Capítulo XI
No fui al aeropuerto a buscar a Teresa. Eso habría sido demasiado simbólico, demasiado cinematográfico, demasiado honesto. En su lugar, fui a casa. Me duché. Me afeité. Puse sábanas limpias en la cama. Y esperé.
Teresa llegó a las ocho de la mañana. Traía una maleta más ligera que la que se había llevado, como si Lima le hubiera quitado peso en vez de darle. Me abrazó. Yo la abracé. Y durante un segundo, un segundo infinitesimal, cerré los ojos y olí su cuello.
Olía a vainilla. A casa. A gratitud. A costumbre.
—¿Todo bien? —preguntó ella, apartándose para mirarme.
—Todo bien —dije, y esta vez la mentira no me supo a ceniza. Me supo a tregua.
Cenamos. Hablamos de Lima, de sus reuniones, de la grieta en el techo que seguía creciendo. Me contó que en el hotel había conocido a una mujer interesante, una ejecutiva que le habló de su marido infiel y de cómo ella lo perdonó.
—¿Tú lo perdonarías? —preguntó Teresa de pronto, con una naturalidad que me heló la sangre.
—¿Perdonar qué? —tartamudeé.
—La infidelidad —dijo ella, moviendo la ensalada con el tenedor—. No es que vaya a pasar, claro. Pero me preguntaba... ¿tú crees que el amor puede sobrevivir a una traición?
Miré mi plato. Pensé en el sofá del departamento. En el sabor de Mishelle. En la boca de Leyla. En el grito que no pudo ser ahogado.
—Creo —dije, eligiendo cada palabra como quien elige los números de una lotería que sabe que va a perder—, que el amor sobrevive a todo. Pero que después, ya no es el mismo amor. Es otro. Más pesado, quizás. O más liviano. Depende de cómo lo mires.
Teresa asintió. Sonrió. Y cambió de tema.
No volví al restaurante. No esa semana, ni la siguiente, ni la que siguió. Pasé frente a él algunas veces, en el taxi, caminando. Las veía a veces, a Leyla atendiendo una mesa, a Mishelle cobrando en la caja. Nunca me vieron. O si me vieron, nunca demostraron verme.
Un mes después, recibí una carta. No un mensaje, no un correo: una carta física, con sello y todo. La letra era de Leyla, redonda, juvenil, con corazones en las i.
"Carlos,"
Las puertas entreabiertas son peligrosas.
Pero las que se cierran de golpe duelen más.
Nosotras hemos decidido dejar la puerta cerrada, pero no con llave.
Solo con un letrero que dice: 'Abierto bajo petición'.
El arquitecto se fue. No porque dejáramos de quererlo, sino porque nos dimos cuenta de que no podíamos querer a nadie mientras estuviéramos esperando a alguien que no iba a venir.
Tú viniste. Eso cuenta. Pero no puedes quedarte.
Y nosotras no podemos ir contigo. Así que esto es lo que hay: un sofá, una puerta, y la certeza de que alguna noche, cuando la neblina sea la adecuada, quizás te atrevas a tocar de nuevo.
No prometemos abrir. Pero prometemos escuchar.
Con cariño, las que un día fueron témpanos y ahora somos solo agua.
P.D.: Mishelle dice que te guarda un plato. Yo digo que te guardo una copa. Tú decides cuál prefieres. O si prefieres ambas. Siempre supimos que eras codicioso."
Guardé la carta en el cajón de mi escritorio, junto a las facturas viejas y a las fotos de bodas ajenas. Y sonreí.
Teresa entró a la habitación. Traía dos tazas de café.
—¿Qué es esa sonrisa? —preguntó.
—Nada —dije—. Solo pensaba en lo extraño que es el invierno.
—¿El invierno?
—Sí. Cómo todo se congela, cómo parece que nada va a sobrevivir. Y luego, sin que nadie lo pida, llega una primavera que no te esperabas.
Teresa me miró con esos ojos que saben todo y que, aun así, eligen ver lo mejor.
—Eres un poeta cuando quieres —dijo.
—Solo cuando me dejas —respondí, y la frase tuvo más capas de las que ella pudo escuchar.
Pasaron los meses. El restaurante siguió ahí. Yo seguí siendo cliente, a veces, desde la distancia. Un día vi que habían cambiado el letrero. Ahora decía: "Dos Hermanas. Abierto bajo petición."
Me reí en voz alta, en la calle, como un loco.
Y en esa risa, en esa carcajada que alarmó a una señora y a su perro, entendí que la vida no nos da finales felices ni finales tristes.
Nos da finales abiertos. Puertas entreabiertas.
Y la sabiduría —esa cruel y hermosa sabiduría que solo llega cuando ya no la necesitas— consiste en saber cuándo tocar, cuándo llamar, y cuándo simplemente pasar de largo, sonriendo, con la certeza de que, en algún otro sofá, en alguna otra neblina, alguien te está guardando un plato, una copa,
o una puerta que no se cerró del todo.
Me fui a casa. A mi casa. A mi cama. A mi esposa que olía a vainilla y que, esa noche, me hizo el amor con una ternura que no necesitó de pelirrojas ni de pactos rotos para ser verdadera.
Y cuando terminamos, cuando yacimos en la oscuridad con las manos entrelazadas, pensé —no en Mishelle, no en Leyla, no en el sofá— pensé en lo extraño que es ser feliz. En lo frágil. En lo merecido.
—Te quiero —dije a Teresa, y por primera vez en mucho tiempo, la frase no pesó.
—Yo también te quiero —respondió ella—. Y eso, mi amor, es suficiente.
¿Lo era? Quizás no. Quizás nada es suficiente. Pero en esa noche, en esa cama, con esa mano en la mía, decidí que la insuficiencia también es una forma de plenitud. Una forma más honesta, más humana, más nuestra.
Y así, entre la gratitud y la costumbre, entre la vainilla y los fantasmas, cerré los ojos.
La puerta, abajo, en la calle, en algún lugar de la ciudad que me vio perderme y encontrarme, permanecía entreabierta. No para mí. No para siempre. Solo entreabierta.
Porque algunas puertas —las verdaderas, las que importan— nunca se cierran del todo. Solo esperan. Y esperar, como bien saben las pelirrojas, las esposas que viajan, y los hombres que no aprenden, es la única eternidad que nos conceden.