Capítulo X
No sé cuánto tiempo estuvimos así. El sofá olía a nosotros, a sexo y a confesión, a sudor y a miedo.
Mishelle se había quedado dormida un rato, con la cabeza sobre mi pecho, y yo la acariciaba el pelo con la ternura de quien sabe que está tocando algo que no le pertenece pero que, por unas horas, le han prestado.
Fue el sonido de la puerta de abajo lo que nos despertó. Un golpe suave, conocido. Luego pasos en la escalera. Mishelle se incorporó de golpe, buscando su bata, su camiseta, su armadura.
—Es Leyla —dijo, con pánico en los ojos—. Dios, Carlos, qué hora es.
Las cuatro de la mañana. Leyla había vuelto.
La puerta del departamento se abrió. Leyla entró con una bolsa de pan, con el pelo mojado de la neblina, con una sonrisa que se congeló al vernos: a mí, en el sofá, con la camisa abotonada mal y la cara de quien ha sido descubierto en el paraíso; a Mishelle,
con la bata de seda mal anudada y los ojos hinchados de llorar y de gozar.
El silencio fue un cuarto personaje. Entró, se sentó, pidió café.
—Lo siento —dije, ridículo, poniéndome de pie.
—No lo sientas —dijo Leyla, y su voz era extrañamente serena—. Yo sabía que iba a pasar. Desde que lo vi en la puerta a la medianoche, supe que en cualquier momento Mishelle bajaría.
—Leyla...
—No —cortó ella, dejando el pan sobre la mesa—. No digas nada. Ni tú, ni ella. Sentaos.
Nos sentamos. Las dos hermanas y yo, en ese triángulo que ya no era de Bermuda, sino de Arequipa , de medianoche, de locura compartida. Leyla sacó una botella de vino de un armario. La abrió. Sirvió tres copas.
—Brindemos —dijo.
—¿Por qué? —pregunté, incrédulo.
—Por los pactos rotos —respondió ella, levantando su copa—. Por las hermanas que no pueden cumplir sus juramentos. Por los hombres casados que tocan a las puertas a las tres de la mañana. Y por nosotras, que les abrimos.
Bebimos. El vino era dulce, demasiado dulce, como el postre que se sirve después de una cena que sabes que engordará pero que no puedes rechazar.
Leyla se sentó junto a su hermana. Las dos pelirrojas, las dos dueñas de mi deseo, me miraron con una mezcla de ternura y condena.
—Nosotras hablamos —dijo Leyla—. Mientras ustedes estaban aquí arriba, digamos, recogiendo el sofá, yo estaba abajo en la calle, fumando, whatsappeando con Mishelle.
—¿Qué? —dije, confundido.
—Le dije que subiera —confesó Mishelle, con la voz baja—. Le dije que te dejara entrar. Leyla... Leyla me dio permiso.
Leyla rio. Una risa que no era alegre, pero tampoco era triste. Era la risa de quien ha aceptado su derrota con elegancia.
—No te di permiso para enamorarte —dijo Leyla, mirando a su hermana—. Te di permiso para ser feliz una noche. Hay diferencia.
—¿Y tú? —pregunté, atrevido—. ¿Tú no quieres ser feliz?
Leyla me miró. Y en sus ojos vi todo lo que había visto en el pasillo del baño aquella noche de aniversario: la intimidad con la otra muchacha, el deseo no resuelto, la complejidad de un corazón que no cabe en las categorías fáciles.
—Yo soy feliz de otra manera —dijo ella—. O al menos, eso creía.
Se levantó. Caminó hacia mí. Se detuvo tan cerca que pude oler el pan recién comprado en sus manos, la neblina en su ropa, la soledad en su piel.
—Pero hay algo que no puedo soportar —dijo—.
No puedo soportar que mi hermana te tenga y yo me quede con la culpa de haberlo permitido.
No puedo soportar que tú la mires a ella y a mí me trates como a la hermanita simpática.
No puedo soportar... —su voz se quebró—...
no puedo soportar que esta noche termine conmigo durmiendo sola en mi cuarto mientras ustedes dos se abrazan aquí.
Mishelle se levantó. Fue hacia Leyla. La tomó de la mano.
—Ven —dijo.
—¿Adónde?
—Aquí. Con nosotros.
Las dos hermanas se miraron. Y entonces, en un gesto que me dejó sin aliento, se besaron. No como hermanas. Como mujeres que comparten un secreto, un deseo, una herida. Fue un beso breve, casi casto, pero cargado de una electricidad que hizo que el aire del departamento pareciera inflamable.
—Nosotras somos un paquete —dijo Mishelle, volviéndose hacia mí—. No de carne, Carlos. De destino. Si me quieres a mí, tienes que quererla a ella. No de la misma manera. Pero tienes que quererla.
—La quiero —dije, y la palabra salió antes de que pudiera censurarla—. Las quiero a las dos. Dios me condene, pero las quiero.
Leyla sonrió. Por primera vez en semanas, fue la sonrisa verdadera, la de la mesera alegre, la de la cómplice del pasillo.
—Entonces —dijo ella—, ya que estamos todos condenados, hagamos que valga la pena.
Nos movimos hacia el sofá. No como una orgía barata, no como una fantasía de adolescente, sino como tres náufragos que deciden compartir el bote, sabiendo que la isla está lejos y que el invierno es largo.
Mishelle se sentó a mi izquierda. Leyla a mi derecha.
Las dos se apoyaron en mí. Les pasé un brazo a cada una.
—Esto es una locura —dije.
—Toda vida decente empieza con una locura —respondió Leyla.
—Y termina con un arrepentimiento —añadió Mishelle.
—Entonces —dije, besando la frente de una y luego de la otra—, vivamos el intermedio.
Lo que siguió no fue sexo. O al menos, no fue solo sexo.
Fue una conversación de cuerpos. Leyla se quitó la ropa con una timidez que contrastaba con la audacia de su hermana.
Sus pechos, más pequeños, con los pezones oscuros y erectos, se apretaron contra mi costado.
Mishelle, ya desnuda bajo la bata, me tomó la mano y la llevó entre sus piernas, que volvían a estar húmedas, abiertas, dispuestas.
Las acaricié a ambas. Con una mano a cada una.
No era una performance; era una imposibilidad hecha carne.
Leyla gemía contra mi cuello mientras mis dedos jugaban con su clítoris.
Mishelle montó mi mano con la misma cadencia con que antes había montado mi cuerpo.
Los tres nos movíamos en una sincronía que no habíamos ensayado pero que parecía escrita en alguna partitura antigua.
—Míranos —susurró Mishelle—. Míranos y dime que esto es real.
—Es real —dije, con la voz ronca—. Es real y es imposible y es lo único que quiero.
Leyla se inclinó y besó a su hermana. Fue un beso más largo esta vez, más profundo. Yo los observé, fascinado, mientras mis manos seguían su trabajo. Era como ver un espejo roto que de pronto refleja algo más bello que la imagen original.
Luego Leyla se movió. Se arrodilló frente a mí. Tomó mi miembro —ya erecto de nuevo, desafiando la edad, la lógica, la gravedad— y lo guió hacia su boca. Pero no lo tomó. Solo lo rozó con los labios, con la lengua, con una tortura deliberada que me hizo jadear.
—¿Quieres? —preguntó, burlona.
—Por favor —supliqué.
—Dime que nos amas.
—Las amo —dije, y no supe si era verdad o era el sexo hablando, pero en ese momento la diferencia me pareció irrelevante.
Leyla me tomó en su boca. Mishelle, al mismo tiempo, se sentó sobre mi cara.
El mundo se convirtió en un torbellino de sensaciones: el sabor de Mishelle, húmedo, salado, divino; el calor de la boca de Leyla, succionando con una destreza que me volvía loco.
Mis manos se aferraron a los muslos de Mishelle, a los hombros de Leyla.
Era demasiado. Era suficiente. Era el fin del mundo y su recomienzo.
Cuando el orgasmo llegó, llegó como un terremoto.
Leyla lo recibió en su boca, tragando con una complacencia que me pareció el acto más íntimo que había compartido con nadie.
Mishelle se corrió sobre mi lengua, con un grito que esta vez no pudo ahogar, un grito que debió haber despertado a todo el edificio, a todo el barrio, a todos los cómplices y fantasmas de la ciudad.
Caímos sobre el sofá, los tres, enredados en una piel que ya no sabía dónde terminaba una y empezaba la otra. El sudor nos unía. El silencio nos bendecía.
Fue entonces cuando sonó el teléfono.
No el fijo. El móvil. El mío. Estaba en el bolsillo de mi pantalón, tirado en el suelo. La pantalla se iluminó con un nombre que hizo que el aire se congelara de nuevo:
Teresa.
Ninguno de los tres se movió. El teléfono sonó una vez. Dos. Tres. Luego se detuvo. Un segundo después, el sonido de un mensaje de voz.
El silencio que siguió fue el silencio más largo de mi vida. Mishelle y Leyla me miraron. No con acusación. Con compasión. Con la tristeza de quien sabe que todas las puertas, por muy entreabiertas que estén, eventualmente se cierran o se cierran de golpe.
—Contéstalo —dijo Leyla, suavemente.
—No —respondí.
—Contéstalo —insistió Mishelle—. Porque si no lo haces, esto... esto que acabamos de hacer, se convierte en algo feo. Y no quiero que sea feo. Quiero que sea lo que fue: un regalo.
Tomé el teléfono. Escuché el mensaje. La voz de Teresa, con mil kilómetros de distancia y quince años de matrimonio de peso, flotó en el departamento como una sentencia:
"Carlos, mi amor. La reunión se canceló. Vuelvo mañana en el vuelo de las seis. No puedo esperar a verte. Te extraño tanto que duele. Te quiero."
El mensaje terminó. Yo me quedé con el teléfono en la mano, desnudo, entre dos mujeres desnudas, en el corazón de una ciudad que me había dado todo y me reclamaba todo a cambio.
—Ve —dijo Leyla.
—Ve —dijo Mishelle.
—Y cuando vuelvas —añadió Leyla, con una sonrisa que era pura ternura, pura renuncia—, llama primero. No toques sin avisar.
Asentí. Me vestí con la torpeza de un hombre que acaba de ser expulsado del paraíso. En la puerta, me detuve. Las miré una última vez: las dos pelirrojas, las dos dueñas de mi deseo, sentadas en el sofá, desnudas, hermosas, irreales.
—Las puertas entreabiertas —dije—, ¿siempre estarán?
—Las puertas entreabiertas —respondió Mishelle—, son peligrosas, Carlitos. Pero las que se cierran de golpe, duelen más.
—Cuando quieras que abramos de nuevo —dijo Leyla—, solo llama. Con cariño... las témpanos.
Salí. Bajé las escaleras. Y en la calle, el frío me envolvió como un manto de neutralidad, de olvido, de regreso a la vida que me correspondía.