que me envolvió como una marea. Pero la verdadera sensación éramos nosotros. O mejor dicho, ellas.
Mishelle y Leyla cantaban todas las canciones.
A todo pulmón. Con los brazos en alto. Con el pelo rojo suelto, moviéndose al ritmo, brillando bajo las luces del escenario como dos llamas en medio de una multitud que no sabía que estaba presenciando un milagro.
Los hombres a nuestro alrededor las miraban.
Las mujeres también. Y yo, con mi sombrero y mi camisa a cuadros, me sentí el hombre más envidiado del estadio.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un par de muchachos, no más de veinticinco años, con cerveza en mano y barba de esas que se usan ahora para esconder la falta de personalidad, se acercaron. Uno de ellos me dio una palmada en el hombro con la familiaridad del borracho.
—Oiga, viejo —dijo, y la palabra viejo resonó en mi oído como una sentencia—. ¡Están buenas sus hijas!
El otro rio. Una risa de establo.
Mishelle, que estaba a mi lado, escuchó. Y se empezó a morir de la risa. No una risa contenida, sino una carcajada que la dobló por la mitad, que le hizo agarrarse de mi brazo, que le provocó lágrimas en los ojos.
—¡Sus hijas! —repitió, jadeando—. ¡Ni que fuera tan viejo, señor Carlitos!
Leyla, desde el otro lado, se unió al coro. Las dos se abrazaron a mí, riendo con una alegría que no tenía nada que ver con el chiste y todo que ver con la liberación.
—Son mis... —empecé a decirle a los muchachos, pero no supe cómo terminar la frase. ¿Mis amigas? ¿Mis amantes? ¿Mis pelirrojas de la edad del hielo?
—Son mis nietas —dije finalmente, con la cara más seria que pude poner—. Y les pido respeto.
Los muchachos, confundidos, se alejaron murmurando. Mishelle y Leyla estallaron en una risa nueva, más fuerte, que nos ganó miradas de todo el sector.
—Nietas —dijo Mishelle, limpiándose las lágrimas—. ¡Te pasaste, Carlitos!
—Es que me veo muy maduro con el sombrero —dije, ajustándomelo con gesto teatral.
—Se ve muy... —Leyla buscó la palabra—. Muy experto.
—En qué, exactamente —pregunté, inclinándome hacia ella.
—En todo —respondió, y su aliento olía a cerveza y a promesas.
Cantamos Adoro a todo pulmón. Luego Que no quede huella.
Mishelle me tomó de la mano durante la balada.
Leyla apoyó la cabeza en mi hombro. Y por un momento, entre los diez mil almas del estadio, fui feliz.
No con la felicidad de los grandes eventos, sino con esa felicidad pequeña, íntima, de saber que estás en el lugar correcto con las personas incorrectas, o quizás viceversa.
Terminó el concierto. La multitud se derramó a la calle como un río de eufóricos. Subimos al auto. El silencio entre nosotros era diferente ahora. No era el silencio de la frialdad, sino el silencio de quienes han compartido algo que no necesita ser dicho.
—¿Hambre? —pregunté.
—Muertas —dijeron al unísono.
Compré un combo de pollo broaster en un local de neón rojo y mesas de fórmica donde la grasa es una religión.
Comimos con las manos. Bebimos cerveza de litro.
Nos contaron chistes. Les conté uno de contables que no tenía gracia pero que ellas rieron de todos modos.
Y cuando terminamos, cuando la medianoche ya había pasado, las llevé a casa.
Estacioné frente al restaurante. El local estaba oscuro. El letrero apagado.
—Bueno, señoritas —dije, con la voz de quien se despide aunque no quiere—. Ha sido una noche...
—Pase —dijo Mishelle.
—¿Cómo? —dije, creyendo haber entendido mal.
—Pase —repitió Leyla, abriendo la puerta del auto—. Suba usted señor. Tomemos algo. Una copa de despedida.
—Pero es tarde —protesté, débilmente.
—Nunca es tarde para una copa de despedida —dijo Mishelle, y la palabra despedida sonó a mentira.
Subí. La puerta del local se abrió con la misma facilidad de siempre, como si la cerradura hubiera decidido no oponer resistencia. Entramos. La oscuridad olía a limpio y a algo más antiguo, más profundo. Mishelle encendió una luz tenue en la barra. Leyla cerró la puerta.
Y entonces, antes de que pudiera decir ¿dónde está el baño?, antes de que pudiera colgar el sombrero, antes de que el mundo girara una vez más sobre su eje, ambas se lanzaron sobre mí.
Fue un ataque de besos. No uno, sino una lluvia. Mishelle por un lado, Leyla por el otro. Labios en mi cuello, en mi mandíbula, en mi boca. Manos en mi pecho, en mi espalda, bajando por mi abdomen con la determinación de quienes saben exactamente qué quieren y no están dispuestas a pedir permiso.
—Chicas... —intenté hablar, pero un beso de Leyla me cortó la palabra.
—Cállate —susurró Mishelle contra mi oído—. Esta noche no hay señores. No hay clientes. No hay esposas en Lima.
—Esta noche —añadió Leyla, mordiéndome el labio inferior con una suavidad que me hizo estremecer—, solo habemos nosotras. Y tú.
Me empujaron. No hacia el saloncito de abajo, no hacia el sofá de las confesiones. Me jalaban de las manos, una por cada brazo, con una fuerza que no admitía réplica. Subimos las escaleras. El segundo piso. La puerta del departamento. Entramos.
Y entonces, con un empujón coordinado que hablaría de ensayos previos o de una telepatía hermana, me hicieron caer sobre una cama king size.
Caí de espaldas. El colchón me recibió como un acordeón. Y antes de que pudiera incorporarme, antes de que pudiera procesar dónde estaba, ellas se alejaron hacia el baño.
—Prepárate —dijeron a dúo, y la palabra resonó en la habitación como un conjuro.
—¿Prepararme para qué? —pregunté al techo, jadeando, con el corazón golpeándome las costillas.
No respondieron. Solo escuché el agua corriendo. Risas ahogadas. El chasquido de algo que no supe identificar.
Y entonces salieron.
Y el mundo se detuvo.