PULPA sensual - Libro 4 Capítulo XII
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Capítulo XII

Al pagar la cuenta aquella tarde, decidí que la palabra hola no debía ser tan difícil de pronunciar. Que ¿cómo estás? no requería de permiso notarial. Que una mirada sostenida más allá del tiempo estrictamente comercial no constituía delito en ningún código civil que yo conociera.

—Mishelle —dije, extendiendo los billetes con una naturalidad que me costó tres días de ensayo mental—, ¿has escuchado hablar de ese concierto que viene al estadio?

Ella abrió la boca. No para responderme.

Para respirar, para existir, para iniciar el mecanismo de esa voz que yo había escuchado jadear en la oscuridad.

Pero entonces, como si el universo conspirara para mantenerme en mi lugar de espectador eterno, Leyla apareció por el costado con la velocidad de quien intercepta un balón en el área rival.

—Mishelle, necesito que me ayudes en el salón —dijo, y no era una solicitud; era una orden camuflada en tono de urgencia administrativa.

—Ya voy —respondió Mishelle, y entre ellas cruzó una mirada que no necesitaba subtítulos.

Era la complicidad de las hermanas, esa lengua secreta que se habla en silencios, en cejas levantadas, en el ángulo de una sonrisa que no llega a los labios.

Una complicidad de la que yo no era partícipe.

De la que, tal vez, nunca sería partícipe.

Me quedé con la mano extendida, con los billetes sudados, con la pregunta del concierto muriendo en la garganta.

—Hasta mañana, señor Carlos —dijo Leyla, y la palabra señor volvió a ser la frontera, el muro, la aduana emocional.

—Hasta mañana —repetí, recogiendo mi dignidad junto con el vuelto.

Esa noche volví. Con una pizza. Una ofrenda mayor que la anterior, un tributo de paz en tiempos de guerra fría. Pero la puerta estaba cerrada. No entreabierta. Cerrada con la contundencia de quien ha decidido que ya no hay nada que negociar.

Edilberto, el vigilante, apareció de las sombras con la gratitud de quien ha encontrado compañía en el desierto nocturno.

—Señor Carlos —dijo, y su voz tenía un deje de sorpresa, quizás de esperanza—. ¿Otra vez sin cena?

—Otra vez sin cena —confirmé, abriendo la caja de pizza con la ceremonia de quien abre un ataúd.

Compartimos la pizza en el umbral del edificio, bajo la luz amarillenta de un foco que zumbaba como una abeja moribunda.

Edilberto me miraba con ojos que, en otra vida, en otro cuerpo, habrían sido casi enamorados.

O quizás no; quizás solo eran ojos de gratitud, de soledad compartida, de un hombre que ve en otro hombre una posibilidad de conversación que no incluya perros callejeros y alarmas de autos.

—Usted es un buen tipo, señor Carlos —dijo Edilberto, masticando con la devoción de quien no sabe cuándo volverá a comer algo que no sea arroz con huevo.

—No tan bueno —respondí, y la frase me supo a confesión.

—¿Y por qué dice eso?

—Porque los buenos tipos no se pasan la vida tocando puertas cerradas.

Edilberto asintió, como si entendiera algo que yo mismo no había dicho.

Y en su mirada, por un instante, vi el reflejo de mi propia ridiculez: un hombre de traje ejecutivo, sentado en la acera, compartiendo pizza con un vigilante, esperando que dos pelirrojas le abran una puerta que quizás nunca estuvo abierta para empezar.

Pasaron los días. La frialdad persistió con la obstinación de un invierno que se niega a reconocer la primavera.

Pero luego, sin aviso, sin transición, volvieron las sonrisas verdaderas.

No las impostadas del servicio, no las de cortesía profesional.

Las otras. Las que iluminan el rostro antes de que el cerebro dé permiso.

Una mañana, Leyla me sirvió el café y su mano rozó la mía un segundo más de lo debido.

Una tarde, Mishelle me cobró y sus uñas pintadas de rojo trazaron un círculo en mi palma al devolverme el cambio.

Fue entonces cuando Teresa llamó.

—Carlos —dijo, y su voz venía con el eco de Lima, de hoteles genéricos, de reuniones que se extienden como chicles en la suela del zapato—. Tengo malas noticias.

—¿Qué pasó? —mi corazón dio un vuelco de los que dejan marcas.

—La reunión se extendió. Necesitan que me quede una semana más.

Una semana más. La tercera. La trifecta. El número mágico que transforma la ausencia en hábito, el hábito en necesidad, y la necesidad en algo peligrosamente parecido a la libertad.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Estoy... —busqué la palabra—. Estoy sobreviviendo.

—Eso es lo que me gusta de ti —dijo Teresa, con una risa que no alcanzó a ser alegre—. Que siempre sobrevives.

Colgué. Y supe que esa semana extra no era un regalo del destino. Era una prueba. O una trampa. O ambas.

Al día siguiente, al pagar la cuenta, las vi a las dos juntas.

Mishelle contando billetes. Leyla anotando algo en una libreta.

Se veían tan hermosas, tan ocupadas, tan inalcanzables, que casi no me atreví.

Pero la tercera semana es territorio de locos, de poetas y de hombres que ya no tienen nada que perder.

—Chicas —dije, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía—. Esta noche hay un concierto de un grupo mexicano. Me han dicho que es muy bueno. Me gustaría llevarlas. ¿Se animan?

El grito que lanzaron fue simultáneo, estridente, glorioso. Un grito de adolescentes que acaban de ganar entradas para el cine, de mujeres que han encontrado una excusa para dejar de ser adultas por una noche.

—¡Bronco! —gritaron al unísono.

—¿Bronco? —repetí, perdido.

—¡Sí, Bronco! ¡El gigante de América! —Mishelle saltó, y sus senos —esos senos que yo conocía en la oscuridad— hicieron un movimiento que provocó que tres clientes en la mesa de al fondo dejaran de masticar.

—¡Claro que sí! —añadió Leyla, y entonces, sin importar las miradas envidiosas de toda la clientela masculina, de las meseras, del cocinero que asomó la cabeza por la ventana de la cocina, las dos me abrazaron.

Fue un abrazo de tres cuerpos. Un abrazo que duró dos segundos de eternidad.

Un abrazo en el que sentí el perfume de Mishelle —vainilla y algo más oscuro— y el de Leyla —manzana y peligro— mezclándose en mi cuello como una firma de contrato que no había leído pero que estaba dispuesto a firmar con los ojos cerrados.

—Nos recoges a las siete —ordenó Mishelle, ya recuperando la compostura, pero con los ojos brillando.

—A las siete —confirmé.

Y salí del local flotando, con la certeza de que esa noche sería otra cosa. No sabía qué. Pero sería otra cosa.